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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Sofrito


El aroma a cebolla frita, pimiento y tomate natural, el sonido de aquel bolero en la vieja radio, la luz del medio día colándose por la ventana...le atrajeron hasta la cocina. Se apoyó en el marco de la puerta y la observó trajinar mientras murmuraba al compás de la música. El olor del sofrito y su leve "Chopchop" desde la sartén le recordaban que aquel amor seguía vivo, que ella seguía viva. Se acercó sin hacer ruido y le rodeó la cintura con los brazos, ella sonrió sin poder evitar que el vello de su piel se erizase con aquel contacto y se giró lentamente alzando los brazos al aire.

Así estuvieron largo rato, abrazados, meciéndose el uno con el otro, con el vaivén de la música.

Unos segundo después, el bolero terminó, el sofrito se quemó y ella contuvo lágrimas ahogadas por no volverle a ver.

domingo, 9 de junio de 2013

Bicicleta y manta.


Se imaginaba viviendo cada una de aquellas vidas. Cada mañana, cuando el sol salía entre las montañas, con ese leve resplandor que invitaba a despertar, ella cogía su bicicleta y una manta, se colocaba la pamela y el libro de turno bajo el brazo. Todos los días practicaba aquel ritual que se había convertido para ella en un pequeño salvavidas. Llegaba al que ella ya consideraba "su lugar", bajo aquel pino y sobre la fresca hierba que todavía conservaba el rocío de la noche. Extendía la manta y se acostaba observando el cielo. El olor del monte llenaba sus pulmones y le arrancaba una leve sonrisa. Tomó el libro y lo abrió por la página que tenía la esquina doblada, "Sueño de una noche de verano", muy apropiado para su mundo de ensueño.

miércoles, 5 de junio de 2013

El último tren.



Lanzó una última mirada fugaz y giró la esquina. El “Adiós” se quedó en un susurro quebrado que se llevó el viento, aquel viento invernal que no terminaba de marcharse pese a que ya florecían las primeras margaritas. Sabía que la buscarían, y quizás entonces tendría que brotar de sus labios aquel “Adiós” tan temido y doloroso. Mientras tanto, ella pensaría en la vida que siempre deseó tener, aquella vida que le arrebataron el día que la vistieron de blanco.

Miró el reloj y corrió calle abajo, hacia la estación de tren. Allí estaba ella. Le pareció la mujer más bella del mundo. Sonrieron al verse y subieron al tren, el último de aquel día. ¿Destino? No le importaba si estaba junto a ella. Se acurrucaron contra el asiento mientras comenzaba el leve movimiento de arranque.
- Adiós – Susurró.

miércoles, 8 de mayo de 2013

El reflejo



Se despertó a media noche, después de volver a soñar con ella una vez más. Se sentó sobre la cama y apoyó los codos en las rodillas mientras con las manos sujetaba su cabeza. Le daba vueltas toda la habitación. Encendió la vela que tenía sobre la mesita de noche, hacía mucho que le habían cortado la luz eléctrica y nunca se molestó en intentar recuperarla. Aquel abandono era el castigo que se afligía cada día desde que ella se marchó. Resopló y se levantó de la cama, se observó una vez más en aquel espejo viejo que ella compró un día en el rastro, dijo que lo restauraría pero nunca llegó a hacerlo y él lo conservaba de manera recelosa. Por el día lo cubría con una manta y por la noche lo destapaba, era uno de los pocos hábitos que aún conservaba. Nunca olvidaría que fue ella quien se reflejó en él por última vez. Pero en aquella ocasión era la imagen de un hombre derrotado la que le devolvía.
La llama de la vela bailó ligeramente y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Nunca supo si fue real o consecuencia de las dos botellas de vodka de aquella noche, pero la vio en el espejo dándole la mano, él rozó con los dedos el frío espejo y con rabia lo tiró al suelo rompiéndolo en mil pedazos.
****

Sara vagaba entre aquella bruma blanca, desde que abandonó su cuerpo había permanecido allí con otras muchas almas que como ella esperaban la llamada para pasar al mundo espiritual. Había perdido la noción del tiempo, como los demás le dijeron que ocurriría. De entre todas aquellas almas hizo amistad con una niña que le contó un secreto, había descubierto un portal por el que se podía ver el mundo de los vivos. Sara se acercó aquel día, para volver a verle dormir una vez más, pero aquel portal se había desvanecido. Fue entonces cuando Sara sintió la luz y fue llamada.

martes, 30 de abril de 2013

La madre de la tormenta.



