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martes, 28 de agosto de 2012

GANGSTERS

Sólo hizo falta un disparo. No soy caro por casualidad. Los buenos profesionales no podemos —no debemos— fallar. En estos tiempos de crisis que corren, la competencia es, más que fuerte, salvaje; y los trabajos pulcros se pagan muy bien.
     Yo prefiero apuntar al corazón porque no mueren enseguida... tardan unos segundos... necesarios, a mi entender, para que se pongan al día con el ser superior en el que crean y, de paso, para que piensen qué les ha llevado hasta esa situación. No es necesario ser cruel, para eso ya están otros sindicatos.
En cuanto al desorden de la habitación, las huellas de los tacones sobre la moqueta y embutirme en un vestido ceñido; todo eso es para la pasma. Si no les das algo con qué entretenerse se ponen muy nerviosos, y cuando los polis se ponen nerviosos son de gatillo fácil y pueden acabar disparando sobre alguien inocente, o descubriéndote por casualidad, que también se ha dado el caso. Así que las pistas llevarán a la Policía donde yo quiera, es decir, a un callejón sin salida, a otro caso sin resolver; y a mí, a por un nuevo cliente.

APOSTILLAS A “ENTREVISTA CON LADY LOOT” (Dedicado a Manuel Vicent)

IV

Sentado frente a ella como yo lo estaba, y apartando un instante mi mirada de la suya mientras ella hacía lo mismo para mover la cucharilla con la que endulzar su taza de café, pude fijarme en un detalle: sus zapatos, unos magníficos ejemplares de igual nombre vulgarizado a quien les habla, estaban usados y desgastados, señal de que aquella mujer no era de las que cambiaba con facilidad si se encontraba a gusto con algo o alguien; y muy limpios, luego pulcra.
También pude observar que las suelas de aquellos zapatos estaban, más que limpias, nuevas, o mejor dicho: ¡no estaban desgastadas! Aquello no podían ser medias suelas, no en la mujer más rica de aquel país... Esos zapatos eran los de una mujer que no caminaba por la calle, sino por alfombras y moquetas de salas de reuniones y despachos presidenciales. Estábamos en una sala privada del hotel —SU hotel— más importante de la ciudad, y había venido en un coche oficial —mandado por el Presidente— recogida desde las puertas de un Jet —SU Jet— privado.
En cierto modo me dió un poco de lástima, ya que sí, era rica, y poderosa, pero no caminaba por las calles. Mis pensamientos, o la torpeza de mi cuerpo, golpeó la mesita y tiró el servicio de café que nos habían traído. Me supo mal haber derramado el poco café que quedaba porque manché la moqueta, pero ella me sorprendió de nuevo, ahora con su comentario: “No se preocupe, estaba harta de ese color”.

GIGOLÓ

Léase la j como r francesa (o alemana, que al caso viene a ser lo mismo)

—¿Cjisis? ¿Me has hecho venij paja hablajme de la cjisis? ¿Cuatjo mil kilómetjos paja esto? ¡Mija Majiano, que te den!
—¡Pero Ánguela, mi churri, no me dejesh shólo, que me hundo! ¡Neceshito tu calor, tu comprenshión y tu shoshtén!... (Por Diosh, qué carácter tiene eshta mujer)
—Yo cjeía que me quejías y veo que sólo quiejes mi dinejo...
···
Esta vez el portazo sí que sonó a punto y final.
...
—¿Michel? ¡Hola, shoy Mariano! Dishculpa que te llame a eshtash horash por teléfono, ya shé que shon lash tresh A.M. in Washington D.C., pero esh que neceshito que me hagash un favor, eshtimada mía...

lunes, 20 de agosto de 2012

ESPETONES, SAL Y LAVANDA

El aroma de los espetones asándose en la playa se mezclaba con el que sacaba la brisa del propio mar y con la esencia de lavanda que usaba Rosita para lavarse. La caricia del aroma la decidía el caprichoso deseo del Gregal que a veces jugaba a ser Jiloque. Pescadito y yo estábamos tan a gusto dormitando; yo sobre la hamaca, él sobre mi estómago, que era el único que parecía estar inquieto... No sé si fue él o el gato quien produjo aquel leve rugido.
     El último bostezo del sol dibujaba la silueta desnuda de aquella mujer encerrada en ese vestido de lino y cuerpo de niña que, con su pamela, intentaba molestarnos entre risas. Pescadito tuvo mucha menos paciencia que yo, y saltó con la intención de realizar una incursión donde los espetones. Rosita me susurró algo incomprensible en el oído —digo lo de incomprensible por la diferencia cultural entre ambos— y, al volverse hacia la casa, el caprichoso deseo del Gregal jugando a ser Jiloque me levantó su vestido para confirmarme la desnudez, la tesura y la juventud insultante de su cuerpo.
     Estuvimos toda la noche abusando de nuestros cuerpos; hasta que, el primer rayo del sol que iluminara la habitación, me recordó mi rutina. Creo que ella se hacía la dormida. Me vestí, dejé el dinero bajo el tapete de hilo, me despedí de Pescadito que retozaba panza arriba junto a los espetones carbonizados y el barco zarpó hacia Surabaya.

