martes, 4 de septiembre de 2012

UNA SONRISA



                                                                 

Siempre le veía llegar a la misma hora. Me gustaba esa fiel puntualidad caminando sobre   pasos suaves. Adoraba su  mirada dulce cuando descansaba las pupilas sobre los cuadros y las estatuas, las figuras de bronce y los torsos de blanco marfil. Sus dedos  resbalaban con sutileza sobre los hombros de las figuras femeninas; las acariciaba.

De vez en cuando, me lanzaba una mirada cómplice. Yo le dejaba hacer. Imaginaba sus manos transitando sobre mi cuerpo. Sentía el calor de su piel contra la mía. Embutida en mi traje oscuro de  funcionaria, esperaba anhelante que terminara su recorrido por la sala para leer en sus labios: “Gracias, señorita. Ha sido un placer”.  Por respuesta sólo podía ofrecerle la luz esperanzada de mis ojos y una sonrisa que codiciaba su retorno.

 

Dueño de mi silencio


Me amaste sin voz. Me deseaste aun cuando tu aliento no había rozado el calor de mi piel y sin embargo, vi en tus ojos lo mismo que yo intento esconder..
Tu silencio obligó a mi boca a quererte muda, por miedo a no encontrar las palabras con las que hacerte mío.
Y tanto te amé y tanto, tanto temo volver a quererte que siento que el corazón se me hiela y que en cada latido, poco a poco, se va mi vida contigo.
Ahora… fría, como estatua de mármol, quieta y muda, soy mendiga de las caricias que  no nacen de tus manos con la esperanza de que rompas mi condena.
Bajo mi blanca piel, vive un alma que anhela verte regresar.

La mirada

Aquella mano acarició su hombro, pétreo y frío. Ya no sentía el tacto de los dedos en su piel, ya no podría bailar, ni reír, ni llorar. Tan solo recordar. Su mente era lo único que no se había llegado a petrificar, era el engaño de los dioses al deseo de permanecer inmortal. Zeus la miró con soberbia y le prometió que le otorgaría el don de la inmortalidad. Lo último que vieron sus ojos, chispeantes y llenos de emoción, fue el rostro de la Górgona llamada Medusa.

Posesión








Dicen que no me renuevan el contrato porque pasaba demasiadas horas frente a ti. Y es verdad, desde el primer instante me atrajeron: la serenidad de tus formas, la belleza de tu torso y tu piel marmórea. Empecé a recelar de cientos de ojos que, ávidos, admiraban a diario tus pechos desnudos y posaban sus miradas, como caricias lascivas, sobre ellos. Poco a poco, me convertí en tu guardián. Observaba con desconfianza a los visitantes del museo. Desatendí las otras dos salas que tenía a mi cargo para pasar más tiempo cerca de tu pedestal. 

Hoy es mi último día de trabajo y no puedo pasar por alto que, otro ocupará mi puesto y venerará tus curvas perfectas, tu hermoso rostro. Esa idea me obsesiona.

“Si no eres mía, no serás de nadie” –repito, como una letanía, mientras empuño el martillo con decisión.