Siempre le veía llegar a la misma
hora. Me gustaba esa fiel puntualidad caminando sobre pasos
suaves. Adoraba su mirada dulce cuando
descansaba las pupilas sobre los cuadros y las estatuas, las figuras de bronce
y los torsos de blanco marfil. Sus dedos
resbalaban con sutileza sobre los hombros de las figuras femeninas; las
acariciaba.
De vez en cuando, me lanzaba una
mirada cómplice. Yo le dejaba hacer. Imaginaba sus manos transitando sobre mi
cuerpo. Sentía el calor de su piel contra la mía. Embutida en mi traje oscuro
de funcionaria, esperaba anhelante que terminara su recorrido por la
sala para leer en sus labios: “Gracias, señorita. Ha sido un placer”. Por respuesta sólo podía ofrecerle la luz
esperanzada de mis ojos y una sonrisa que codiciaba su retorno.



