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jueves, 26 de marzo de 2015

Buffet Libre



Reunido el jurado de Valencia Escribe, formado por los administradores de la comunidad y colaboradores externos al proyecto, se ha llegado a la siguiente conclusión: De los 170 relatos presentados serán publicados la mitad. Queremos dejar constancia de la dificultad que ha tenido el proceso de selección y el hecho de que algunos textos han sido rechazados por tener exceso de palabras.  Muchas gracias a todos por vuestra colaboración. Se publicarán en el libro  Buffet libre los siguientes relatos:


Los entrantes:

Romance, de Concha García Ros
Ruptura, de Malén Carrillo
107 10.48 Pawel Walczak, de Marco Antonio Torres Mazón
Cumpleaños, de Lu Hoyos
Nostalgia, de Marga Alcalá
La importancia del apellido, de Malali Martínez
Primera y última cena, de Nicolás Jarque
Acorralado, de David Rubio Sánchez
Ensalada de tiros, de Rafa Sastre
El cumpleaños de Natalie, de Amparo Hoyos
Entrantes sin reducción, de José Luis Sandín
Amarga cena, de Mauro Guillén
Maldito Ransés, de Vicente Carreño Freire
Contemos con ellos, de Rosi Serrano Romero
La mejor medicina, de Susi Bonilla

Los primeros platos:

Cerrando el círculo, de Concha García Ros
El cowboy, de Javier Vayá Albert
Artillería napoleónica, de Fuensanta Niñirola
El rescate, de David Rubio Sánchez
La venganza se sirve fría, de Rosi Serrano Romero
Curro, de Marisabel Peral del Valle
Una nostálgica melodía, de Amparo Hoyos
Regreso al pasado, de Vicente Carreño Freire
Vacío, de Esther Moreno
El bodegón, de Lu Hoyos
Una buena cocinera, de Malén Carrillo
El pretendiente, de Rosa Pastor Carballo
Primer plato, de Nicolás Jarque
Cena para dos, de Mauro Guillén
Manos sucias, de Susi Bonilla

Los segundos platos:

Opera, de Javier Vayá Albert
Eufemio y Leonora, de Lu Hoyos
La niña del abrigo rojo, de Amparo Hoyos
La última cena, de Nicolás Jarque
Desorden, de  Kristina Yanavichyute
Foie, boletus y perpignan, de Luisa Berbel Torrente
Trampa, de Malén Carrillo
Los segundos platos, de Marisa Martínez
El amante, de David Rubio Sánchez
Je suis Charlie, de Vicente Carreño Freire
Premio y castigo, de Eulalia Rubio
Mood Indigo, de Rafa Sastre
Trío, de José Luis Sandín
Culpable, de Mauro Guillén
Conocimientos de mecánica, de Concha García Ros

Los postres:

La reclamación, de Javier Vayá Albert
La cena, de Marisa Martínez
La silla vacía, de David Rubio Sánchez
Deseo cumplido, de Rafa Sastre
Música para olvidar, de Amparo Hoyos
Milhojas natural, de Esther Moreno
Pequeñas quimeras, de Malén Carrillo
Siempre juntos, de Nicolás Jarque
23 grados al sol de enero, de Marga Alcalá
La elección, de Asun Ferri
Ay, Monterroso, de Mauro Guillén
Una cuestión de amor, de Malali Martínez
Metamorfosis, de Rosa Pastor Carballo
Iniciación, de Nico Aguilar
Se sirve fría, de Lu hoyos

Café y licores:

Café instantáneo, de Asun Ferri
La búsqueda, de Lu Hoyos
Ahogando la derrota, de Luisa Berbel Torrente
En la barra, de Amparo Hoyos
No quiero ser inmortal, de Vicente Carreño Freire
Dónde están los pájaros, de Malén Carrillo
Morting, de Susi Bonilla
Un silencio, de Rafa Sastre
Apurando el café, de Isabel Sifre
Lydia, de Marga Alcalá
La hora del té, de Rosi Serrano Romero
Tarde de domingo, de Esther Moreno
Dos vidas, de Nicolás Jarque
Con sal, de Pernando Gaztelu
Estilo, de Jorge Adrián Vajñenko






miércoles, 14 de enero de 2015

El pavo relleno de María Luisa y Carlos Augusto




Carlos Augusto era un tipo miedoso, asustadizo, impresionable. Un cagón. Cagón, pero justo. Carlos Augusto era un tipo justo. María Luisa era una chica muy simpática, habladora, echada para adelante y también era bajita. María Luisa María Luisa era petisa y tenía prisa por casarse con Carlos Augusto.

