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jueves, 11 de junio de 2015

Balada de Teresa Brown y John Shay

Oh, but you who philosophize disgrace
and criticize all fears,
Bury the rag deep in your face
For now's the time
for your tears
Bob Dylan, The Lonesome Death of Hattie Carroll
           

...diez y cuarto de la mañana del pasado lunes siete de Noviembre un cadáver fue hallado en la orilla del río (a la altura del aserradero de Nick). Según el sheriff, A.D., “el cuerpo es el de una joven de unos quince años con claros síntomas de haber sido golpeada en la cabeza y el tórax.” Aunque todo parece indicar que pueda tratarse de Teresa Brown, la joven que desapareció hace dos semanas, el sheriff no ha querido confirmar ...
(Extracto de la noticia aparecida en el Missoula Journal, 12/11/1937)

            ... práctica totalidad de los vecinos de Missoula se encontraban en la sala. El jurado, que apenas tardó tres horas en deliberar, emitió su veredicto: John Shay, de 34 años, fue declarado culpable del asesinato de Teresa Brown. El juez, Ilustrísimo Señor George Beaumont, corroboró la sentencia. John Shay será ejecutado en un plazo máximo de un año desde la fecha presente. Los padres de Teresa, en la sala, se fundieron en un abrazo del que nos hacemos partícipes todos los...
(Extracto de la noticia aparecida en el Missoula Journal, 22/04/1938)


            Hoy se ha hecho justicia. Hoy he visto a ese mal nacido morir como lo que es: un perro que me quitó lo que más quería, a mi pequeña. Su cuerpo daba espasmos. Desde donde yo estaba he podido escuchar el crujir de su cuello. Por fin su madre y yo podremos descansar.
 (Extracto del diario de William Brown, correspondiente al día 18/09/1938)

            Es raro... La tristeza no se ha marchado. El dolor es todavía más intenso. ¿No sirvió para nada un verdadero acto de justicia? Mi pequeña sigue bajo tierra; exactamente en el mismo lugar que su asesino. Los dos en el mismo cementerio. Ayer me crucé con su madre. Le llevaba flores. Le llevaba flores al perro que mató a mi pequeña. En el mismo cementerio...bajo la misma tierra...con las mismas flores sobre su tumba. ¿Eran acaso las lágrimas de su madre de la misma naturaleza que las mías?...
(Extracto del diario de William Brown, correspondiente al día 12/10/1942)

lunes, 8 de junio de 2015

EN EL “VALENCIA ESCRIBE”

A todo el personal del “Valencia Escribe”por mantener siempre la luz encendida, como un faro para los viajeros nocturnos.
A la camarera que sonríe y cuenta nubes de algodón de azúcar; ella debe saber...
        
   

            Entré por primera vez en el bar “Valencia Escribe” un jueves siete de abril de dos mil once. Conducía, como siempre, por la interestatal de Wichita cuando vi la luz encendida. Necesitaba café. Pasé con mi maleta de los sueños y allí estaba su guapa camarera, fumando un cigarrillo y contando estrellas y nubes de algodón de azúcar. Me preparó el mejor café que he probado en mi vida y me hizo sentir como en casa. Así que cada vez que mi coche pasaba frente a su puerta hacía mi parada de rigor. Café y conversación. Poco a poco fui conociendo a todos los miembros del bar y a todos los que lo frecuentaban. Pero la vida, ay, tiene sus propias interestatales. Muchas de las camareras del “Valencia Escribe” recordarán cuando en casa deseábamos sumar uno. Cuando aquello parecía sólo un sueño y cuando el sueño se hizo realidad. Y también recordarán cuando las vida atizó su golpe certero y las visitas al hospital de Wichita para estar con mi padre me hicieron imposible parar el coche. ¡Oh, amigas y añoradas camareras de foto en blanco y negro, qué largas aquellas noches en las que conducía mi coche y veía la luz del “Valencia Escribe” y casi podía sentir el olor del café recién hecho y el sabor de las palabras esparcidas por el viento!
            La última vez que entré en mi bar preferido fue el dieciocho de junio de dos mil trece, hace casi dos años. Hoy, como siempre, conducía de camino a Wichita cuando he visto su luz encendida. He decido parar el coche. Volver es siempre un anhelo. Mientras caminaba hacia su entrada podía escuchar un viejo disco de Chet Baker que sonaba en su interior. Mi mano ha empujado la puerta. Todo es siempre mucho más fácil de lo que imaginamos. La camarera seguía allí. Fumaba y sonreía. Todavía contaba estrellas y nubes de algodón de azúcar.

