domingo, 24 de noviembre de 2013

VERTIGO

Se asomó a aquel frágil e inconsistente balcón. Una rápida mirada al vacío le hizo recordar, una vez más, su gran fobia: El vértigo.

Resbaló un poco, apenas lo justo para quedar a merced del destino. Sabía que no era necesario dejarse caer, un leve empujón sería suficiente y este, seguro, llegaría.

No fue capaz de recordar cómo había llegado a aquella situación. Los motivos eran muchos, y ninguno en concreto; se ponían de acuerdo cada noche para llevarla hasta allí. Todas las noches.

La avalancha estaba a punto de llegar y precipitarla al abismo.

¿Por qué tenía que ser ella la primera? No era justo, estaba completamente indefensa.

Sucedió sin más, llegaron a borbotones y ni tiempo tuvo de mirar atrás… Se deslizó por la mejilla hasta la almohada, empapándola una noche más.

NUNCA MÁS

No oyeron los primeros golpes en la puerta, ni la llamada nerviosa de la vecina. No vieron como aquellos hombres reventaban la entrada, pisoteando los restos del jarrón donde horas antes morían, secas, las dos rosas que le regalaran el día de la madre. Nunca acertaron a comprender el por qué de tanto ruido.

Aquella noche la orgía desenfrenada de odio y golpes se convirtió en un baile de cuchillos. No hubo motivo, nunca era necesario.

Los policías entraron hasta la cocina, donde Lucia, acurrucada en una esquina, ajena a todo, inmovil, inerte, les esperaba desde hacía muchas horas; desde hacía ya demasiados días. No contestó cuando el más alto se agachó y la tocó. Ya no le quedaban palabras que pronunciar, se le escaparon todas por el tajo que tenía en el cuello.

Desde su escondite, debajo de la mesa, no pudieron ver las piernas, vestidas de uniforme azul, que las querían rescatar... Tan tarde ya. Marta y Maria, de tres y cuatro años, ya no pudieron colorear el cuento que dormía a su lado, como ellas...Inacabado

Mil y una




Mil lágrimas derramadas

en un rincón de la cocina,

disimuladas, escondidas,

entre escobas y mandiles.

Mil suspiros ahogados

bajo el agua de la ducha,

entre el batín y la toalla,

tras la puerta del baño.

Mil esperanzas perdidas

en el quicio de la ventana,

viendo pasar la vida

tras el cristal, encerrada.

Mil noches en blanco

huyendo entre las sombras…

Mientras, aquellos ronquidos

hunden su cuerpo en la cama.

Una mano cruza el aire

viciado de la estancia.

Un insulto rompe el silencio;

una patada la remata.

Mil gritos se ahogan, mudos,

en lo más profundo de su alma.

En el suelo mil lagrimas se funden

con la sangre allí derramada...

¡Por nada!

viernes, 22 de noviembre de 2013

La inconsciencia



                                             
Nacho y Cristina formaban una pareja feliz. Ambos procedían de familias adineradas, vivían en una casa cómoda y grande, más que suficiente para albergar a su numerosa prole.
Aunque Nacho procedía del mundo del deporte, pronto empezó a despuntar como un avispado empresario gracias a la astucia de su profesor de economía. Juntos, fundaron una empresa  –sin ánimo de lucro- encargada de fomentar y ofrecer ayudas para los deportistas con bajos recursos. Cristina, aunque se hacía la remolona, pronto entró a formar parte de dicha sociedad.
La vida transcurría de forma dulce y placentera para todos. Tan solo existía una pequeña nube gris: Cristina era sonámbula. Nacho era el único conocedor de este trastorno, los niños vivían sin estar al corriente de las caminatas nocturnas de su amantísima madre. Un día, su marido casi se vuelve loco buscándola por toda la casa. Sus ocho habitaciones, con sus respectivos cuartos de baño, fueron inspeccionadas una por una. También el salón de cine, los dos despachos y el gimnasio. Una ventana abierta de par en par en pleno mes de enero, fue lo que le alertó para asomarse al exterior y ver a Cristina de pie en la cornisa, con su camisón trasparente de La Perla. Parecía encantada de que un grupo de jóvenes que andaban de botellón, la piropearan y le hicieran proposiciones muy pero que muy indecentes. Lejos de sentir miedo a las alturas, sonreía y guiñaba el ojo izquierdo a los chicos. En el intento de hacerla desistir de su exhibición, fue Nacho el que estuvo a punto de perder su vida.
Los niños crecían a la par que lo hacían los negocios familiares. Cristina no podía entender cómo entraba en la casa tal cantidad de dinero, teniendo en cuenta la finalidad de la fundación. Sin embargo, la alegría de ver a sus hijos crecer sanos y contentos borraba de su pensamiento cualquier duda.
Un día de tantos, Cris volvía a casa después de dejar en el colegio a sus hijos, cuando vio en la puerta de su casa a cuatro señores bien vestidos, incluso, dos de ellos, llevaban uniforme de la policía. Ella pensó que velaban por la seguridad de todos los vecinos del elegante barrio, pero uno de ellos, tomándola por el brazo, le dijo que se la tenían que llevar a la comisaría para hacerle algunas preguntas. Supuso que tendrían que ver con el seguro de la casa y de los innumerables cuadros de altísimo valor que, últimamente, Nacho colgaba en las paredes del enorme salón y que, según decía, correspondían a sendos obsequios de empresarios agradecidos.
Sin embargo, las preguntas que le hacían, aparte de incluir la procedencia de los cuadros, iban dirigidas a comprobar por qué su firma, aparecía en todos los documentos relacionados con la fundación y otras sociedades que desconocía y en las que… ¡figuraba como administradora única! No lo podía entender, ella nunca firmó ningún documento que la vinculara directamente, estaba segura.
Nacho acogió la noticia sin manifestar sorpresa alguna. Mientras meditaba sobre lo acontecido, recibió la llamada de su profesor, socio y amigo: “ Hola, Diego. Tranquilo, todo está ocurriendo como lo planeamos. Sí, sí, al doctor también le daremos algún pellizco. A ella tampoco la encarcelarán puesto que todo lo hizo de forma inconsciente, sonámbula, vamos. Nosotros no aparecemos por ningún lado. Se me ocurren verdaderas locuras para continuar aprovechando el trastorno de mi mujer…”*


*Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.