Matilde Montero se dió cuenta que ya era inevitable. Se había hecho mayor el día que un niñato le preguntó la hora en la calle. No, no se conformó el jovenzuelo ese con hacer una simple pregunta. La llamó señora. Matilde, en principio no le hizo caso, pero al observar que en la parada del autobús tan sólo estaban el niño y ella, abrió sus ojos y descorrió la manga para ver la hora, mientras pensaba...¿señora?, ¿este cabrito me ha llamado señora?. En ese momento llegaba el autobús. Mientras las ventanillas pasaban delante de su cara se fijaba en su rostro reflejado. Las puertas se abrieron y ella corrió dándole un manotazo al niño diciéndole que tenía que dejar paso a una señora.
Vió una plaza libre y se sentó al tiempo que daba un pequeño suspiro. Se enfrentó de nuevo al cristal del autobús llevando su dedo índice a las ojeras que podían adivinarse. De vez en cuando le lanzaba al niño una mirada asesina.
Tocó el timbre al aproximarse a la parada. Esperó a que parase el autobús y se levantó lanzando otro suspiro. Entonces, mientras caminaba hacía la biblioteca, comenzó a darse cuenta que era cierto. Todos los síntomas se habían cumplido ya y comenzó a enumerarlos mentalmente...
... Sin darme cuenta, sí. Fue aquel día el primero. Salí de casa, recorrí cien metros y comenzó a caer una lluvia de nada. ¡Volví a casa a buscar un paraguas!. Después antes de salir revisaba el fogón de la cocina tres o cuatro veces, ¡apagaba las luces!. Siempre salgo con una chaqueta, por si acaso... y me digo así, por si acaso. Salgo siempre con un billete, no con monedas. Me peino en el ascensor. Dios mio... me llaman señora, espero a que el autobús se detenga para incorporarme del asiento y lo peor, ¡suspiro al sentarme y suspiro al levantarme!
Matilde Montero aguardó durante años a encontrarse con aquel niñato, a aquel cabrito que la llamó señora. Un día lo encontró.
- Perdone, señor, ¿me puede decir la hora?.
Disfrutó como nunca cuando vió al cabrito ya convertido en cabrón, calvo, con pelos en las orejas, abrir sus ojos como platos.
- Gracias señor - recalcó después.
Lo inevitable siempre te lo descubre quien te empuja. Y a veces...¡ es tan agradable empujar!
lunes, 14 de octubre de 2013
domingo, 13 de octubre de 2013
¿POR QUÉ?
- Abuelo,
¿Por qué nos mira tras la cortina?
- Siempre le
dio miedo enfrentarse a la realidad.
……………………………………..
N. del
A.: A esa inmensa
multitud “silenciada”, incapaz de apartar de su cara esa cortina que impide a
sus ojos ver nítidamente más allá de sus narices; a su mente, asimilar el por
qué desde arriba nos llaman imbéciles todos los días… a su garganta gritar:
¡Basta ya!
sábado, 12 de octubre de 2013
Los peces muertos
Cuarenta años han pasado ya. Y como
cada tarde, desde hace cuarenta años, Prudencia se asoma tras la cortina que
cuelga en la entrada de su casa. A través de ese tenue tejido la anciana semeja
un pez atrapado en la red, aunque su expresión es, ciertamente,
la de un pez muerto.
Como cada tarde, desde hace
cuarenta años, la mujer escruta los rostros silenciosos o parlanchines de los marineros
que vuelven de faenar. Se dice que los peces no tienen memoria, pero Prudencia conserva
intacto el recuerdo de cada mirada, cada caricia, cada piropo y cada beso de su hombre. Solo
su esperanza va empequeñeciendo a medida que pasa el tiempo: intuye que Agustín
y sus cuatro compañeros jamás regresarán, pues un océano egoísta y caprichoso se
prendó de ellos y decidió retenerlos consigo.
Prudencia envidia a los peces
muertos sin imaginar que es, desde hace mucho tiempo, uno de ellos. Solo desea
que llegue pronto el día en que el corazón se detenga, para que embarquen su
cuerpo rumbo al paraíso de los pescadores
desaparecidos.
Casualidad
Hace siglos llegué aquí, a éste mundo mortal, me llamo Casualidad.
Algunos me llaman azar, otros sincronicidad. Muchos reniegan de mí, no me
quieren aceptar, simplemente prefieren negar que la mente pueda crear. De entre
infinitas posibilidades, surge una, que se muestra para el que la quiera mirar.
Por ello aparezco así, velada, me oculto tras ésta vieja cortina, raída y
gastada. Soy anciana como ella, más una fuerza impertinente me sostiene, una
renovada ilusión me mantiene siempre en pie. Uno en la misma familia las fechas de nacimiento, también
las de defunción, uno nombres y apellidos con la profesión, uno parejas y
amigos, aquellos que hacía tiempo sólo se veían en sueños, uno poesías y relatos, pinturas y fotografías, esculturas y retratos, uno y desuno destinos, la
ficción la convierto en realidad, voy indicando caminos, dejo pistas indelebles
para el que las quiera seguir, no llevo manual de instrucciones, la gracia
reside ahí, que cada cual interprete a gusto del consumidor, que luego no
quiero líos, prefiero no oír reproches, me mantengo así en suspenso, me quedo
quieta en el umbral, no vaya a ser que algún incrédulo me quiera endosar un
supuesto mal final: que todos los días tomaba café en aquél bar, donde el
primer premio del gordo dejó escapar… ¡Ah, la casualidad! Mucho tiene que ver
con Destino, siempre manteniendo el pulso con Libre Albedrío, más no me quiero
extender, mejor lo dejamos ahí, que es una historia muy larga, me voy para
adentro, que ya noto algo de fresco y me tengo que cuidar.
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