viernes, 16 de mayo de 2014

Yo no sé nada ni te lo cuento




 El maldito ruido del ordenador sonando y yo, una puta máquina de decir cosas sin sentido, comienzo a recordar la tragedia que me trajo hasta aquí.

Las teclas, horriblemente sonoras, me despiertan de una borrachera insensible. El furor de Sun Tzu en mis oídos y las latas de cerveza y las conspiraciones y ¿cuándo pensaste por primera vez que, y por qué estamos hablando bajito? El aire se enrarece y una noche que comienza con un ¡Agur, gero arte![i] Un plan que comienza con un podemos hacer esto y un mirá que aquello y el tiempo cambia a las personas no aguanto las estupideces de antes, podemos cambiar el presente y la situación del barrio, del mundo, que se vuelve tensa, los uniformados, las elecciones, quilombo[ii] en las calles, en la unión. Todo el mundo corre y la gente sigue encerrada en sus casas, con miedo. Con odio y con miedo, y el poder se vuelve avaro, más que nunca…

Nos juntamos en la plaza, las birras pasan, los porros aclaran la mente de los muchachos, somos dos pero así hay miles. 
 

viernes, 9 de mayo de 2014

Revista digital VALENCIA ESCRIBE - Número 2, Mayo 2014




Aquí podéis leerla en formato "revista": 
http://www.yumpu.com/document/view/25030771/valencia-escribe

Aquí podéis leerla y descargarla en formato pdf:

A continuación reproducimos la "Editorial":


Vivos y coleando

Dicen que la primavera, la sangre altera. Y alterados estamos ante el número 2 (la tercera entrega) de nuestra revista digital.

¡Que nadie diga que no somos generosos! 27 textos que 27 autores entregan a cambio de nada, que regalan por el sencillo pero insustituible placer de compartir. En esta ocasión, damos la bienvenida a nuevos compañeros como Jorge Martínez, Adrián García, Marisol Santiso y Ricardo Mazzoccone, que deleitarán al lector con sus trabajos. Y no olvidemos a Eulalia y Fuensanta, que con sus imágenes no solo ayudan a ilustrar esta publicación, sino que la dotan de un incalculable valor añadido.

Nos hemos visto obligados a guardar en ese extraño cajón del disco duro otras aportaciones, que estamos convencidos tendrán su oportunidad el próximo mes.

Queremos aprovechar este imaginario estrado para declarar que nuestra publicación es abierta, por lo que animamos a cualquier aficionado a la escritura, ya sea en prosa o en verso, a remitir sus colaboraciones literarias, las cuales serán debidamente valoradas. Hemos de seguir alimentando a la criatura para que continúe creciendo.

Os esperamos en Junio. Mientras, ya sabéis: leed, escribid, difundid nuestra publicación y nunca, nunca, os olvidéis de ser felices. Aunque hayan berzotas que se empeñen en ponérnoslo francamente difícil.

Rafa Sastre

martes, 6 de mayo de 2014

Nuevo Mundo


Debajo de las nubes en forma de cono negro brillaba una luz tenue. Era como si la oscuridad guardara para sí una pequeña fuente de luz. Marcelo conducía a prisa. Tenía miedo de llegar demasiado tarde. Los rayos se sucedían alternados a izquierda y derecha del cono invertido y las nubes que lo rodeaban iban oscureciéndose conforme se acercaban a él. El viento era cada vez más potente.


Al tomar la curva pensó en Ludmila. Sus tiernos ojos marrones, su sonrisa simpática, toda ella simpática, su cariño... Debía llegar a tiempo a toda costa.

