Hiriendo la tierra con sus
cadenas —con ese invento enorme— el tractor avanza mientras miramos al frente.
Un batallón al ataque se confabula contra inmensos surcos llenos de patatas.
Luchamos contra las matas, contra las piedras y el mal conspira haciendo saltar
la cadena con barras y acero al viento y más ruido y más mala suerte por el
aire. Muchas manos no pueden esperar a una máquina, muchas manos tienen que
recoger todas y cada una de aquellas patatas y dejarlas en cestos y más manos llevando
los cestos a la pala y otro tractor que las deposita en masa en un remolque que
al fin se llena tras horas de intensa marcha.
Manos hábiles, esfuerzo y miles
de juramentos conspiran la solución a la cadena, al piñón y a la maquina. El
tractor avanza y saca patatas y nos mueve hacia delante, en paralelo, en masa.
Una masa obrera que disfruta con el periplo, que ya no ve el principio, que
sueña con el fin de los surcos. La máquina se calma, ruge a momentos pero se
aplaca y nosotros con brío, más cestos, más pala y al fin una pausa. Se llena
el remolque y unos minutos de calma. El cuerpo pide marcha, el cuerpo se relaja
y pensamos en lo que llevamos, calculamos toda la jornada. Conjeturas estúpidas
si dependemos de aquella máquina, de estos remolques, de estas espaldas… Antes
de comer quedan dos horas más bajo un sol que crece en lo alto de las cabezas y
que aplasta nuestras espaldas. Nos ponemos una meta, el final de esos surcos
señalará la pausa. A duras penas llegamos, es el deber en nuestras espaldas, en
las caderas, algunos de nosotros han tocado tierra con las rodillas y la
algarabía de la mañana ya no es la misma pero se ve renovada por el olor
imaginario de la comida, por el regreso a casa. El sol llega bien arriba y de
allí se pasa, hemos llegado al fin de los surcos y ahora es buen momento para
partir en dos la jornada.
El cuerpo nos dice que no debería
haber una tarde para una mañana así, lo que debería venir es una noche sin
pausa… Y no. No somos unos blandos que
dejan todo cuando duele la espalda y las piernas y los brazos y después del
bocado, una pequeña siesta y un café, otra vez estamos en el campo, bajo el
mismo sol; con menos fuerza que ganas.
Y la máquina, las cadenas, los
juramentos y caras largas. Todo se conjura de nuevo, todo cuándo nuestra fuerza
conjunta más rápido avanza. Llegamos hasta ella y el patrón se deshace por
arreglarla. Pone todo su empeño y grita al de arriba que si no lo logra, ¡se
tira al río y se mata! Y le pide y le insulta y le ruega y se arregla la cadena
otra vez pr…, pr…, pr…, prum…, la máquina que suena, ronronea sin pausa, limpia
y exacta como cuando antes de que se partieran las barras y vuelve a abrir la
tierra, los surcos y nosotros nos separamos poco a poco cada uno a una marca,
cada uno una línea, somos la tropa unida que avanzara llenando los surcos
abiertos, llenamos los cestos y palas y remolques y justo a tiempo la noche nos
envuelve —cuando el cuerpo ya poco responde— y contentos volvemos; las luces
del tractor cortan la oscuridad. Nos reímos de las cadenas, de la máquina y de una
jornada llena de aventuras, calor humano y miles de patatas.
Pernando Gaztelu
Tu texto me ha dejado agotado de veras, Per. Solo de pensar en todo lo que cuentas he sudado la gota gorda. Creo adivinar que has narrado una experiencia personal, de otra forma no se entiende lo bien que plasmas el arduo trabajo de la recolección. Un abrazo, amigo.
ResponderEliminarGracias Rafa. Era para recordar sencillamente que las agujetas que tengo todavía hoy, los tirones en las piernas y los momentos vividos este fin de semana no tenían que quedar ahí tirados con la tierra y los surcos. Ayer mis tíos y mi suegra terminaron por fin por este año con lo que quedaba de patatas. Creo que el que peor lo pasó fue el pobre que llevando el tractor veía que se romía la máquina y no podría aprovechar la mano de obra extra que tenía allí… cada minuto contaba.
ResponderEliminarComo bien has notado he querido darle "velocidad", agobio, un ambiente sin respiro. Me parece que si te ha llegado, es porque está en el texto, me alegra mucho.
Un abrazo y gracias por leer.
Seguro lograste tu cometido: el trabajo de campo, arduo, no permite respiro, como tu texto. Increíble que hayas podido relatar esta faena con arte. Te felicito, amigo!
ResponderEliminarSí que tu texto transmite el cansancio de la faena agrícola. Excelente!!
ResponderEliminarSí que tu texto transmite el cansancio de la faena agrícola. Excelente!!
ResponderEliminarSí que tu texto transmite el cansancio de la faena agrícola. Excelente!!
ResponderEliminarQué buen texto¡ Enhorabuena.
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