Mostrando entradas con la etiqueta Marisa Martínez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marisa Martínez. Mostrar todas las entradas

martes, 16 de junio de 2015

El ring



Aunque el pabellón estaba vacío, el ring seguía iluminado. Aún se podía escuchar el eco de la voz del árbitro cuando levantó su brazo junto al del boxeador y anunció: ”El púgil mejicano Chucho Ramírez, Campeón del Mundo de Peso Medio”, y el rugir entusiasta de la mayoría de los asistentes al evento.

 El olor de sangre y sudor todavía envolvía el ambiente. Las lágrimas del perdedor flotaban sobre la lona, de su nombre ya no se acordaba nadie. Grotesca metáfora de la vida.

martes, 9 de junio de 2015

El abrazo



El jurado fue unánime: Inocente.

Los asistentes al juicio se arremolinaban a su paso para darle la enhorabuena. Incondicionales que le apoyaron desde el principio. Él, ignorando a la multitud, se dirigió hacia su esposa e hijo que esperaban una sentencia favorable, pues sabían que la acusación había sido un montaje urdido por su jefe.

Al llegar junto a ellos, se abrazó a su mujer, bajo la atenta mirada del pequeño, pensando que ya nada volvería a ser como antes. Aunque había recuperado la libertad, su fe en las personas había sido condenada a cadena perpetua.

domingo, 7 de junio de 2015

Whisky y Cigarrillos


Tras largas horas de trabajo, con el local  vacío, le gustaba sentarse en la esquina de la barra a fumar un cigarrillo. El último del día. Mientras, recordaba con nostalgia sus años de esplendor; cuando se sentaba en aquel mismo lugar con un whisky en la mano y un precioso traje de noche, acompañada del incauto de turno. Eran otros tiempos.

sábado, 23 de mayo de 2015

El contorsionista



Cuando se colocó delante de aquella pequeña urna para ejercer su derecho al voto, el Presidente de la mesa observó un comportamiento extraño en aquel hombre.

Rompió el candado y de un brinco se introdujo en ella, ante la mirada atónita de todos los allí presentes.

Sin duda pensaba que era la única forma de asegurarse la reelección.

sábado, 4 de abril de 2015

NIEBLA EN EL CAMINO




Se puso el abrigo y salió de casa precipitadamente. La noche era fría. Caminó rápido hasta la parada del autobús, todavía faltaban diez minutos para que llegara; decidió seguir andando y se introdujo en una espesa niebla que le acompañó todo el camino. Estaba inquieto, pero al final vio la luz, siguió en línea recta hasta ella, abrió la puerta y entró en el establecimiento con paso firme. Apoyó los brazos en el mostrador y dijo: «una caja de apósitos, por favor».

Tenía que cerrar muchas heridas, todas las que él le había dejado.

sábado, 28 de marzo de 2015

Nostalgia




Le gustaba acudir a aquel café, sentarse en la mesa de siempre -la del rincón- y fumarse un habano. Atrincherado tras el humo miraba hacia el pequeño escenario donde todavía le parecía ver  y escuchar a aquella preciosa joven, que con su perseverancia y admiración consiguió conquistar poco a poco. Ahora era su mujer.

De aquella relación nada quedaba, solo el gran amor que él le seguía profesando. Ella ya no recordaba ni su nombre.

domingo, 1 de marzo de 2015

Rendición




Había sucumbido de tal manera a los encantos de aquella mujer, que ya no quedaba nada del ser que había sido. Pese a todo seguía aferrándose a ella.


miércoles, 25 de febrero de 2015

Anorexia



Era la gordita de la clase, sus compañeros se burlaban de ella sin piedad, todos sabemos lo crueles que pueden llegar a ser los niños; su madre en cambio la lucía orgullosa para que todos vieran cómo comía la niña y cómo se criaba de hermosa.

