Mostrando entradas con la etiqueta ............ Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ............ Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de junio de 2012

LA TENTACIÓN

Autores: Enrique Sierra †, Carlos Berlanga † y Olvido Gara



Le conocí en un guateque,

era un chico alto y delgado,

me miraba fijamente,

parecía muy decente.

 

No lo pude resistir,

me venció la tentación,

el demonio me invadió,

y pequé, sí acepté.

 

Y mi castigo en el infierno tendré,

y mi castigo en el infierno tendré,

y mi castigo en el infierno tendré,

y mi castigo en el infierno tendré.



 

Salimos de aquel lugar

sudorosos después de bailar,

me llevó a su habitación,

me propuso hacer el amor.

 

Entonces yo me escandalicé,



pero así todo acepté.

Entonces yo me escandalicé,

pero así todo acepté.

 

Encendió el tocadiscos,

una música muy rara,

sólo daban alaridos,

él se quitó la corbata.

 

Fue hacia otra habitación,

regresó vestido raro,

con el pelo muy planchado,

tenía ojos de malvado.



 

Todo en cuero negro

un látigo sacó,

entonces me dijo

que me iba a dar mi merecido,

que todo esto me pasaba

por ser una puta, guarra.

 

Me dejó tan malherido,

al otro día me confesé arrepentido,

el cura me reprendió

pero deshizo mi confusión.

 

Eso está mal, no es natural,

fornicar es un pecado mortal.

Eso está mal, no es natural,

fornicar es un pecado mortal.

 

He rezado padrenuestros,

oraciones a María,

entraré en algún convento,

así veréis que me arrepiento.

 

Señor, no fue culpa mía,

yo no soy una pervertida.

Señor, no fue culpa mía,

yo no soy una pervertida.

domingo, 20 de noviembre de 2011

UN DÍA DE LLUVIA EN LA CIUDAD

Me encantan los días de lluvia en la ciudad. Son perfectos para que las huellas desaparezcan, para que los perros no puedan seguir ningún rastro. Incluso te evitas tener que tapar los cadáveres porque de eso ya se encarga el agua. Siempre hay algún incauto al que le gusta ir al cine o al teatro cuando llueve, y la noche siempre es muy buena aliada.
Después no hay nada mejor como volver a casa, ponerse bajo la ducha, tomarse una buena taza de té con el prozac, ver cómo cae la lluvia tras los cristales... y a ese joven que sigue esperando el autobús en la parada de enfrente. A estas horas ya no va a pasar ninguno más. Creo que bajaré a decírselo.

viernes, 21 de octubre de 2011

Y EL AIRE ERA ROSA PORQUE NO TENÍA PIEL*

El vestíbulo se hallaba repleto de visones y alpacas. Un lujo mezclado con perfume destilaba por todas aquellos cueros bronceados y digamos... poco tersos. Pero lo que más llamaba la atención era la ausencia de cualquier forma manifiesta de juventud, ni tan siquiera el servicio podía decirse que estuviera renovado.
Foi y vino de miel, caviar y champagne, y ostras y Campari con Perrier en fino cristal de Bohemia con talla catalana.
Marcel Marceau, con su habitual atuendo, explicó desde guardarropía, con sus gráciles y precisos gestos que sólo faltaban 5 minutos para que empezase el espectáculo; los invitados podían pasar ya al foyer.
En la inmensidad de la sala en penumbra destacaba en el centro un bulto cubierto por una sábana blanca iluminada por un cañón de luz. Charlot, Pamplinas y Mr. Bean capitaneados por Bip surgieron de entre las sombras y retiraron la sábana donde descubrieron un vagabundo borracho inconsciente. El hedor de su cuerpo y de sus ropas se hizo manifiesto incluso para las últimas filas de los asistentes. Olía a sudor ácido, a sudor húmedo, a sudor viejo... como una mezcla entre mantequilla rancia, jabón corrompido y limón descompuesto.
Los mimos lo desnudaron, y un nuevo foco les indicó el camino para meterlo en un enorme barreño de acero galvanizado. Entre sus habituales pantomimas fueron aseándolo para el regocijo de los asistentes, que no disimulaban la comida a medio masticar de sus bocas mientras reían. Sus ropas fueron quemadas mientras tanto y reducidas a cenizas. Toda esa inmundicia resurgió de las aguas como un bello cuerpo de piel tersa y pliegues orondos. A la orden de Bip, Charlot sacó su bastón de sus pantalones y lo estampó contra el renacido vagabundo con tal fuerza y virulencia que no se tardó en vislumbrar como la sangre fluía por su piel. Mister Bean lo sostenía mientras Pamplinas, con un enoooooorme cuchillo de matarife fue despellejando aún en vida ese cuerpo que se tornó de un intenso color rojo, como las vetas blancas de la lutita calcárea negra del suelo de la sala. El disperso fluido vital de aquel desgraciado quedó registrado para la posteridad en infinidad de fotografías mentales realizadas por los asistentes, a quienes parecía que los globos oculares se les saliesen de sus órbitas como zooms de cámaras fotográficas.
     Nueve esbeltos jóvenes alados travestidos con lencería negra y zapatos rojos de tacón infinito descendieron del anfiteatro para recitar un epitafio al unísono: “la tragedia y la comedia, fundidas un uno, no pueden ser más que el drama, que gira y gira cada vez más rápido en el carrusel de este mundo hasta la eternidad. A dios gracias".
     Adiós, gracias.