martes, 18 de junio de 2013

DICEN

            Dicen que lleva mucho tiempo sin pasar por Valencia, casi tanto que es posible que haya olvidado el camino. Dicen que apenas escribe, y que cuando lo hace no puede parar de hablar de todo lo que hay bajo su piel, como si fuera incapaz de aventurarse a conocer algo situado más allá de sus párpados. Dicen, por tanto, que comete todos y cada uno de los errores atribuibles a la juventud: exceso del yo o cierta tendencia al nudismo emocional. Dicen, sin embargo, que una niña movió ciertos ejes, resortes y parámetros de su vida; no podía ser de otra manera. Dicen que heredó de su padre algunos buenos libros y la lealtad a los viejos amigos. Dicen que se enamoró de un verso de Martínez Mesanza que reza así: “Yo he visto el túmulo de un dios en Creta: creedme, su tamaño era el de un hombre.” Dicen que, a veces, sueña que vive con su familia en un rancho de Montana y que es mormón y que ve atardecer sentado en una mecedora y que fuma en pipa. Y, finalmente, algunos incluso llegan a decir que gusta de escribir crónicas de combates de boxeo mientras toma un baño. Esto último es, lógicamente, una mera habladuría.

martes, 26 de marzo de 2013

El boxeador

           Para todos los que, día a día, luchan contra los malos momentos personales.

            Nunca puede dormir la noche antes de un combate. El nudo en el estómago solo desaparece cuando suena la campana y su mano izquierda busca el rostro de su adversario. Pero esa noche es especial y distinta a todas las demás. Mañana será su último combate. Por última vez se subirá a un cuadrilátero, por última vez le untarán vaselina en el rostro, por última vez intentará evitar que se le cierre el maldito ojo derecho, por última vez buscará en su rival un espejo en el que mirarse. Por eso camina por la ciudad a las tres de la madrugada, acompañado tan solo por el camión de la basura y algunos gatos que buscan comida o amor por los rincones. Llega a un parque y toma asiento en un banco lleno de pintadas contra el gobierno de turno. Enciende un cigarrillo y mira sus manos. Y entonces se acuerda de ella. Parece que todavía puede sentir sus pequeñas manos acariciando sus nudillos después de cada pelea. Un crochet golpea su garganta. Traga saliva y llora, porque ni los boxeadores están a salvo de las lágrimas.

viernes, 22 de febrero de 2013

TE PARECES A BOBBY FISCHER


            A Amparo.

            Mi padre ya me lo decía: te pareces a Bobby Fischer. Evidentemente no se refería a mi talento para jugar al ajedrez, más bien escaso (a pesar de mis esfuerzos). Mi padre me decía eso cuando, después de un día entero en la universidad, llegaba a casa, saludaba con un escueto “hola”, me duchaba, me cambiaba de ropa y me largaba con un escueto “adiós” para ir a ver a Ana. Eran tiempos en los que los libros y esa chica a la que también le gustaban los libros devoraban mis días.

            Mis compañeros (amigos) de Valencia Escribe saben de mi situación en este último año. Justo cuando por fin iba a conocer a algunos de ellos, mi padre sufrió un derrame cerebral que, demasiados meses después, terminaría costándole la vida. Casi al mismo tiempo, en otro hospital, nacía Esperanza, mi hija. ¿Por qué cuentas todo eso otra vez, Marco? Calla, no seas pesado que ahora yo soy el narrador. Pues bien, soy consciente de que vuelvo a parecerme a Bobby Fischer. Aparezco, dejo un par de textos, me marcho, vuelvo a aparecer, vuelvo a marcharme. Odio las intermitencias, pero de momento no soy capaz de hacer otra cosa.

Todavía me cuesta andar en línea recta.

Todavía lloro sin que me pase nada.

Todavía escribo demasiado sobre demasiadas cosas.

Todavía duele.