martes, 31 de julio de 2012

DEUXIÈME GYMNOPÈDIE


Joaquín Sorolla - La bata rosa (1916)

La luz que se filtra entre las rendijas del cañizo es asombrosa. Convierte los trapos de Rosiues en el perfecto vestido de novia. Claro que la tata Amparo ha hecho mucho para que las telas raídas por los ratones —o roídas por el tiempo, quién sabe— luzcan como merece su sobrina, pero aquella tarde de Poniente de julio, el sol ofrece su paleta de colores más generosa; sus rayos le dan a la víspera el esplendor que “Palleta” será incapaz de darle a su hija el domingo, no por gusto... Lent-et-triste.
     Entre puntadas y desbastes el rumor de las olas trae aromas a salitre y voces de marineros avisando que los barcos arriban llenos de mabres, mólleras y jureles. Sento está eufórico, no sólo por el número de capturas, sino por su próxima boda. Seguro que el viejo Voro le ha insinuado que su esposa irá vestida de rosa. Los aceites de las capturas ya atracadas se mezclan con la esencia de aguarrás y las acuarelas... Vaya, esa nota se me ha ido. Lent-et-triste, Lent-et-triste.
—Mal, mal, mal y trescientas mil veces, mal. Hay que empezar de nuevo. No puedes usar como blanco el propio lienzo. Si quieres mostrar el blanco, píntalo, úsalo puro. —Dice el Maestro con grandes aspavientos. El alumno, con obediente veneración, toma el pincel y lo llena de color blanco, no muy espeso, como la espuma de las olas al romper en la orilla y pensando en el otro maestro, el sordo, el de Zaragoza, el que sí dejaba trozos de lienzo por pintar como parte del lenguaje del color. El agua de azahar y el aroma a jazmín de las telas donde Rosiues y la tata hacen la última prueba, vuelve a meterlo en el lienzo y una tenue alfombra de arena se ha empeñado en cruzar la estancia...
     Paso la hoja de la partitura que me acaban de traer de Paris: À Charles Levadé. Troisieme Gymnopèdie, Eric Satie.

lunes, 23 de julio de 2012

UNA ESTAMPA -O RETRATO- DE VERANO

Divertir, no entretener; que para eso está la televisión. Estaba reflexionando sobre los elementos naturales, cotidianos y cercanos, que pudieran servir para entretenerse en aquel verano de mes de junio infame, de julio de juzgado de guardia y más que probable agosto penitenciario, cuando la melodía de fondo que bostezaba el transistor empezó a hacerse más notable en el ambiente:

"El azul del mar inunda mis ojos,

El aroma de las flores me envuelve,

Contra las rocas se estrellan mis enojos,

Y así toda esperanza me devuelve..."

El paso de nubes con forma de islas; las olas rompiendo en la orilla con agonía las unas, con fuerza las otras, pero todas muriendo cuando tocan la arena; el desfile infinito de carnes trémulas embutidas en pieles soasadas; Coppini convirtiéndose en maricón de playa y esa sensación de plenitud pulmonar que sólo el salitre del mar puede aportar a un adicto al tabaco.

Me hubiera gustado contar que sus miradas se enzarzaron en un eterno abrazo de deseo en el instante que se cruzó con la morena de los ojos verdes cuando paseaba por la orilla del mar, pero no fue así —¿qué no tenía los ojos verdes? Vete tú a saber en qué se estaría fijando para no recordar sus ojos—.

O que salvó el flotador —pegote de plástico transformado en foca amarilla— del niño cabezón que se dedicaba a espolvorear de arena a todos los que estaban a su alrededor; de las corrientes marinas, pero creo que no sabe nadar. Aunque hubiera sabido nunca se mete de cuerpo entero en un agua que no tenga treinta grados exactos de temperatura, y la de aquel día estaba a veintiocho así que, ¡chaval!, dile a tu papá que vaya rascándose la billetera para comprarte otro... ¿que no tienes papá? Nada, nada, para Navidades le pides uno a los Reyes Magos.