Pero con el paso de los años esto llegó a ser un verdadero suplicio para ella. Dieta tras dieta, no conseguía grandes resultados, se sentía atrapada en aquel cuerpo que le horrorizaba cada vez que se miraba en el espejo.

Una “amiga” le comentó que había ciertas páginas en internet que quizás pudieran  solucionar su problema, otras chicas que se sentían como ella habían conseguido resultados extraordinarios siguiendo sus  consejos. Lo hizo, las visitó y desde ese momento entró en una oscura dinámica que la condujo a una extrema delgadez, tan extrema, que todo su organismo empezó a descompensarse, su madre no entendía qué le pasaba a su niña y para cuando quiso reaccionar,  pese a las advertencias de familiares y amigos, fue demasiado tarde. Su niña levitó hasta lo más alto y desapareció.

domingo, 22 de febrero de 2015

Best-Seller




Perteneciente a una especie en extinción, la de los escritores, Mario sobrevivía a duras penas acosado por la mano destructora del hombre. El IVA cultural, la piratería, el intrusismo entre otras muchas cosas, convirtieron su vida en un auténtico calvario. Un día, desesperado, decidió suicidarse "literalmente" hablando. Escribió un best-seller. Descanse en paz.

                                                                                                                Marisa Martínez

Pascual




Pascual era un buen hombre. Tímido, retraído, siempre correcto y educado, querido por todos. En el trabajo, una empresa familiar en la que llevaba casi cincuenta años y donde era considerado como de la familia, se había convertido en imprescindible, pues siempre estaba ahí cuando se le necesitaba. Pero llegó el momento de su jubilación, aquel que esperaba con auténtica angustia y que sabía no podía retrasar más.

Su trabajo era lo único que llenaba una vida vacía y triste, que transcurría entre las cuatro paredes de su casa junto a su tía Matilde, quien se había ocupado de él desde su más tierna infancia. Primero su padre, en un accidente laboral, y unos años más tarde su madre, por un cáncer fulminante, le habían dejado huérfano con tan solo siete años.

Matilde, soltera de vocación, se dedico a él en cuerpo y alma. Pascual llenaba el vacío que hubiera podido ocupar cualquier hombre. Algún pretendiente había tenido, pero ella siempre terminaba por rechazarles; su único objetivo era su niñito y esa fue su prioridad, aunque un comportamiento tan protector no benefició en absoluto a Pascual, pues hizo de él un ser indefenso y sin carácter. Ni que decir tiene que ninguna de las pocas mujeres que llevó a casa a lo largo de su vida fueron del agrado de su tía, por lo que pasaron los años y ahí estaba él, solo, con ella, su trabajo y sin amigos.
Justo al año de la jubilación murió su tía. Fue en aquel preciso momento, sin que él lo esperara, cuando empezó una nueva vida para él.

Al principio fue duro, no estaba acostumbrado a vivir solo. Se levantaba, desayunaba, se duchaba y no tenía ganas de nada, ni de salir tan siquiera; el hacer la compra o bajar a cobrar se convirtieron en un autentico calvario y fue sumergiéndose en una fuerte depresión, tan fuerte que una de sus vecinas, Encarna, que le conocía de toda la vida, viendo en el estado de apatía en el que se encontraba tomó cartas en el asunto y llamó al médico.

- Sé que no es de mi incumbencia, Pascual, pero sabes que te aprecio y no podía seguir viendo cómo       te apagas día a día.
- Tranquila, Encarna, sé que lo haces porque te preocupas por mí y te lo agradezco.
- Pase, doctor.

Pascual le contó al doctor que no tenía ganas de nada, que su vida ya no tenía sentido sin su trabajo, sin su tía. El doctor, después de examinarle y escucharle atentamente le recetó un antidepresivo y le recomendó un paseo matutino y otro vespertino todos los días, sin excusa. ¡Y búsquese usted algún hobby!  Le gritó a mitad escalera.