Siempre que llovía salía a pasear. Se acercaba al parque, se descalzaba y pisaba los charcos mientras la lluvia recorría su cuerpo. Ella se sentía viva, llena de fuerza y de esperanza. Bella, joven y con un sinfín de hazañas que llevar a cabo. Aquella lluvia le limpiaba y curaba las heridas de una vida dura y dedicada a todos menos a ella misma. Bajo aquella tormenta se sentía libre. La gente la observaba a lo lejos, en la distancia. La llamaban “la madre de la tormenta” por aquella afición que ya se había convertido en costumbre.  Pero como cada día de lluvia, alguien les llamaba y una vez más aparecieron en el parque como salidos de la nada. La agarraron suavemente por los brazos y la cubrieron con una manta.
-         -  Señora Asunción, no puede seguir haciendo esto. Un día tendremos que llamar a los Servicios Sociales para que la metan en una residencia. ¿Quiere resfriarse? A su edad no puede hacer estas cosas. – Dijo el policía.

La señora Asunción se miró las manos arrugadas y sonrió. Mañana también llovería.

domingo, 21 de octubre de 2012

Una carta



“A mi querida madre:

Hoy hace un año desde que dejé el pueblo y vine a buscar fortuna a la ciudad y debo decirle, madre, que no pasa un minuto sin que desee volver a su lado. Pensé que en la ciudad encontraría un buen trabajo y las oportunidades necesarias para desarrollar mi prosa, pero desde que he llegado solo he encontrado miradas de desprecio y soberbia, seguramente por ser mujer. Tenía que haberle hecho caso, madre, cuando me dijo que la ciudad no era el lugar para una mujer solitaria.
Aquí, además de las pocas oportunidades que he encontrado, el clima me hace estar triste cada día. Los días son lluviosos y húmedos, las noches son frías y solitarias.
¡Ay! Madre, conocí a un hombre que me enamoró hasta el alma, si pudierais escuchar las cosas tan bellas que me susurraba al oído…dijo que me ayudaría a encontrar editores para mis escritos, pero un día se marchó y no volví a verle más.
Creo que volveré al pueblo con usted, madre, tengo muchos deseos de verla.

Su hija que la quiere.”

Sofía observó el papel mientras las lágrimas le surcaban el rostro, recorrieron sus mejillas, emborronaron su maquillaje y mancharon la carta.  La alzó para verla mejor, aquella carta era la confirmación de su fracaso. Unas risas le llegaron a través de su ventana, dos niñas jugaban a la comba, recordó cuando ella tenía su misma edad y soñaba con triunfar y ser una gran mujer. Sonrió para sus adentros y tomó una decisión. Arrugó la carta y la tiró al suelo, mojó de nuevo la pluma en el tintero y se dispuso a escribir.

“A mi querida madre:

Hoy hace un año desde que dejé el pueblo y vine a buscar fortuna a la ciudad y debo decirle, madre, que no pasa un minuto sin que recuerde su sonrisa. En la ciudad he encontrado un  buen trabajo y algunas oportunidades para publicar mis escritos, la gente me mira con respeto y admiración, quizás por ser mujer. Estaba equivocada, madre, cuando me dijo que la ciudad no era lugar para una mujer solitaria.
Le encantaría el clima, los días son soleados, invitan a pasear por los parques y las noches aunque frías son muy acogedoras.
¡Ay! Madre, he conocido a un hombre maravilloso, estamos muy enamorados, me dice unas cosas preciosas, como padre se las decía a usted. Me ayudó a encontrar algunos editores interesados pero ninguno lo consideré suficientemente bueno.
Creo que pasaré una temporada más aquí, en la ciudad. Tengo muchos deseos de verla.

Su hija que la quiere.”

viernes, 12 de octubre de 2012

La sorpresa



Aquella mañana se había arreglado a conciencia. El pelo recogido en un estrafalario moño, un poco de maquillaje natural, unos bonitos pendientes que él le había regalado un par de semanas antes, el vestido negro que se compró para aquella cena de empresa y unos enormes tacones que le hacían sentir de lo más femenina.
Observó el reloj con cristales de swarovski, llegaba tarde. Jack le había citado hacía más de una hora en el mirador de una de las torres, donde se dieron su primer beso. "Es una sorpresa, ven preciosa" le había dicho él en el mensaje que había recibido a las ocho de la mañana. Estaba nerviosa, sospechaba que le pediría su mano en matrimonio aquel día.
Encendió la televisión un momento para asegurarse de que no llovería y se estropearía su sorpresa. Estaban dando el informativo de las nueve. Se llevó la mano a la boca cuando vio las Torres Gemelas incendiadas y se desmayó un segundo después de ver el cuerpo de Jack entre los escombros de la primera torre.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El último rezo


