Vacío está el verano cuando no importa que sea otoño, primavera o
invierno. Vacío siento el cuerpo cuando danza entorno a un agujero que se nutre
del bullicio de otros veranos que se agotaron.
Mi vacío ha succionada el gusto por los vestidos cortos, sin mangas; los
escotes atrevidos, sugerentes; el color de piel dorado en una carrera que deja sin resuello. Me doy licencia para
renunciar a todo ello sin nostalgia.
Mi vacío veraniego me acompaña, me lleva hasta la convicción de que la
media manga es lo conveniente, asumiendo como mía la idea de que lo holgado
sustituya a lo ceñido formando un vacío cómodo.
Mi vacío se llena con el placer del calor bordeándome la cintura,
envolviendo mi cuerpo en una segunda piel húmeda, incómoda y con ganas; suspiro
porque me acaricien los oídos sones con timbre eventual, sugerente; con
pequeños paseos urbanos buscando la sombra bajo los balcones de calles
estrechas y solitarias.
Mi vacío brota de la soledad de una terraza y una cerveza, de la pereza
de tener que estar alegre porque es verano, pero, adoro la luz, el sol y esos
días interminables en los que el reloj es un mero abalorio.
Pablo Guillén