No, no, espera, espera... Os diría que sacó la guitarra y, junto con otros dos músicos espontáneos con una nevera portátil como cajón de ritmos y una botella de Bezoya como instrumento de viento montaron un sarao —el sarao del verano— donde todo el mundo bailaba y cantaba canciones de Camela y de Luís Aguilé, pero no, no fue así porque no tenía guitarra, y aunque la tuviera no la tocaría porque no tenía oído, l-i-t-e-r-a-l-m-e-n-t-e no tenía oído, ni oreja, se la llevó un perro cuando era niño, y con ella el sentido del ritmo.

     Ahora bien, lo que sí puedo contar es que el verano, ante todo, existe para mantener una reflexión constante, es decir, para tener un eterno diálogo con el otro, con el eterno femenino, el mismo que te saluda todas las mañanas cuando te miras en el espejo. En ese eterno diálogo especular —de efímera vanidad— tratamos de entretenernos, de divertirnos y, por consiguiente, de entretener y divertir a todos los demás. El problema está en saber cristalizarlo en una legible, cuidada y perfecta escritura, ¡cómo no!... Un retrato del “dolce fare niente” en verano.

viernes, 6 de julio de 2012

EL OBJETO INEXISTENTE (Amores objetos y VI)

El día de su presentación fue recordada, sobre todo, por su ausencia. Pero no sería del todo exacto —ni justo— limitarse a decir que no se hallaba.
     A quien se le pregunte afirmará que sí, que la vio, que estaba allí, como todas las demás, presidiendo la reunión. Ahora bien, significativo fue que nadie coincidiera en su descripción... Lo cierto es que el anfitrión jamás reconoció su presencia, incluso negó —como Pedro— su existencia. Tan sólo esa diminuta prueba de Shiraz en la pechera delató la paradójica presencia de su ausencia o, si lo prefieren, de su inexistencia.

martes, 3 de julio de 2012

DELGADA Y DELICADA (Amores objetos III)

Siempre fuiste delgada y delicada y, salvo una sola vez, jamás tuvimos un desencuentro. Jamás olvidaré ni dejaré de agradecerte lo suficiente, que fueses tú la primera con la que descubrí la grandeza y el poder del esfuerzo desmedido. Sí, es cierto: íbamos con otros, pero cada cual con su penitencia a cuestas. Valles, montañas, sol, lluvia, nuestro querido enemigo el viento, todo eran obstáculos que sorteamos una y otra vez, durante tantos años, yo sobre ti asiéndote con fuerza y cabalgando sin tregua hasta alcanzar la meta, el fin de nuestra relación: la superación.
     Ahora yaces aquí, colgada como un trofeo, esperando que vuelva a tomarte entre mis manos, entre mis muslos, acariciándote con mis pies y, sobre todo, que pierda un poco de sobrepeso... sabes que no podríamos resistirlo ninguno de los dos.

LA EXTENSIÓN DE MI MANO IZQUIERDA (Amores objetos II)

Habéis tomado mil formas, algunas diabólicas de verdad, pero a pesar de vuestro aspecto, de vuestra apariencia renovada, seguís siendo mis mejores aliados para plasmar negro sobre blanco todo aquello que somos capaz de imaginar.
     Con vosotros no sólo aprendí a escribir, también la tabla de multiplicar; más tarde a dibujar —o como decía un antiguo profesor: a expresarme con todo lujo de detalles—; con la serie H (del 2 al 8) para encajar, la serie HB para definir y la B (también del 2 al 8) para dar volumen y sombrear. El color lo trajo Alpino —seis, no hacían falta más— y Carioca, aunque nunca fui partidario de aquellos tampones empapados en tintas chinas y alcohol. Más tarde llegaron los alemanes, holandeses e ingleses con sus millares de colores y centenares de tonalidades, acuareables, de grafitos grasos (pasteles) y las quiméricas combinaciones imposibles que tanto agradaban a nuestro gusto juvenil, todavía ineducado e inadecuado, insolente la mayoría de las veces.
Luego llegaron los eternos años atroces y cambiamos la madera de cedro por artilugios de precisión casi quirúrgica, de minas de delgadez infinitesimal —verdaderos cabellos incombustibles por recargables, hasta que llegó él, el monstruo vestido de adonis, el implacable, el atroz... y acabasteis en una lata de comida precocinada reutilizada como “plumier” algunos; porque al resto os enterré en una caja metálica de galletas de mantequilla bretona (la caja, las galletas y la mantequilla). No fue justo, pero sí necesario.
     Os confesaré que todavía albergo la esperanza de acabar mis días con vosotros entre mis dedos, rodeado por ese aroma a viruta fresca que desprendéis cuando se os saca punta; o para volver a aprender la tabla del siete... si fuese necesario.