*Estrofa del poema de Javier Corcobado “Ritmo en la ciudad”

martes, 19 de julio de 2011

JUSTO AL AMANECER

Mientras la hoja del cuchillo seccionaba la vena carótida su mente bloqueó el dolor para empezar a evocar recuerdos de infancia que creía olvidados. Al escuchar como su sangre salpicaba el barreño de acero galvanizado que la recogía, le pareció que sonaba igual que su bañera cuando caía el agua de la ducha escuchada, envuelto entre las sábanas, en la habitación de al lado. Consiguió abrir apenas los ojos, sin duda por los efectos relajantes de todo el alcohol que había tomado esa misma noche, y clavar su mirada sobre la densa espuma que las burbujas de la sangre formaban sobre la superficie púrpura... Recordó como esa misma vena ahora cercenada que no paraba de manar al ritmo de los latidos del pulso hubo un tiempo en el que lo hizo contra el busto de la mujer que le amamantara; también recordó cómo se le aceleraba cuando le besaba aquella chica de ojos grises y saltones con la que disfrutó del sexo por primera vez; y también, cómo no, se le hinchaba cada vez que su equipo marcaba un gol, o discutía con su mejor amigo de política. Recordó cómo descubrió el instante preciso en el que murió su padre cuando su vena dejó de pulsar tras una serie numérica real infinita y  simple de segundos: dos..tres...cuatro....cinco.....seis.............................................................................................................................Recordó que el seis era su número de la suerte, la terminación con la que siempre le gustó jugar toda la vida a los cupones...
     El primer rayo de luz saltó el horizonte para peinarle los párpados e introducirse de lleno en el centro del iris con una precisión matemática, nanométrica, microquirúrgica. Ni tan siquiera ladeó la cabeza para evitar que el rayo penetrase hasta el nervio óptico y lo cegase; comprendió entonces que nunca más olvidaría ese amanecer. Pensó que en el otro mundo no se perdería la memoria. Bueno, eso estaba a punto de comprobarlo y salir de dudas para siempre. Lo que sí tuvo claro es que nunca más volvería a celebrar una noche de San Juan porque su cuerpo empezaría pronto a deteriorarse hasta pudrirse. Un escalofrío le recorrió por toda la espina dorsal cuando la imagen de su cuerpo desmembrado se le apareció de golpe... ¡Pobre!, no pudo imaginarse que eso era lo mejor que le podría haber pasado, pero no fue así.

