Empezó quitándose el maquillaje de los ojos, lo hacía con movimientos mecánicos, precisos a fuerza de costumbre. La pintura negra que llevaba usando tantos años le había curtido la piel dándole el aspecto de una vieja silla de montar. Las cejas dibujadas, al contacto con el algodón, perdieron con desgana su admiración forzosa. Continuó con el rojo de los mofletes, poco a poco frente al espejo iba apareciendo el verdadero Jaime, el padre de familia, el que se inventaba los cuentos que narraba a sus hijos antes de que el sueño los secuestrase, el que jamás faltaba al pago de la letra de su eterna hipoteca, el que llevaba casado doce años y asistiendo a terapia de pareja los últimos seis. Jaime borró finalmente su sonrisa de payaso.
Amalia llegó a casa cansada, pasada la medianoche. Como siempre, encontró a los niños dormidos y a él sentado en el sofá viendo la televisión. Sin apenas mirarla, la saludó con un "hola" cotidiano y una vaga sonrisa a la que ella respondió con un frío beso en la mejilla. Nada de conversación. Sólo un "buenas noches" seguido de un "estoy muy cansada".
Mientras se va quitando ese viejo uniforme que tanto odia, observa el paso de los años en su cuerpo, en cada una de las arrugas de su cara y en los surcos de debajo de sus ojos. En silencio se pregunta de nuevo, cuál fue el momento exacto en el que tomó la decisión equivocada de elegirlo a él, a un pobre payaso con el que compartir esa vida absurda y triste, donde cada día es igual al de ayer e idéntico al de mañana. Prefiere no cenar, un vaso de leche será suficiente. Y ya en la cama, justo antes de caer rendida, piensa en caricias lejanas de antiguos amantes y sonríe tímidamente mientras se seca la última lágrima del día.
Mientras se va quitando ese viejo uniforme que tanto odia, observa el paso de los años en su cuerpo, en cada una de las arrugas de su cara y en los surcos de debajo de sus ojos. En silencio se pregunta de nuevo, cuál fue el momento exacto en el que tomó la decisión equivocada de elegirlo a él, a un pobre payaso con el que compartir esa vida absurda y triste, donde cada día es igual al de ayer e idéntico al de mañana. Prefiere no cenar, un vaso de leche será suficiente. Y ya en la cama, justo antes de caer rendida, piensa en caricias lejanas de antiguos amantes y sonríe tímidamente mientras se seca la última lágrima del día.