Intento, sin conseguirlo, levantar un proyecto asequible a mi escaso tiempo y talento. Estoy en ello. Me ofusco, caigo y me vuelvo a levantar. No me ensañaron otra cosa. Por eso me gusta el boxeo (y el ajedrez, que es la versión violenta del boxeo). Por eso me gusta escribir. Hemingway lo supo antes que yo, y lo escribió mejor.

-         Bueno, pero casi sin darte cuenta ya has escrito algo.
-         Pues estamos listos...
-         En serio, esto es un texto y deberías publicarlo en Valencia Escribe.
-         Pero si no hay foto, ni se corresponde con los deberes.
-         No pasa nada. Pon una foto de Bobby y otra del viejo Hem.
-         Claro, para ti nunca pasa nada.
-         Venga, no seas tonto. Así verán que de verdad te pareces a Bobby Fischer.
-         Uf, que pesado eres.
-         Ah, y dedícaselo a Amparo.
-         ¿Y eso?
            -    Shhh, luego te cuento.

miércoles, 30 de enero de 2013

NORMAN DAVES

              Conocí a Norman Daves en una fiesta que nuestro amigo común, Jay Gatsby, organizó para dar la bienvenida al invierno. Lo primero que me sorprendió de Norman fue su capacidad para fumar y hablar la mismo tiempo, mientras las chicas más guapas hacían cola para conseguir uno de sus prestigiosos besos o uno de sus míticos piropos. Recuerdo que ese año los vejestorios de la escuela del resentimiento no tuvieron más remedio que reconocer el talento de Norman y otorgarle el premio Pulitzer, logrado con indiscutible autoridad por un artículo sobre la generación perdida en París. Yo era por aquel entonces un joven aspirante a escritor que intentaba abrirse camino como corrector de estilo en una editorial de Brooklyn, y Norman Daves era uno de mis puntos de referencia. Leí con asombro su crónica del desembarco de Normandía (sobre la que corría una curiosa leyenda: que el papel en el que fue escrita aún conservaba manchas de sangre y barro), su libro sobre la ley seca El último trago y su novela Mis últimos días con Afrodita. Aquella noche, en casa de Jay, Norman hizo algo verdaderamente extraño. Miró su reloj, apartó de su lado a dos chicas rubias y cruzó el salón justo hasta donde yo me encontraba.

-         Necesito su ayuda- me dijo- y le pagaré bien. Dentro de media hora Rocky Marciano pelea en el Madison. Debo cubrir el combate y usted va a coger mi coche y me va a llevar allí.

            El combate era un mero trámite para Rocky Marciano. La federación le obligaba a poner el título en juego cada tres meses y Rocky, ya sin rivales de entidad, utilizaba verdaderos paquetes para mantener su reinado en los pesos pesados. El pobre chico de Alabama al que tumbó en el tercero apenas vio venir la derecha del campeón, y despertó en el hospital dos días después preguntando por su mamá.
Norman salió por una de las puertas traseras del Madison y se metió en el coche. Deslizó la mano debajo de su asiento y sacó una vieja Underwood.

-         ¿Sabe donde están las oficinas del New York Times?

 Mientras conducía a toda velocidad atravesando la ciudad, los dedos de Norman golpeaban con furia las teclas de la Underwood. Fue, sin duda, uno de los días más felices de mi vida. Cruzar la quinta avenida con Norman Daves a mi lado, el sonido de la máquina de escribir, el cigarro en los labios, las volutas de humo ascendiendo inexorables hacia un cielo de carteles de neón, Rocky Marciano y su derecha de hierro. Todo parecía sacado de una novela de Norman Daves.

                    (Del libro No dejes de escribir, de Paul Banks, McGraw-Hill, 1967)

