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jueves, 2 de febrero de 2012

LA ÚLTIMA SONRISA

Empezó quitándose el maquillaje de los ojos, lo hacía con movimientos mecánicos, precisos a fuerza de costumbre. La pintura negra que llevaba usando tantos años le había curtido la piel dándole el aspecto de una vieja silla de montar. Las cejas dibujadas, al contacto con el algodón, perdieron con desgana su admiración forzosa. Continuó con el rojo de los mofletes, poco a poco frente al espejo iba apareciendo el verdadero Jaime, el padre de familia, el que se inventaba los cuentos que narraba a sus hijos antes de que el sueño los secuestrase, el que jamás faltaba al pago de la letra de su eterna hipoteca, el que llevaba casado doce años y asistiendo a terapia de pareja los últimos seis. Jaime borró finalmente su sonrisa de payaso.

Amalia llegó a casa cansada, pasada la medianoche. Como siempre, encontró a los niños dormidos y a él sentado en el sofá viendo la televisión. Sin apenas mirarla, la saludó con un "hola" cotidiano y una vaga sonrisa a la que ella respondió con un frío beso en la mejilla. Nada de conversación. Sólo un "buenas noches" seguido de un "estoy muy cansada".
Mientras se va quitando ese viejo uniforme que tanto odia, observa el paso de los años en su cuerpo, en cada una de las arrugas de su cara y en los surcos de debajo de sus ojos. En silencio se pregunta de nuevo, cuál fue el momento exacto en el que tomó la decisión equivocada de elegirlo a él, a un pobre payaso con el que compartir esa vida absurda y triste, donde cada día es igual al de ayer e idéntico al de mañana. Prefiere no cenar, un vaso de leche será suficiente. Y ya en la cama, justo antes de caer rendida, piensa en caricias lejanas de antiguos amantes y sonríe tímidamente mientras se seca la última lágrima del día.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL CANDIDATO

Las sábanas se le habían pegado al cuerpo de tanto sudar, no tenía sueño, era el quinto día consecutivo que Morfeo no le ganaba en su cuadrilátero de viscolástica. Los sondeos le ponían como ganador absoluto. Cada día, en cada pueblo, en cada ciudad, con miles de autobuses repletos de posibles votantes pagados, con una clá fanática e incondicional dispuesta a aplaudir cada gesto, cada palabra, cada promesa, salía vencedor de una batalla ganada de antemano. No podía dormir, cinco o seis mítines diarios en la última semana de campaña, hacían saltar las alarmas de su cuerpo y el insomnio se había colado en su vida como un intruso, acomodándose como un miembro más de su propio cuerpo. Los consejeros le aconsejaban descansar, los nervios le mantenían despierto, su familia hacía tiempo que había dejado de reconocerle. Quería ganar, la erótica del poder era demasiado poderosa, lo tenía al alcance de sus manos vacías que muy pronto estarían repletas.
Los números no engañan, a las 3 de la mañana, los números no pueden engañar. Esta vez, ni Dios me arrebata el triunfo. "Presidente de Gobierno", tan sólo le quedaban cinco días con sus consecuentes cinco noches para poder leer esas tres palabras enredadas con las de su nombre en cientos de titulares de todos los periódicos del País y sobre ellas su foto sonriente desde el balcón de la sede. Entonces sí, entonces podría dormir del tirón. Esto no es más que el último empujón de su carrera y no es nada si lo compara a todo lo que ha tenido que pagar o dejar a un lado durante estos últimos treinta y cinco años de dura escalada. Casi son las cuatro de la mañana y no puede creer que lo que ahora le toque recordar sea el principio de su carrera y a todas aquellas personas que hace tanto que quiso borrar de su vida. Eso es justo lo que menos necesita un candidato en los días previos al fin de campaña. Pensar en su pasado. Y dan las cinco y él, que está acostumbrado a lidiar contra los adversarios más crueles, camina de un lado a otro de su dormitorio enumerando los nombres de sus viejos compañeros de universidad, todos aquellos con los que pasó varias noches en un calabozo por repartir unas octavillas que nadie debía leer y también los mismos que le enseñaron a creer que había que luchar por lo que es justo. “Lo he conseguido“, se dice. “Eran buenos chicos pero también débiles y con demasiados sueños en la cabeza. Con el tiempo te das cuenta de que en política no hay sitio para la gente así. No quiero seguir pensando en esto“, se repite mientras vuelve a meterse en la cama. Pero el insomnio no entiende de ordenes ni porqués y prefiere seguir invadiéndole con sus ingratos recuerdos. Casi son las seis de la mañana y ahora es Carmen, su sonrisa y aquellos dos enormes ojos azules, los que se han apoderado de su cabeza. No quiere pensar en ella ni tampoco entiende cómo puede hacerlo porque se lo prohibió a si mismo hace justamente veintidos años. Pero de repente ella está en su misma habitación y su preciosa cara y esas últimas frases le retumban en los oídos una y otra vez: “¿Dime por qué me dejas? Al menos me merezco que me des una explicación. Sé que me quieres, me lo están diciendo tus ojos. Ten huevos y dime que lo que pretendes es llegar muy alto en política y que yo no soy esa chica perfecta que necesitas a tu lado para poder conseguirlo. Dime que no lo soy porque mi padre es del otro bando o porque no tengo dinero o porque no he ido a la universidad o porque no sé nada de ese protocolo del que parece que ahora tú sabes tanto… Dime lo que sea, pero dime algo. ¡Mírame y dímelo!”
La luz ha invadido por completo la habitación del candidato y su móvil suena sin descanso sobre la mesilla. Hace horas que debía estar respondiendo a todo tipo de preguntas en una emisora nacional y sin embargo, él sigue ahí, inerte sobre su cama, con las pupilas completamente dilatadas. En su rostro se dibuja una sonrisa sutil y en sus ojos, ya sin vida, se atisba el brillo de aquel chaval que un día fue y que soñaba con llegar a lo más alto.