A PESAR DE LAS MODAS (Amores objetos I)


Eres a quien primero veo todas las mañanas, en la mesita de noche, incluso antes de que encienda la luz ya estás sobre mí. Contigo todo está mucho más claro, todo es como tiene que ser: las montañas son azules; el mar, verde; y los árboles, rojos.
     Alguien dirá que hasta que no se toma el primer o segundo café no ve el mundo claro, pero yo, desde hace bastantes años, consigo ver gracias a ti, no más, pero sí mejor.
    Hemos avanzado mucho juntos, a pesar de los comentarios a nuestras espaldas, a pesar de modas ajenas que vienen y van, a pesar de nuestro aspecto, como para dejarte de lado... Somos animales de costumbres, de costumbres propias y, para serte sincero, creo que este sigue siendo el principio de una larga amistad.


jueves, 28 de junio de 2012

CUBISMOS

Cuando Pablo lamió la mermelada de fresa de la hoja del cuchillo, vio la mitad del rostro de Fernande reflejado sobre el perfil de aquel objeto de acero. Entonces supo que la simultaneidad de los puntos de vista era posible plasmarlos al unísono en un mismo papel. Terminó su desayuno en aquella bohardilla de mala muerte e inició un nuevo boceto.
La otra mitad del rostro de Fernande se reflejó en la manija de bronce de la puerta abierta y no miró atrás. No hubo portazo; desde hacía tiempo sabía que ese momento llegaría y que no podría  seguir formando parte de aquel proyecto... Y de su vida tampoco.

viernes, 22 de junio de 2012

EN LA HABITACIÓN DEL HOTEL

En la habitación del hotel, Ella* llora su ausencia porque:
1-      No ha venido.
2-      Se ha ido para siempre.
3-      Ella no ha ido a su encuentro.
En cualquiera de los tres casos el Destino le ha jugado una mala pasada porque:
1-      Ha sufrido un accidente en su coche.
2-      Su pasado le atormenta.
3-      La Policía está acordonando el edificio.
En cualquiera de los tres casos el Destino estaba mirando para otro lado porque:
1-      Los frenos fueron saboteados.
2-      Confirmó su sospecha.
3-      Su nota le delató.
En cualquiera de los tres casos el Destino tiene el capricho de enlazar las historias a su antojo.

* Como Ella Fitzgerald.

jueves, 21 de junio de 2012

EL JARDÍN DEL OLVIDO

En el jardín del olvido deambulan los recuerdos como ánimas penitentes. Unos van quedando atrapados entre los setos, otros ocultos tras los árboles. A veces, mientras paseas, pisas alguno que, de un brinco, surge del césped, asustado. Pero todos se muestran esquivos por ser y estar olvidados.

martes, 19 de junio de 2012

LA VERGÜENZA

Cuando te cruzabas con algo o alguien que no te gustaba, hacías como el avestruz, escondías la cabeza. La mitad del pueblo te tomaba por un idiota, y la otra mitad por un gallina. Sólo los que coincidimos contigo en el colegio sabíamos que no eras un cobarde. En el recreo siempre salías en defensa del débil, del oprimido aunque, a veces, te llevaras las gracias en forma de ojo morado o de labio partido.
La última vez que nos cruzamos, paseando por el parque, nos saludaste con tu sombrero y continuaste tu camino. Para nosotros fue todo un honor, aunque alguien sugiriera que no nos habías reconocido. Pero tu mirada clavada en la mía, durante un instante, me dijo lo contrario.
Ahora somos nosotros los que giramos la cabeza, o apartamos la mirada, o tan solo despistamos cuando nos cruzamos con algún  indeseable. Hemos aprendido que la vergüenza y el desprecio van unidos de la mano.