Pero Carlos Augusto se moría de susto cuando María Luisa le hablaba de la ceremonia y la misa. «¡Está loca la petisa», le decía a los amigos del barrio ¿Cómo podía querer casarse con él si él no se animaba ni a decirle a María Luisa que era linda pero era petisa ? ¿Y si la cosa no iba? ¿Y si ella se daba cuenta que a él todo le daba susto? Carlos Augusto la quería mucho, más que a nadie en el mundo y era justo que María Luisa quisiera casarse pero no justo cuando Carlos estaba tan a gusto viviendo solo…  

Pasó el tiempo y María Luisa probó con todo, pero nada funcionaba, hasta que un día la petisa le dijo a todo el mundo, incluido Carlos Augusto, que tenía mucha prisa. ¡María Luisa con prisa! Gritó a los cuatro vientos (muerta de risa) que se casaría con el primer hombre que le ayudara a preparar su comida favorita…

La risa de María Luisa caló hondo, muy hondo, en el susto de Carlos Augusto. ¿Cómo era posible que quisiera casarse con cualquiera que supiera sus gustos? «Eso no es justo», dijo desesperado Augusto. «¡Yo soy el único que merece sus caricias, sus brazos, sus besos y por qué no también su busto! Voy a decirle cuatro cosas, a esa moza, para sacarme este horrible disgusto…»

Y así fue Carlos Augusto a encontrarse con María Luisa que estaba en la cocina.

—¿Qué ha sido esa risa, esa burla, esa escaramuza?, dijo Carlos resentido.
—Ha sido lo que ha sido, una muestra de disgusto, mi querido Carlos Augusto.
—Pues sabes que sólo yo sé qué es lo que comes más gusto, ¿por qué llamas a todo el mundo?, ¿te crees muy lista, María Luisa?
—Lista no sé, pero harta llevo mucho…
—¿Y puede saberse por qué tienes tanta prisa?
—Pues porque lo necesito…
—¡Pero si estás guisando pavo!, tu…, mi…, comida…
—Sí, pero le falta algo, Carlos Augusto, le falta lo más importante…
—¿Qué quieres querida mía? ¿Qué quieres que te traiga, amor de mi vida? ¿Por qué me haces esto, si sabes que te quiero mucho? ¿Qué quieres, dímelo?
—Pues ya lo sabes, Carlos Augusto. Si me gusta tanto el pavo relleno y yo este pavo está bien caliente, yo pongo el pavo…
—Y yo ¿qué pongo?, dímelo, te escucho…
—¡Yo pongo el pavo caliente, y tu me lo rellenas, Carlos Augusto!

Así se le fue el susto, por fin, a Carlos Augusto y María Luisa se olvidó la ceremonia y de la misa.

Pavo Asado Relleno

Pernando Gaztelu, 2015

martes, 9 de diciembre de 2014

Regalo de Navidad




«Como cada adviento la preparación para la navidad es lo más importante en casa. Álvaro se ocupa de los villancicos, de organizar la cena y los encargos en general y yo me ocupo de los niños. El señor nos ha colmado con siete hermosas bendiciones en casa y gracias a él nunca nos ha faltado de nada.

Este año los niños han sido un poco traviesos y hemos pasado más tiempo —pensé que sería imposible pasar más todavía— en la parroquia para que el padre Benito, mi cuñado, nos echara una mano. La mala influencia de la escuela y los medios necesitan un esfuerzo adicional. El mundo ya no es el que era. Siempre he tenido completa seguridad en el Señor y en su eterna bondad y protección aunque el mal acecha a la vuelta de la esquina y tener a mano el teléfono de securitas-direct no está de más cuando hasta en política se ve asomar a bandidos y extremistas. ¿Qué se puede esperar de un país en el que por momentos todas nuestras bases parecen olvidarse, borrarse…? ¿Emerge una sociedad sin miedo?

