Ella me envió un mensaje. Aseguraba que era él. El tipo de la cola del DNI. El día que lo conoció, sintió una corazonada. No pudo quedarse con sus datos y le perdió la pista.
Y hoy, casualmente, coincidía con él en un café.
Leocadia, discretamente, le siguió, por las callejuelas del centro y finalmente paró en el Círculo de Bellas Artes. Me apresuré a reunirme con ella. Mi amiga tenía buen ojo y no quería dejar pasar esta oportunidad. Llegué sin resuello y me coloqué al fondo. Se percató de mi presencia y con un gesto señaló al hombre.
En ese momento, él tomó la palabra y comenzó a hablar. Parecía la presentación de…no sé, tal vez un vino…Yo no presté demasiada atención a lo que decía. En cambio, sí me fijaba en lo que me interesaba. Buena complexión, parecía ágil y con un aire…un poco canalla. Un toque de peluquería sería suficiente.
Mi amiga y yo nos miramos y sonreímos. Serviría. Llevábamos mucho tiempo planeando aquel golpe. Y ahora, con él, nada podía fallar.
Al acabar el acto, me levanté y le guiñe un ojo a Leocadia. Era su turno.
A la mañana siguiente, un sms: ¡Es nuestro!