viernes, 24 de junio de 2011

ANTES QUE AMANEZCA


     La noche de San Juan un ejército de cuerpos semidesnudos invade la playa, esa misma playa que permanece las trescientas sesenta y cuatro noches restantes vacía para mí. Es la única noche del año en la que tengo que renunciar a mi placentero paseo nocturno porque las masas de gente descontroladas invasoras beben, gritan, saltan por encima del fuego, se mojan los pies, prometen las mismas cosas que el primero de enero –si en seis meses no las han cumplido, difícil será que las cumplan en los seis siguientes- y violan el sagrado rumor de las olas con potentes vomitorios de ruidos con que poder contonearse al son de un vaso con alcohol en la mano.
      La noche de San Juan me dedico, toda la noche, a leer con tapones en los oídos el mejor libro que se pueda leer, para esa noche, hasta las tres y media, hora y media antes que amanezca, en pleno conticinio. A esa hora observo por la ventana el devastador nocturama que las hordas salvajes han dejado a su paso, me pongo mi gorra, mi guerrera, tomo mi bastón... y salgo.
      La noche de San Juan recojo la basura que las hordas bárbaras dejan olvidada, bien por egoísmo, bien por falta de educación. Recojo los despojos que dejan atrás durmiendo borrachos, o inconscientes por el coma etílico, con esa  dudosa buena intención de recogerlos a la mañana siguiente. Con el bastón voy tanteando sus cuerpos inertes. La mayoría, al verme, se asustan e intentan levantarse como pueden y se van haciendo eses, algunos me dan las gracias, me dicen que soy un buen guardia y hasta quieren darme un besito con ese aliento de alcohol mezclado con vómito. Hasta que me tropiezo con algún cuerpo con tal cantidad de alcohol en su interior que le impide tan siquiera gemir cuando le toco con el bastón. Lo recojo y me llevo uno de esos cuerpos a mi casa, lo degüello en solemne silencio -ni se enteran los pobres- procurando que la sangre no se pierda, les chamusco bien el pelo, lo destripo, lo troceo y algunas partes hasta las deshueso y las pico; con las tripas limpias hago embutidos para todo el año; sazono algunas carnes y otras las congelo; de los huesos salen caldos para cocido muy sabrosos; la sangre con cebolla, tomate y orégano la reservo para los partidos oficiales de la selección o las finales de tenis. El alcohol la deja mucho más tierna y le da un punto de sabor que la aleja del pollo y la acerca al cerdo. Tengo carne para todo el año... hasta la siguiente noche de San Juan.

miércoles, 4 de mayo de 2011

ÚLTIMO RECUERDO.

   "El mar. La mar. El mar. ¡Sólo la mar! Cómo me distrae mirar el mar, como me apacigua mirar el mar, tanto como mirar el fuego. Tienen algo mágico las olas del mar, un no se qué, como las llamas del fuego; y el monte, qué bonito el monte. ¿Hay algo más bonito que ver el monte rugiendo por el crepitar de las llamas del fuego y sus moradores huyendo como antorchas animadas? ¡Claro que sí!, el mar sembrado con los viajeros de un ferry flotando boca abajo balanceándose al son de las olas, como un pautado vals del canadiense que no sabe reír, mientras son devorados por las bestias del mar, la mar, el mar, sólo la mar...El tiempo nos descubre como la madurez estrangula la belleza, sin prisa, sin pausa, sin piedad, sin perdón, sin MI perdón. Yo soy el brazo ejecutor de dios, soy el mar, soy el fuego, soy el aire, soy la tierra; los cuatro elementos me deben obediencia porque soy el elegido, el que dicta el castigo de todos los pecadores que se aparten de la senda y después de mi tormento, mía será la venganza. Mataré a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos y a vosotros os dejaré con vida para que veáis como vuestras mujeres estériles nunca más puedan engendrar y así sumiros en la más profunda desesperación por el resto de vuestras vidas y acabéis de rodillas ante mi suplicando...¿Queréis que me arrepienta? No, no veréis caer ninguna lágrima de mi rostro, ni tampoco que se me quiebre la voz. Todos seremos juzgados tarde o temprano, y mi hora es esta, ha llegado, encomendad vuestras almas a dios, o al mar, la mar, el mar, sólo la mar..."

   El sacerdote salió de la cámara, el alcaide asintió con la cabeza, y un intenso olor a carne quemada invadió la sala. Que los olores no se recuerdan...¡Menuda sandez!