viernes, 25 de enero de 2013

NECESITO HABLAR DE ELLA

         Esta tarde necesito hablar de ella, y el tipo que me mira desde el otro lado de la fotografía, apoyado en un coche (seguramente un Thunderbird del 64) y con pinta de matón de Marcelo Santos o de contrabajista en un quinteto de jazz de Nueva Orleáns, no me lo va a impedir. Necesito hablar de ella y su piano, de ella y su voz, de ella y su piel de ébano, de ella y Sinnerman (esa eterna canción que, como un bucle sin fin, para y vuelve a arrancar hasta tres veces en los más de diez minutos que dura), de ella y sus dedos (arañas sobre el blanco y negro de las teclas...), de ella y yo. Aunque, ahora que lo pienso, es muy probable que el tipo que me mira al otro lado de la fotografía (sí, ese con pinta de matón de Marcelo Santos o de contrabajista en un quinteto de jazz de Nueva Orleáns) sea uno de los muchos amantes que ella tuvo a lo largo de su vida; un extraño caso de amor interracial en medio de ese enorme desierto moral norteamericano. A lo mejor el tipo espera a que ella salga, apoyado en su Thunderbird del 64 (ya estoy seguro), de uno de sus conciertos para marcharse los dos a un destartalado motel de carretera y hacer el amor toda la noche hasta caer rendidos en el dulce sueño del cansancio y del sudor. Por la mañana, cuando ella y él despierten, con el sabor de sus cuerpos todavía en sus labios, desayunarán café y tortitas con nata y dejarán una buena propina a la cuarentona camarera que les atendió, madre de tres hijos y esposa de un mecánico borracho. Cruzarán cientos de millas de carreteras interestatales, él conduciendo el Thunderbird del 64 y ella a su lado, con su pañuelo de seda cubriéndole la cabeza, sus gafas de sol y su cigarrillo Pall-Mall mentolado entre los dedos. Se querrán eternamente durante los tres días que estén juntos, pues ambos saben (y tú que me lees también lo sabes) que el verdadero amor en el cine y la literatura es efímero; tan fugaz como el Pall-Mall mentolado que Nina Simone acaba de apagar. Pero no desesperéis, ni estéis tristes o apesadumbrados. Todos sabemos que Sinnermann vuelve a empezar una y otra vez a lo largo de sus más de diez minutos. ¿Quién dijo que la eternidad era más larga? Además, yo solo necesitaba hablar de ella.

viernes, 21 de diciembre de 2012

MI CUENTO DE NAVIDAD

            A mi padre, que siempre me decía que la Navidad era el motocarro de Casen alejándose en la escena final de Plácido, mientras se escucha el villancico: “...corre y dile que entre, se calentará, porque en este mundo ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá...”
            A Esperanza y Ana, siempre.
            A mis amigos de Valencia Escribe, por estos meses de ánimos y palabras que abrigan como bufandas y protegen como corazas.


La Nochebuena del 77 fue especialmente dichosa en el hogar de los Torres Mazón. Con un peso que se acercaba peligrosamente a los seis kilos y bajo el signo de capricornio, abrió los ojos al mundo el cuarto hijo de Miguel Ángel y Natividad. La enfermera llamó al padre, que esperaba ansioso apurando un cigarrillo tras otro. Cuando tomó en sus brazos a su hijo, Miguel Ángel pudo ver que era su viva estampa: ojos rasgados, cara redonda, mofletes generosos, labios dibujados. Antonio, Antonio, repetía el orgulloso pater familias. No, intervino la muy agotada madre, se llamará Marco Antonio. Natividad, durante los esfuerzos del parto, se acordó de su padre, Antonio, muerto a la temprana edad de cuarenta y tres años por culpa de una tuberculosis contraída en la batalla de Teruel durante la Nochebuena y Navidad del 38, defendiendo bajo la bandera de la 209 Brigada Mixta aquello por lo que su nieto suspiraría tantos años después. Pues bien, Antonio, el padre de Natividad y abuelo de la criatura recién nacida, no paraba de repetir en vida que en su familia todos aquellos que llevaban su nombre eran portadores de una mala suerte difícil de esquivar. Así pues, rondando las cuatro y media de la tarde, el bebé ya tenía nombre definitivo: Marco Antonio.
Cayeron las hojas de los árboles y de los calendarios y miles de amaneceres y atardeceres con olor a sal salpicaron las pupilas del cuarto hijo de los Torres Mazón. Padre e hijo compartían aficiones: los libros, el cine, cierta inclinación hacia la izquierda, el ajedrez. Miguel Ángel era un buen jugador aficionado y trataba de adiestrar a Marco Antonio en el difícil arte de no parecer demasiado malo frente al tablero, cosa que no siempre lograba. Con el eterno cigarrillo entre los dedos y las gafas en el mismo borde del precipicio de la nariz, Miguel Ángel decía: No, no, no. Si haces ese movimiento la partida ya la has perdido. Y Marco Antonio, como buen hijo, no hacía caso a su padre y movía la ficha equivocada, unas veces por rebeldía y otras por ver la sonrisa en el rostro de su progenitor.
           

