martes, 4 de septiembre de 2012

UN JUEGO PROSCRITO




Se enciende la luz roja de alarma emitiendo un leve sonido que va en crescendo. Los vigilantes del museo, desde la sala de control, miran atentos los movimientos de un hombre que acaricia con extraña delicadeza a “La dama del plato”, un hermoso desnudo femenino, yacente, esculpido en mármol de Carrara.
-Ya tenemos al estatuófilo de turno.
-No jodas, tío, ya van tres en lo que va de mes, ¡qué tíos más locos!
Un guardia de seguridad le invita a salir del recinto. El hombre le mira asustado. Vuelve a su casa taciturno y avergonzado. Allí le esperan sus muñecas, no son tan hermosas ni tan grandes como la del museo, pero son solo suyas y no le causan problemas.

UNA LÁGRIMA ENTRE LOS DEDOS




Coloca con delicadeza la lágrima de cristal debajo del ojo derecho y se aleja para apreciar el resultado. Siente una sensación de vacio, de irreparable pérdida, casi de orfandad, que le invade cuando finaliza una obra y  ha de separarse de ella. 
El resultado nunca es perfecto. Aunque esta vez ha estado cerca. La imagen parece tan viva..., las lágrimas son tan reales al deslizarse por el marmóreo rostro, que al rozar la más cristalina con sus dedos se vuelve líquida entre ellos.
Se apoya sobre la escultura de la dama y siente como la carne de ella, contundente y cálida, late bajo su mano.
“Algún día tu obra será tan perfecta que cobrará vida", su maestro no estaba loco.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Sueños



Se quedó fascinado al verla, su delicadeza le recordaba a aquella otra mujer que aparecía constantemente en sus sueños. Posó una mano con suavidad sobre su hombro, deseoso de que la piedra cobrara vida. La mantuvo un rato por si acaso se cumplían sus deseos. Al retirarla comprendió que la belleza real era inalcanzable. Ella seguía disculpándose.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Café de civeta


Aprendí a suspirar dos segundos después de conocerla. Pasó a mi lado y observé cómo el movimiento de sus caderas, hacía que sus pies apenas tocaran el suelo. De mi interior, salió el suspiro más profundo que jamás se haya escuchado en una esquina. Se dio la vuelta, sus ojos me ignoraron con desdén y quedé irremediablemente enamorado.
Luego fue un continuo perseguirla, un encontrarnos forzando la casualidad. Yo era invisible a sus ojos, ella, el cristalino de los míos y en el fondo de mi silencio, encontré la frase para abordarla. Le dije que si estaba buscando un esclavo, ya lo había encontrado, que dejara de buscar. Le hizo gracia. Tomé forma ante sus ojos por primera vez.
El café del mercado, fue mi campo de derrota, su campo de pruebas. Probó conmigo todas sus armas de humillación y todas acertaron en pleno centro de mi ego. En aquella guerra desigual, el héroe y el desertor vestían el mismo uniforme y abanderaban una misma misión, la de conquistar a la mujer de nuestra vida a través de la sumisión más degradante. Enseguida, se supo dueña del tablero y no tardó mucho en jugar sus terroríficas bazas contra esa pobre apertura y mi pueril defensa. Cuando el mate era inevitable, dejaba morir alguna de sus piezas para alargar mi agonía y en uno de aquellos errores controlados, encontré la fisura en la que acomodar mi supervivencia. El mal genio, fue su talón de Aquiles y nimios reflejos de rebeldía por mi parte, consiguieron sacar de quicio aquella cancela celestial.
Sabía que le gustaba el café sólo y que el Jamaica Blue Mountain era su debilidad. Lo tomaba sin azúcar. En un alarde de generosidad, una tarde, en vez del ébano jamaicano, me atreví a pedir una taza de Kopi Luwak*, considerado el mejor café del mundo. Lo saboreó con deleite, con temple, aguantando un pequeño sorbo de aquél néctar en la boca, hasta arrancar el último matiz de su sabor y de su aroma. Yo soy incapaz de distinguir un Saimaza de un Illy, incluso si tomo un Nescafé, también me valdría, pero ella no, ella era capaz de distinguir entre los diamantes del café, cuál tendría una esquirla en su talla. Algo en su gesto, me dejó claro que había notado el cambio, un tic infinitesimal, una fugaz sombra. Se enfadó tanto, que la cafetería quedó desierta presagiando la hecatombe, yo enmudecí ante los efectos de su enfado y tomé nota.
Tras aquél primer plante y sus consecuencias, vinieron muchos más. Una tarde de luna llena, me atreví a elegir una película costumbrista japonesa, argumentando que era un film de terror, ella no estaba en modo pensamiento y se enfadó. Gocé con cada segundo de su ira. En otra ocasión, me apoderé del mando de la tele un medio día de septiembre en el que se emitía un maratón de Sexo en Nueva York. Aguantó estoicamente las primeras tres horas de la etapa reina de la Vuelta ciclista a España, se levantó del sillón, volvió a no mirarme y cerró tras de si la puerta de mi casa con un portazo tal, que hizo caer al suelo el cuadro de Banksy colgado en la pared. La expresión de su rostro me hizo tocar el cielo con la punta de los dedos. 
Volvía a reagrupar mis huestes, la guerra no estaba del todo perdida.
Tardó en llamarme dos semanas y lo hizo para citarme a un duelo en nuestro café de siempre. Llegué diez minutos antes de la hora prevista para estudiar la orografía del terreno y poder colocar así en una posición aventajada a mis ejércitos. Apareció acompañada de todas las miradas del bistrot, con un traje de chaqueta femenino de corte severo y minifalda tatuada sobre sus curvas. Me ordenó que pidiera su café, lo hice. Repetí mi afrenta del Kopi Luwak. Al primer sorbo, lo descubrió, me preguntó su nombre y a penas salió éste de mis labios, dejó caer al suelo la taza, el plato y la cucharilla, escupió sobre mi cara el contenido sin tragar que quedaba dentro de su boca, cruzó mi cara con el dorso de su mano, me miró por ultima vez y se marchó de mi vida ofreciéndome su espalda.
No me hizo falta saber por qué se había enfadado tanto, supongo que de alguna forma, conocía como se elabora aquél café.
Creedme, valió la pena. Reconozco, que desde la primera vez, quedé enganchado a la expresión que adoptaba su rostro al enfadarse. ¡Dios, estaba tan bella!

* El Kopi Luwak o café de civeta es el café obtenido de granos cultivados en Java y Sumatra que, tras ser digeridos por la civeta, pasan por su tracto intestinal y son expulsados entre sus heces. Estos animales se atiborran de frutos maduros de café y expulsan el grano parcialmente digerido.