Bajó las escaleras del metro a trompicones. Allí estaba él, observándola desde el otro lado del andén, con su habitual libro en la manos y aquella sonrisa pícara que le hacía estremecer. Se sentaron un instante, el uno junto al otro, sin casi dirigirse una mirada. Aquello era parte del juego, debían parecer desconocidos. Él le deslizó la nota, se levantó y de la misma forma que había aparecido, se marchó. Observó el papel, aquel día le tocaba a él. <<Je t'aime>> leyó, ruborizándose un día más. Pero la culpa no tardó en llegar, el sentimiento le había atenazado desde aquella primera vez, en la que él le rozó la mano de forma discreta en la capilla del monasterio. Lo había visitado con la excusa de documentarse para un trabajo universitario y ella le había guiado durante todo el recorrido. Desde entonces sus encuentros habían sido en aquel lugar, las hermanas no solían viajar en metro. Se guardó el papel en el bolsillo del pantalón, se marchó de la estación y se coló en el mismo portal de siempre. Cuando salió, se recolocó el hábito y se encaminó a la capilla, para volver a rezar una vez más.

martes, 18 de septiembre de 2012

Lágrimas de sangre






Llevaba tras aquellas huellas desde que comenzaron los asesinatos. Las había estado siguiendo durante días, con los nervios a flor de piel y una ligera sospecha dibujada en su mente .

Se agachó sobre la nieve y observó el camino. La luz del farolillo iluminaba las sombras que acechaban a su espalda, pero se levantó haciendo caso omiso de ellas y se ciñó la capa. Aquel frío invernal le hacía tiritar. No había tenido tiempo de abrigarse, el grito se había escuchado desde el bosque maldito y había tenido que salir vestida con la ropa de cama. 
Un sonido frente a ella le hizo reaccionar. Se adentró en la espesura del bosque intentando olvidar sus temores. Pero sus ojos se empañaron cuando lo tuvo frente a ella. Lo había estado sospechando desde el primer día, la duda era "¿Desde cuándo?". Le sonrió desde el pequeño claro y ella se acercó con la sangre latiéndole en las sienes. Él tomó sus manos y le dedicó su mejor sonrisa. Aquella sonrisa con la que conquistó su corazón y su alma. Los colmillos afilados asomaron por las comisuras de su boca. Le apartó el cabello y acercó los labios a su cuello. Ella rozó con la punta de la estaca su espalda. El abrazo duró un segundo, hasta que la nieve se tiñó de rojas lágrimas de sangre.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

La llave de su mente

Se encontró de nuevo ante aquella puerta. Una vez más había llegado hasta ella sin recordarlo, pero allí se encontraba. No comprendía cómo ese llamativo color blanco y sobretodo aquel llavero colocado sutilmente sobre la cerradura podían infundirle unos sentimientos tan contradictorios. ¿Era miedo a lo desconocido y curiosidad al mismo tiempo? No lo sabía de todo.  Su mano se acercó temblorosa pero una vez más se quedó paralizada al escuchar la voz. Aquella voz que había sentido siempre que se acercaba a la puerta. Nunca había llegado a reconocerla, ni si quiera entendía lo que decían las palabras, pero aquel día fue diferente, pudo escucharla con claridad.
- Pamela, ¿Me escuchas?. Tienes que salir adelante.
Entonces lo recodó. Recordó las copas de más. Recodó la oscuridad en la carretera. Recordó la lluvia salpicando sobre el cristal de su coche. Recordó como el vehículo patinaba. Recordó como perdió el control. Recordó la oscuridad.
Pamela extendió la mano con decisión y abrió la puerta.
- Ya vuelve en sí, avisaré a un médico - Dijo una voz.
Abrió los ojos lentamente.
- Pam ¿Recuerdas qué ha pasado? Te dejaste las llaves de casa puestas  y te marchaste corriendo de la cena. Has estado doce días en coma...

martes, 4 de septiembre de 2012

La mirada

Aquella mano acarició su hombro, pétreo y frío. Ya no sentía el tacto de los dedos en su piel, ya no podría bailar, ni reír, ni llorar. Tan solo recordar. Su mente era lo único que no se había llegado a petrificar, era el engaño de los dioses al deseo de permanecer inmortal. Zeus la miró con soberbia y le prometió que le otorgaría el don de la inmortalidad. Lo último que vieron sus ojos, chispeantes y llenos de emoción, fue el rostro de la Górgona llamada Medusa.