viernes, 25 de abril de 2014

Se regala una mamá




A los lectores y escritores de “Valencia Escribe” que no tengan madre, les informo que he determinado regalarles una, la mía, que es tan buena y santa como la que perdieron ustedes, por desgracia. Y no es el caso de que yo quiera quedarme desmadrado. Se las regalo porque en su corazón cabe el mundo entero. Han de saber que para llegar a tal determinación cavilé mil veces.
-¿Y si la rechazan?
Bien puede eso ocurrir, pues mi madrecita es tan especial, que no acepta la modernidad. Del teléfono celular opina que este aparato de las cincuenta mil docenas de demonios (demonios más, demonios menos) le ha robado a la gente la privacidad. Y en cuanto a la televisión, dice que tal caja idiotizante hace que los jóvenes parezcan ancianitos al no permitirles que practiquen ejercicios físicos, y menos la actividad intelectual. Para distraerse prefiere escuchar música clásica, o que le lean un libro.
-¿Recuerdan ustedes aquel en donde se narra La Muerte de Iván Ilich, de León Tolstói? Bueno, pues es su preferido.
Con inusitada frecuencia me pregunta:
-Hijito, ¿tienes tiempo para sentarte junto a mí para que me leas Una Partida de Ajedrez, de don Stefan Zweig? Quiero saber si el encarcelado que jugaba en tableros y con piezas mentales fue capaz de ganarle una partida al campeón mundial. Ah, y no te perdono que no me hayas comprado el disco de Bizet.
-¡No has perdido tu buen gusto, madrecita! –le comento, entusiasmado.
Y a pesar de que se ha echado un gran puño de años a la espalda, no es una viejita cascarrabias, inaguantable y caprichosa. Todo lo contrario, es tranquila y agradable.
En las noches se acuesta hasta que me ve entrar por la puerta. Con decirles a ustedes que hace apenas unos días yo andaba de parranda con mis cuates festejando a un cumpleañero, y entre copa y copa se retiró la noche para dejarle  a la aurora su lugar, y cuando de tal cosa me enteré, rueda que te rueda en mi carro a gran velocidad, alcancé a llegar a casa antes de que el sol empezara a chamuscar los campos de labranza, las montañas y los valles. Con gran precaución abrí la puerta, y, al entrar, allí estaba ella, con el rosario entre las manos, rezando por este hijo méndigo que tiene.
-Madrecita, ¿qué haces aquí?
-Esperando que llegues, hijito.
-Pero sabes muy bien que el Doctor te ha prohibido desvelarte…
Y, amigos, desde entonces tengo que llegar temprano para leerle un libro, contarle un cuento, o ponerle los audífonos para que escuche alguna obra de Vivaldi, de Brahms, de Schubert, de Chopin, sin olvidar a Bach, a Mozart y a Beethoven.
-No, gracias, no aceptamos tu regalo, podrán decirme ustedes; no queremos una madre a la que diariamente tengamos que leerle una novela o ponerle disco tras disco de música clásica.
-Pero, amigos, no les he contado algo que la hace atractiva en sumo grado. Les diré un secreto:
-La madrecita que pretendo regarles es dueña de un tesoro incalculable. Lo tiene en su cabeza, y no me refiero a la sesera en donde guarda los recuerdos, sino a sus cabellos, que son de oro, de un oro tan puro que no podrán ustedes encontrarlo ni en los más famosos cuentos de los hermanos Grimm o de Anderson. Lo adquirió de la forma más extraña que podrán imaginar ustedes.
Hará dos meses, había sido yo invitado a la fiesta de la boda de un pariente y no tuve más remedio que asistir; los novios bailaron el vals; después, ella les arrojó el ramo a las muchachas que agarradas de la mano organizaron un rondín al que le llamaron “A la víbora, víbora de la mar, de la mar…”
Total, que me vi obligado a quedarme en el salón de fiestas hasta que partieron el pastel. Para esto, mi reloj ya señalaba que era muy de madrugada y fue cuando en verdad me preocupé pensando que mi madre me estaría esperando, como era su costumbre, y otra vez emprendí tremenda corretiza por las calles.
Llegué; abrí la puerta, pero esa vez no me esperaba sentada en una silla; la busqué en su habitación, en la cocina y en el baño, sin resultados positivos. Me senté por ahí, muy angustiado y atisbando para todos lados, me di cuenta de que la puerta del jardín estaba abierta.
-¡Ah, vaya! –exclamé, tranquilizándome-. Seguramente fue a respirar el aire fresco.
Me paré; me fui al jardín, y, ¡Dios santo, lo que vi!… ¡La luna, la luna de enorme cara redonda estaba inquieta, pues entre las ramas de árbol limonero  se le habían enmarañado los rayos más hermosos con los que se había engalanado para realizar su acostumbrada y triunfadora pasarela por el firmamento!  Para consolarla, las estrellas le enviaban un saludo guiñándole los ojos pizpiretos. Y no creerán ustedes, seguro estoy, de que esos rayos se enredaron en el pelo de mi madre cuando le cortaba las hojitas tiernas al limonero para hacerse un té, pero eso sucedió.
-¿Qué tienes? ¿Te ocurre algo, mamacita?
-No, m´hijito.  Estoy bien, aunque algo raro se me enzarzó en el pelo.
En su habitación le ayudé a ponerse su bata de dormir, a quitarse las chancletas, pero me fue imposible desprenderle aquellos fulgores del cabello.
-Amigos, si aceptan el regalo que me propongo hacerles, los achaques de una ancianita les causarán preocupaciones, no lo niego, pero la vida será para ustedes más hermosa al admirar el tesoro que adorna su cabeza.

Volivar (Jorge Martínez - México)