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jueves, 26 de septiembre de 2013

RUPTURA


Con este amargor tan extraño que me sube desde las vísceras hasta la boca del estómago, le digo que ya no puedo más. Noto cómo la bilis se remueve en mi interior y el miedo atenaza mi garganta. Siento náuseas. No puedo más y él se ríe a carcajadas mientras me va empujando hacia la cocina. El vómito asciende hasta  mi boca  con el tiempo justo de llegar al fregadero. Son ásperos momentos en los que se me aparece, como en una nebulosa, toda nuestra vida en común,  que no quiero que siga siendo la mía.  Ya no me reconozco y él es un desconocido para mí.

lunes, 23 de septiembre de 2013

La risa puede ser peligrosa (1)






Este gordo ocupa mucho lugar. No sé qué voy a hacer con su cadáver. Ni siquiera sé si podré moverlo. Comprendo que me precipité al dispararle, pero sin embargo no me arrepiento de ello. Esa inmunda bola de sebo estaba trompa, vomitó sobre mis Ferragamo y luego comenzó a burlarse. Creo que fue precisamente su risa histérica la que hizo que algunos cables se cruzasen en el interior de mi cabeza;  me recordó a mi padre cuando era niña y, después de revisar mis calificaciones escolares, se tronchaba a carcajadas para terminar diciendo: “nunca llegarás a nada, querida”.


(1) Microrrelato presentado al Concurso “Relatos en Cadena”, de la Cadena Ser. Era imprescindible que el relato comenzase con la frase “Este gordo ocupa mucho lugar” y tuviese, como máximo, 100 palabras

Ira acunada



Que impotencia la vuelta atrás, regresar, desperdiciar el camino, anegado por hologramas de indescifrables significados, que emergen empecinados en el barro de las arenas movedizas donde se hunden los sueños. La dicha queda lejana, se mostró plena, magnánimamente se colaba por rincones, inundando los resquicios, adhiriéndose a los átomos: neutrones y neutrinos le cedían el mejor sitio. Pero retorna, incomprensiblemente, su malsano alimento, la rabia acompañada de saña, revestida con venganza, la ira que todo lo arrasa, la ira niña mimada, la ira, iracundamente mecida, sobrevuela la manada, cebándose en los más mansos, cuando ha sido transportada por los temperamentales que no dudan en expulsarla si no pueden transformarla.