miércoles, 4 de septiembre de 2013

MEMORIAS – El bicho de pantalón corto


Aquella mañana jugábamos en el campito. Así llamábamos a aquel pedazo de tierra, ligeramente elevado del camino, justo enfrente al portal de casa, debajo de la ventana de la sala, o lo que es lo mismo, bajo la atenta vigilancia (solo a veces) de mamá.
Ese campito lo era todo para nosotros, niños de apenas seis o siete años, nuestra enorme fantasía, e incipiente ingenio que podíamos desarrollar en aquellos veinte o treinta metros cuadrados. Siempre que mamá no tendía las sábanas al clareo, podía ser un campo de fútbol, o la isla del tesoro (en una esquina llegamos a perforar un agujero de casi metro y medio, por lo menos, tan solo con palos y las manos, por supuesto sin éxito alguno). Podía ser una jungla llena de animales terribles y peligrosos: arañas, grillos, saltamontes, algún que otro escarabajo pelotero y millones de hormigas.
Pero aquella mañana… aquella mañana era nuestro fuerte inexpugnable, y lo defendíamos con sudor y sangre (las rodillas destrozadas de tirarnos en la tierra) del enemigo invasor: los escasos automóviles que pasaban por el camino, dos metros debajo de nosotros.
Tan solo eran terrones de tierra los que tirábamos, las piedras estaban prohibidas, que no éramos tan gamberros, pero las corridas y las risas después de una diana, eran apoteósicas.
Entonces llegó. Blanco y con el techo negro, más largo que un día de escuela. Era un Dodge Dart, y dentro nada menos que un “jodechinchos” (en jerga, el típico veraneante forastero, casi siempre del interior del país, tirando más bien hacia el centro de la Meseta). No fallamos ni un tiro, y sin embargo ni frenó, siguió su camino como si nada, como el que oye llover. Mejor, así nos ahorramos la carrera. Solo las risas.
No habían pasado muchos minutos cuando, por detrás, algo grande, enorme, y tremendamente feo, se nos echo encima. Echamos a correr como posesos, aunque poco daban de sí las pequeñas piernecitas. Pudo agarrar a uno, al de siempre… a mí. No se si me llegue a mear encima, esa parte la ignora mi subconsciente, pero juro que cada vez que me cruzo con un bulldog veo su cara, y se me eriza el vello.
Trincado como un fardo, bajo su brazo derecho, me subió las tres plantas hasta el piso. Previamente me había sonsacado toda la información necesaria que este chiquitajo, esmirriaducho, fue incapaz de negarle.
Llamó al timbre de la puerta. Yo era incapaz de llorar del espanto que llevaba. Mi madre abrió.
- Señora, esto que traigo aquí no es un niño, esto es un bicho con pantalón corto.
Mi mamá me miró, solo un segundo, luego miró fijamente a aquel hombre. No pronunció  palabra. Le soltó un guantazo que temblaron los cimientos del edificio. El me soltó a mi, y yo solté… yo no solté nada, pero salté como un gato dentro de la vivienda. Ella cerró la puerta de golpe, dejando al gigante, de sandalias con calcetines blancos y bermudas, plantado sin saber como reaccionar. Al fin se dio media vuelta y se fue sin más.

Lo siguiente, y final, ya fue tan solo un monologo de su zapatilla izquierda en mi trasero.

- Foixos -

11 comentarios:

  1. Me has hecho recordar episodios de mi niñez junto a mi pandilla. Muy bien contado Foixos.

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    1. Gracias Amparo, son recuerdos que siempre están presentes. A pesar de todo, los 60 para mi fueron muy entrañables.

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    1. Lucrecia, gracias son parte importante de mi vida estos recuerdos que hoy estoy compartiendo con todos vosotros

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  3. Muy bueno, Reca. Este relato creo que no lo había leído aún. Muy interesantes tus recuerdos, espero seguir leyendo más. Un abrazo.

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    1. Rafa, sabía que aún no lo habías leido, por eso tenía un poco más de interés en publicarlo.

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  4. Muy bueno, Reca. Este relato creo que no lo había leído aún. Muy interesantes tus recuerdos, espero seguir leyendo más. Un abrazo.

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  5. Estupendo, ambientado de forma única y te teletransporta al instante, nada más empezar. Mis más sinceras felicitaciones.

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    1. Mi buen amigo Pernando Gaztelu, que gusto volver a hablar contigo otra vez (después de las lagrimas). El recordar la infancia con claridad es una mala señal... a más años cumplidos más claros los recuerdos...Uf.

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  6. Los recuerdos de los 60 son imborrables y no nos avisaron de su importancia. También son los míos. Me ha encntado.

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    1. Muchas gracias Malén, tienes toda la razón. Un beso

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