               La Nochebuena del 2012 será la más alegre y la más triste en el hogar de los Torres Maciá. Será la más alegre porque Esperanza ha inundado con su sonrisa ciertos rincones helados en el corazón de Marco Antonio y Ana María. Pero los sentimientos a veces asumen la contrariedad de forma natural, y se puede estar muy, muy contento y muy, muy triste al mismo tiempo. El tablero de ajedrez ha quedado huérfano y aguarda un nuevo contrincante. Quizás cuando Esperanza crezca...

martes, 25 de septiembre de 2012

ROLAND & RENÉ

            “Yo suelo regresar eternamente al Eterno Regreso” Borges.

Roland Clauzel es el máximo experto mundial en la obra de Francois Truffaut. Su libro Truffaut y la Nueva Ola: una aproximación no crítica (Editorial Le Gaumont, 1987) se estudia en todas las escuelas de cine, se cita en todos los trabajos sobre el cineasta y es tema constante en todos los debates sobre la cultura cinematográfica francesa. Por eso no es de extrañar que su teléfono suene a las siete de la mañana del día 24 de Octubre de 1996, y que al otro lado, como quien susurra al amanecer, una voz le diga:
-         Lo hemos encontrado.

Bajo este críptico mensaje se esconde la gran obsesión de toda una vida dedicada a la investigación (y admiración) de la obra del cineasta francés, el mito hecho realidad, las horas, los días, las semanas y los años de dura e infructuosa investigación, las críticas de sus más mordaces detractores, un divorcio y la imposibilidad de dejar de fumar. Pero para Roland Clauzel todo eso ya no tiene la más mínima importancia: al fin se ha encontrado la prueba irrefutable de que Francois Truffaut dirigió su primer cortometraje antes de 1953, concretamente en 1952.

Al apagarse las luces de la sala de proyección, la mano de Roland roza instintivamente la mano de René, la culpable (si es que de culpa puede hablarse) junto con Francois Truffaut, de su divorcio. Ese gesto también es significativo, pues detrás de él hay horas, días, semanas y años de habitaciones de hotel y despedidas antes del amanecer, de promesas a medio cumplir y horarios que justificar, de miradas furtivas y perfumes que delatan. Sobre la pantalla aparece una claqueta en la que se puede leer: Despedida en el metro, escena primera, toma tres, dir. F. Truffaut. “Bajo la cúpula abovedada del metro de París, Roland y René entablan una tensa conversación. René le dice que ya no aguanta más, que debe pedir el divorcio, que está harta de pasar horas, días y semanas en habitaciones de hotel que deben abandonar antes del amanecer. La cámara, en un suave travelling, se desliza desde un plano general a un plano medio, acentuando así la profundidad de campo. Roland escucha y no dice nada. René baja la mirada y, como quien presiona el gatillo de una pistola con silenciador, susurra: hemos llegado al final. Fundido en negro.”

martes, 5 de junio de 2012

J.C.



           La foto es en blanco y negro, como el buen cine, como el Mundo. Trato de convencerme de que la foto es el motivo que debe empujarme a escribir un relato o simplemente a escribir. “Julio me ha dejado una nota en recepción: Tengo que hablarte de la Maga. Firma J.C., como siempre, y como siempre pienso en una marca de whisky. Bajo la firma, con letra más pequeña, la dirección de un café. Ya estamos otra vez con la Maga, murmullo mientras enciendo un cigarrillo que sé que no debo encender. En la calle, un cielo que pregona tormenta muestra su clara indiferencia hacia mis pensamientos. Llego al café media hora más tarde, pero Julio aún no ha aparecido. Justo enfrente de mi mesa, cruzando la calle, un fotógrafo prepara una curiosa instantánea: un tipo simula pintar un cuadro que descansa sobre un caballete. A su lado, sosteniendo un paraguas, otro tipo (con gabardina)...” Lo dejo. Me pregunto entonces si antes de ponerme a escribir ya sabía que lo iba a dejar; si tenía la certeza de que el texto quedaría inconcluso. No encuentro más respuesta que mi propia cobardía. ¿Qué dirán ahora mis compañeros de Valencia Escribe? Pero hoy necesitaba escribir, al margen de todo y de todos, en un acto de supremo egoísmo. Por eso no hay historia (también me pregunto si alguna vez la hubo), ni hilo narrativo (ídem.), ni más personaje que esta voz que trata de esconderse en las palabras. Soy como la gota de lluvia que es incapaz de luchar contra la gravedad, como el pintor que simula pintar un cuadro, como el músico que elige proteger su instrumento, como la foto que una vez captó la realidad y fue capaz de hacerla eterna. Por eso ahora vuelvo a dejar de escribir, y mi mirada se dirige a aquel París con nombre de juego infantil. Sé que Julio quiere hablarme otra vez de la Maga.