Él, siempre obediente, se acicaló y se fue directo a la farmacia a por sus pastillitas y se puso a pensar qué era lo que podía hacer. No le gustaban los bares, tampoco era aficionado a ningún juego de mesa (ni dominó, ni cartas). ¿Viajar? Poco. ¿Leer? sí, pero era una práctica solitaria y en ese momento no era lo más aconsejable. El cine era otra opción, pero ¿ir solo? Antes por lo menos iba con su tía, bueno, podía invitar algún día a Encarna, ella también estaba sola, se portaba bien con él y no le vendría nada mal un poco de compañía. Sí, se lo propondría.

De momento empezaré por lo más fácil, se dijo: los paseos.

Al día siguiente por la mañana desayunó café, tostadas con mantequilla y mermelada y un zumo de naranja. Se afeitó y aseó, se puso unos vaqueros, una camisa, unas botas y un gabán, pues hacía una mañana bastante fría. Salió a la calle sin rumbo fijo, decidido a caminar al menos durante una hora. A lo lejos vio la acera larga y soleada custodiada por una larga tapia y flanqueada por pequeños puestos de flores con sus jóvenes vendedoras, decidió que esa sería su primera ruta. Cruzó, y al llegar al primer puesto, se dirigió amablemente a la florista. 

- Buenos días.
- Buenos días, contestó ella alegremente, ¿flores señor?
- No, gracias.

Y así fue saludándolas a todas hasta llegar al final del recorrido, donde había una gran puerta de hierro. Atravesó  la calle y regresó a casa.

Como el paseo le resultó agradable, al día siguiente tomó el mismo camino y así día tras día. Las jóvenes floristas ya le conocían y él, una a una, las saludaba por su nombre. Se sentía afortunado por conocer a aquellas jóvenes tan agradables ¡Quién tuviera treinta años menos!, pensaba.

Una mañana, al llegar a la puerta decidió atravesarla, para así alargar un poco más su paseo. Ya hacía mejor tiempo y apetecía caminar un poco más, además le había cogido gustillo a esto de los paseos, el doctor tenía razón.

Caminó durante largo rato, hasta que la vio, rubia, preciosa ¡tan joven y delicada! No. Dudó, pero no pudo resistirse y le habló, ella le escuchaba atentamente y él le iba narrando  sus  frustraciones y anhelos,  le fue contando toda su vida, día a día, minuto a minuto. Era joven, sí, demasiado para él, se decía, pero le comprendía tan bien, le sabía escuchar y se compenetraban de tal forma que la edad no suponía ningún impedimento. En ocasiones le llevaba flores, sus amigas las floristas se las regalaban, compadecidas al verle tan enamorado y feliz.

- Cómo ha cambiado Pascual -comentaban entre ellas.

Los vigilantes también le conocían y conversaban amigablemente de lo divino y lo humano, ya eran varios años viéndole por allí diariamente, alguno más de una vez le llevó un bocadillo y un refresco, pues cuando se sentaba a hablar con su amada perdía la noción del tiempo. Entre ellos comentaban que no era bueno para él pasar tanto tiempo en aquel lugar, pero…

Una tarde, mientras uno de los vigilantes hacía su ronda antes de cerrar, se extrañó al ver a Pascual allí, a esas horas. Él ya hacía rato que debería haberse marchado. Comenzó a llamarle. ¡Pascual, Pascual! pero no contestaba; alarmado gritó: ¡Pascual! y comenzó a correr hacia el banco donde se sentaba cada día desde que conoció a la joven para charlar con ella. Le encontró reclinado hacia delante con su mano extendida, como si se la estuviera tendiendo a alguien. Su expresión era relajada, casi de felicidad.

Pascual había muerto en aquel banco del cementerio junto a su amada, feliz por haber conocido el amor aunque tardío, solo, como había vivido, pero sabiendo que ahora ya nunca más lo estaría, pues iba a reunirse con ella.


                                                                                                                    Marisa Martínez