"El mar. La mar. El mar. ¡Sólo la mar! Cómo me distrae mirar el mar, como me apacigua mirar el mar, tanto como mirar el fuego. Tienen algo mágico las olas del mar, un no se qué, como las llamas del fuego; y el monte, qué bonito el monte. ¿Hay algo más bonito que ver el monte rugiendo por el crepitar de las llamas del fuego y sus moradores huyendo como antorchas animadas? ¡Claro que sí!, el mar sembrado con los viajeros de un ferry flotando boca abajo balanceándose al son de las olas, como un pautado vals del canadiense que no sabe reír, mientras son devorados por las bestias del mar, la mar, el mar, sólo la mar...El tiempo nos descubre como la madurez estrangula la belleza, sin prisa, sin pausa, sin piedad, sin perdón, sin MI perdón. Yo soy el brazo ejecutor de dios, soy el mar, soy el fuego, soy el aire, soy la tierra; los cuatro elementos me deben obediencia porque soy el elegido, el que dicta el castigo de todos los pecadores que se aparten de la senda y después de mi tormento, mía será la venganza. Mataré a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos y a vosotros os dejaré con vida para que veáis como vuestras mujeres estériles nunca más puedan engendrar y así sumiros en la más profunda desesperación por el resto de vuestras vidas y acabéis de rodillas ante mi suplicando...¿Queréis que me arrepienta? No, no veréis caer ninguna lágrima de mi rostro, ni tampoco que se me quiebre la voz. Todos seremos juzgados tarde o temprano, y mi hora es esta, ha llegado, encomendad vuestras almas a dios, o al mar, la mar, el mar, sólo la mar..."
El sacerdote salió de la cámara, el alcaide asintió con la cabeza, y un intenso olor a carne quemada invadió la sala. Que los olores no se recuerdan...¡Menuda sandez!