miércoles, 18 de abril de 2012

YO OS MALDIGO




“No lloro por ti,
no lloro por ti,
lloro por las nubes que son de un blanco imposible
y aquí abajo nada es puro, todo es feo y tan horrible.”

No lloro por ti, de Christina Rosenvinge

            Dos de las personas que más quiero en este mundo no pueden hablar. Una de ellas, mi padre, seguramente no vuelva a hacerlo nunca más. ¿Cuánto tardaré en olvidar su voz? No, no lloro por él.
            Esperanza, mi hija, aún no puede hablar. Nadando en el líquido amniótico de la felicidad fecunda aguarda el momento en que sus ojos vean la luz de un amanecer. No, no lloro por ella.
            Separados por un segmento temporal de sesenta y siete años, Miguel Ángel y Esperanza, mi padre y mi hija, el abuelo y su nieta, probablemente jamás hablarán sobre literatura rusa, sobre la Guerra Civil Española, sobre lo importante que es no utilizar un gambito de dama si tu rival es un experto jugador de ajedrez. Lloro por eso, por privar a mi padre de la posibilidad de regañar a su nieta; por robarle a Esperanza la ilusión de pedirle el aguinaldo a su abuelo el día de Navidad.
            Recipientes de cristal que hoy sois lecho para mis lágrimas, yo os maldigo.

sábado, 10 de marzo de 2012

EL GUIONISTA (II)


             No he hecho este viaje para escribir una maldita película de lucha libre. ¿Quién es Wallace Berry? ¿Qué puedo decir de él? Sólo quiero pensar que después de esta estúpida película podré hacer lo que realmente deseo: escribir sobre la gente de la calle, sobre sus problemas, sobre sus sueños. En esta habitación me falta el aire, apenas puedo respirar. Incluso el papel de la pared se despega continuamente. El folio en blanco me devuelve la mirada. Tecleo unas cuantas frases y miro el resultado. No me gusta. En realidad nada me gusta. Pero tú siempre estás ahí, con tu hermoso traje de baño, mirando el mar. Tengo miedo. Estoy bloqueado. Tengo miedo y estoy bloqueado. ¿Dónde están las palabras? ¿Qué significa ser escritor? Acaricio las teclas implorando piedad. Estoy llorando. No puedo más. Yo soy Barton Fink, Barton Fink, Barton Fink...

jueves, 8 de marzo de 2012

CENTAUROS DEL DESIERTO

          

            El héroe siempre regresa de un lugar al que, más tarde o más temprano, sabe que debe volver. Lo que queda en medio es la vida,  la aventura, lo que confiere al hombre la categoría de héroe.

            Una puerta se abre. La cámara recorre, en un suave y delicado travelling, la distancia que separa la oscuridad interior de la luz exterior. El sol y el paisaje del Monument Valley nos saludan. Una familia espera. Vivir es esperar a que alguien aparezca en el horizonte. Vivir es salir a su encuentro. John Wayne es nuestro héroe.

            Transcurren ciento veinte minutos. Dos horas de eso que llamamos “cine”, “película”, “arte”. Cuando la peripecia ha concluido nos damos cuenta de una cosa: estamos como al principio. La cámara recorre, en un suave y delicado travelling, la distancia que separa la luz exterior de la oscuridad interior. El sol y el paisaje del Monument Valley nos dicen “adiós”. John Wayne, nuestro héroe, se separa de su familia. Vivir es despedirse de la gente que más queremos. Una puerta se cierra.


martes, 21 de febrero de 2012

OTROS TIEMPOS...