viernes, 15 de junio de 2012

miércoles, 13 de junio de 2012

EL ORIGEN DEL MUNDO

El retrato había sido encargado hacía cien días y en la fecha estipulada, recogido, pagado y traído a palacio por un sirviente de suma confianza.
     Su nuevo dueño ordenó colgarlo en la sala preparada en exclusiva para él: una habitación sin ventanas, con suelo de lutita y paredes tapizadas de velludo negro; un único punto de luz cenital tamizada por una fina celosía de tracería de ébano se filtraba hasta dos metros justos delante del cuadro, para rebotar en un círculo de alabastro presidido por un Chesterfield blanco desde donde se iluminaba... el origen del mundo.
No era un simple santuario de Onán, se trataba de El Santuario... el lugar donde todas las crisis de Estado serían superadas, donde todas las intrigas de palacio se disiparían, donde el tiempo y el espacio dejarían de tener valor, donde la mirada de Alá sería cómplice. Nada en absoluto debía –de hecho ni podía- distraer la atención del motivo central del cuadro, ni tan siquiera la propia modelo... desmembrada, decapitada, desprovista de cualquier protagonismo, presente y ausente a la vez, anónima.
Allí dentro sólo las horas serían sus únicas compañeras... las horas y la luz. La misma luz tamizada del sol que dibujaría sobre la desnudez de su piel mefítica y corrompida tatuajes efímeros que disimularan, al menos mientras estuviese frente al cuadro, el verdadero aspecto de su cuerpo. Ese enorme trozo de carne que arrastraba y del que, durante la edad vigorosa, abusara tanto –como también hiciera con tantos otros trozos de carne-.
Ahora, sólo abusaría del suyo, no necesitaba más. Tan solo fijar la mirada sobre el cuadro... y leerlo.

EN UN MURO DE LAMENTOS, CABE EL CEMENTERIO

En la entrada de la ermita, cabe el cementerio, el confesor es una piedra más de un muro de lamentos que se adhieren y, con el tiempo, lo penetran hasta degradarlo por un exceso de carga –o de culpa, lo que ustedes prefieran-. Como las piedras expulsan el exceso de sales en forma de eflorescencias[1] así tiene el muro-contenedor-de-lamentos que aliviar su saturación de culpas absorbidas y por ello, las máculas blancas, aunque no se vean en su sotana, empiezan a adivinarse en su fe cada vez que abre la boca.
     Los penitentes, por su parte, se suceden en un incesante y eterno goteo que, sin prisa pero sin pausa, erosiona su voluntad cincelada a fuerza de cilicios y mortificaciones hasta moldearla según las leyes racionales de la física –o de la naturaleza, que viene a ser lo mismo-. Hasta que la piedra del muro no pueda más que mostrar su desprecio porque ellos, pobres pecadores, autómatas de la culpa, son presa de sus debilidades que repiten una y otra vez... Él, por su parte, autoproclamado daño colateral del pulso eterno entre el bien y el mal empieza a sospechar que no es más que un pelele de la superstición institucionalizada –¡Ah!... ¿que se dice religión?-. Pues eso, que empieza a sospechar que no es más que un pelele de la religión.


[1] Mancha blanquecina que surge en algunas piedras y ladrillos, en presencia de aguas fuertes (con exceso de cal).


domingo, 10 de junio de 2012

MUCHAS VECES SE DEJA ZARANDEAR POR EL VIENTO

Muchas veces se deja zarandear por el viento, pero otras hace lo que le viene en gana. Sé que nadie me va a creer, pero yo lo veo todas las mañanas cuando abro mi ventana. Unas veces apunta donde toca pero, al parecer, se aburre mucho y puesto que ya nadie le hace caso —atrás quedaron los días en los que señalar la dirección del viento tenía su utilidad—, la mayor parte de los días se dedica a posar con su mejor perfil para los turistas japoneses. Es bastante presumido, ¿saben?
"El giraldillo", remate de la torre que toma su mismo nombre. En Sevilla, claro.

miércoles, 6 de junio de 2012

SURRÉALISME MONTMARTROIS

La ciudad se ha levantado difuminada.
     Ella se acerca como sólo las niñas bien educadas saben hacerlo.
     Él, también educado, le brinda su paraguas mientras sus dedos, aún en el bolsillo, se apresuran en ofrecerle los caramelos.
     Ella los mira de reojo, pero con apetencia.
     El pintor no lo ve nada claro, no señor, nada claro... ¡La luz cambia tanto que resulta frustrante!
   Monsieur le gendarme se transubstancia en una farola apagada y silente.

martes, 5 de junio de 2012

ABSURDO

Robert Doisneau: Maurice Baquet (1957)
Absurdo. No entiendo a estos nuevos artistas de la inmediatez, ni a este falso adorador de la naturalidad ficticia. ¿Acaso cree que nadie se va a dar cuenta de que mi presencia es forzada?, ¿que no se puede pintar bajo la lluvia? ¿Todo este montaje para equilibrar la composición?
     Hace frío, estoy calado hasta los huesos y no sé si merece la pena hacer esto por una amistad y mucho menos por diez francos. El tiempo de la pintura ya pasó, Montmartre hace tiempo que cambió el lienzo por el papel couché.
     Mañana mismo vendo el atril, los bastidores, los pinceles y las pinturas y me voy derecho a Montparnasse a subirme en el primer tren que salga para la frontera... ahora debe ser la temporada de la aceituna en Bujalance... El sol, echo de menos el sol.