           (A mi padre)
            Quiero hablar de mi padre. Su nombre es Miguel Ángel y ya acaricia los setenta años. A mediados de los años sesenta hizo el viaje que muchos soñaban: de Torrevieja a Madrid para estudiar una ingeniería. Allí entró en contacto con los estudiantes afiliados al Partido Comunista, entonces envuelto en una clandestinidad de hierro. Al mismo tiempo conoció al Padre Llanos, aquel cura rojo que trabajaba en el Pozo del Tío Raimundo, y se afilió a las Juventudes Obreras Católicas. Regresó tres años después, con una carrera y dos fichas de peligrosa filiación. Mi madre, entonces su novia, esperaba su retorno cual Penélope.
            Todas la mañanas, a las nueve, voy a ver a mi padre. Hablo con él durante treinta minutos. Siempre terminamos charlando de lo mismo, mientras mi madre me mira con los ojos llenitos de ayer. Cuando una discusión de política se nos enquista, mi padre suele decir la misma frase: “Vosotros podéis hablar. Aunque no os hagan caso al menos no os muelen a palos, como a nosotros. Eran otros tiempos...”
            Hoy he vuelto a cumplir con la ineludible ceremonia de hablar con él. La política era otra vez el tema central. La televisión de la cocina escupía las imágenes de un grupo de policías apaleando a unos estudiantes en Valencia. No hemos discutido. Su mirada parecía más cansada que nunca. De sus labios no ha salido la frase “eran otros tiempos...”

viernes, 17 de febrero de 2012

PARÍS, TEXAS

           Un hombre camina por el desierto. En su rostro sólo podemos ver un pasado que lastra sus pasos. En los acordes de Ry Cooder adivinamos nostalgia por una vida mejor, un anhelo por ser perdonados y un formulario para segundas oportunidades. La tristeza se filtra por las grietas de los corazones acostumbrados a sufrir.





            Quince minutos para contar una vida. Quince minutos para dar explicaciones. Quince minutos para que sea la palabra la verdadera protagonista. Quince minutos para poder ver sin ser vistos. Quince minutos para atar todos los cabos sueltos que nos hicieron navegar a la deriva.




            Hotel Meridian, habitación 1520. El hombre que caminaba por el desierto, el hombre que contaba su historia en el Peep-Show, une aquello que nunca debió ser desunido. Se encienden las luces; secas tus lágrimas.

lunes, 13 de febrero de 2012

LA MISIÓN

          (Para Óscar Romero, Ignacio Ellacuría, Hélder Cámara y José María de Llanos)

El camino de la culpa es horizontal, llano y no tiene final. Posee la forma de un sable, de un arma de fuego, de la trayectoria que recorre una bala de plomo desde que es disparada hasta que impacta en el cuerpo de un guaraní.  La culpa pesa, es una armadura oxidada que lastra cualquier intento de ascensión. Culpa que reparte territorios, culpa que traza líneas en los mapas, culpa que destruye lo que otras manos construyeron.

           

El camino de la redención es vertical, agreste y tiene una meta. Posee la forma de un oboe, de una nota musical, de la trayectoria que recorre una mano hasta que roza  otra mano. La redención alivia, es un cuchillo que corta las ataduras de la armadura oxidada que lastraba nuestra ascensión. Redención que rompe las fronteras, redención que desdibuja las líneas de los mapas, redención que reconstruye lo que otras manos destruyeron.

viernes, 10 de febrero de 2012

SIETE NOVIAS PARA SIETE HERMANOS

        

         (Con este relato mi hermana y yo sólo hemos pretendido dibujaros una sonrisa. Creo que es lo mejor que hoy podíamos hacer)

         Estallan los colores: rojo, azul, verde, amarillo… Mis pies no pueden evitar dar algún que otro toquecito en el suelo, mientras mi padre pide silencio. Mi hermano Miguel Ángel intenta contener una risa nerviosa con la boca apretada, aunque sus ojillos lo dicen todo: “ quiero ser como Benjamín Pontipee”. A la izquierda, mi hermana Nati va captando en su mente adolescente todos y cada uno de los pasos de baile. Qué maravilla, es toda una explosión de alegría, una tarjeta de presentación de una vida repleta de felicidad. Silencio, insiste mi padre. Sentado a mi lado hay otro espectador. No logro adivinar qué estará pasando por su cabeza, mientras la música sigue sonando en el granero.

         Adam, Benjamín, Caled, Daniel, Efraín, Flor y Gedeón. Todos nombres bíblicos, menos Flor. Le llamamos Flor por lo bien que olía de pequeño, qué bueno. Pero estos vaqueros no llevan pistolas. No fuman. Bailan y raptan mujeres, lo que es mucho peor que en los otros casos. Mira el Miguel, cómo se ríe. Y Nati, claro, pues a memorizar los bailes para luego darnos el follón. Yo no pienso volver a salir en otros de sus festivales, que bastante ridículo hice ya. No, si el granero terminará viniéndose abajo. Y mi madre embarazada. Yo no sabía que mis padres aún hacían... Se llamará Benjamín, eso lo tengo claro. Tula no deja de mirarme, como si quisiera saber lo que pienso. Sí, Tula, esta noche te vuelvo a acompañar a tirar la basura para que te fumes un cigarro y me cuentes tus chismes.

miércoles, 8 de febrero de 2012

FILM NOIR

        (Para Malén)

        Siempre hay una ciudad a la que regresar, un misterio que resolver, una chica a la que besar y un pasado que ocultar. Las palabras son armas que se disparan con la precisión de un francotirador. Gabardinas y sombreros, tacones de aguja y cigarrillos, almas atormentadas y corazones llenos de cicatrices. Los atracos perfectos salen mal y el dinero termina volando por el aire, mecido por el viento. La traición se sirve con hielo picado y un poco de soda, en un vano intento de aplacar nuestra sed de mal. No hay un lugar al que poder huir ni un hueco por el que se filtre la esperanza: el destino corre más rápido que las balas. Animales que caminan por la jungla de asfalto tratan de cambiar sus vidas, cumplir un sueño, ganar la gran partida. Sin embargo, los árboles de cemento les impiden ver el azul del cielo y las cartas están marcadas. Ya nada se puede hacer cuando esas tres letras aparecen en la pantalla: fin.

sábado, 4 de febrero de 2012

DIOS

       Sostiene la foto mientras en su rostro se dibuja una sonrisa. Fue un riesgo lo de Humphrey, piensa, pero salió bien la jugada. Audrey nunca ha tenido necesidad de actuar; su rostro enamoraba a la cámara. Y Holden estaba perfecto, como siempre. El anciano deja la foto junto a las otras, en una vieja caja de madera que alguien una vez le regaló. Su mirada se pierde ahora en el vacío; en ese lugar donde la vida parece que se congela. Y no deja de sonreír. Una voz femenina y con cierto tono autoritario apenas consigue que reaccione.

-  Señor Wilder, su medicina.

miércoles, 1 de febrero de 2012

SEDUCCIÓN

          Varón, treinta y cinco años, metro ochenta, complexión atlética. Presenta desfiguración facial y lengua hinchada con tenue color azul (Ver foto 1). Ojos entornados. Completamente desnudo. Rasguños en ambas muñecas debido al forcejeo final por librarse de la ataduras (Ver foto 2). Corbata anudada al cuello, con la que seguramente fue estrangulado (Ver foto 3). La habitación no presenta mayor desorden que un par de copas y una botella de cava vacía sobre la mesa (ver foto 4). El cadáver fue hallado por su mujer a las 21:35 horas, según declaración adjunta (Ver declaración 18/237). En dicha declaración su mujer asegura que “al abrir la puerta y entrar en casa, escuché una música que salía de nuestra habitación. Parecía un violín, o uno de esos violines gigantes, no sé. Una música repetitiva, extraña. Subí al cuarto y al abrir la puerta, Dios mío, no pude creerlo, allí estaba él, desnudo (...)”. Disco de Adam Hurst encontrado en el interior de la cadena de música (ver foto 5) situada en la estantería de la habitación (ver foto 6). Estudiar posibles huellas tanto en la carátula como en el disco.