El rasguito de las guitarras, los villancicos y el paso sigiloso —y raudo— del servicio preparando la mesa para la cena me tele-transportan. Dejo por un momento de pensar en esos bolcheviques, en los abortistas, en los rastreros que se aprovechan de los cuatro pobres que han cometido algún error haciendo política, actuando en beneficio de la mayoría. Esos que hablan tanto no se dan cuenta de que para mantener un país en pie a veces hace falta… ¡Adeste fideles! Es mi preferida. ¡El señor bendiga al gobierno y sus errores necesarios! José María, Ángela, cómo amo a mis dos hijos mayores, cómo adoro sus angelicales voces y la paz que da la navidad. ¡Dios bendiga al papa de Roma y a nuestros dirigentes!

Este año el plato principal lo elegí yo. Comeremos pavo. Estoy cansada del cordero, del marisco, de la ternera gallega y el pato a la naranja. Quiero que participemos de la gran cena en familia comiendo un gran pavo, como los antiguos cristianos. No puede faltar de nada, nunca ha faltado ni en la familia de Álvaro ni en la mía. Al esfuerzo y la constancia Dios los recompensa. Comeremos el pavo más grande que encontremos y Dios nos lo permite porque hemos trabajado duro todo el año, siempre, porque servimos al gobierno, porque pagamos nuestros impuestos y porque defendemos a nuestra patria como pocos lo hacen. María Isabel nunca lo entendería pero aún así y aunque acabe de romper medio juego de copas, sigue en casa. Se lo prometí a su padre en el lecho de muerte y nosotros siempre cumplimos esas promesas. La pobre, es difícil educarla en el bien común, como lo hace un empresario. Ella cree que somos unos hipócritas, unos mentirosos y desconoce todo lo que hay detrás para que viva decentemente gente como ella y su familia. ¡Pido al señor que esta navidad le ilumine para que comience a ver lo bueno de la economía de mercado!, para que se quite esas retrógradas ideas… ¡Dios Santo cuando me vino a hablar del coletas ese! ¡Vaya disgusto! Se dio cuenta al momento de su error y aunque no rectificó, supo callar todo lo que pensaba… Es un comienzo. Con el tiempo entenderá que los revolucionarios, que los radicales y los alborotadores son la lacra del mundo. Es una suerte que aceptara venir a cenar esta noche con nosotros, tengo todas mis esperanzas puestas en esa chica.

En la mesa éramos treinta y cinco. Parte de mi familia decidió ir al norte a pasar frío, algunos hermanos de Álvaro nunca vienen la cena de navidad y Luís está en la cárcel, el pobre. El marido de María Isabel parece sacado de una película americana de esas del Bronx. Le habíamos visto alguna vez por casa, pero nunca le había visto comer. Que desgracias tiene que haber pasado de pequeño para tragar con esas ansias, sin el más mínimo recato o pudor. Pareciera que se acaba el mundo detrás de esa pata de pavo... ¡Y ahora la coge con la mano! Pero por Dios santo María Isabel, chica, dile algo que está en mi casa y no en un corral… No puedo, voy a mirar para otro lado.

Ah, mi querido Álvaro brindando con Amanda, esa chica sí que ha aprendido nuestras costumbres y se ha integrado, hizo la confirmación y pasa más tiempo que nosotros en la iglesia con Benito. A veces pienso que…, pero soy una boba, qué pensamientos impuros, voy a tener que confesarme, si el pobre Benito es un santo. En fin, Amanda, el don de la belleza hecho persona y mi Álvaro la admira, normal. Ojala el mundo fuera como ésta, mi familia. Ahí está mi hermana menor, Inma, tan distinta a todos los demás que parece adoptada, la protegida de papá. Inteligente, capaz. Ha llegado a lo más alto de casi todas las empresas del IBEX 35, ¿quién podría creer la gran pena que lleva dentro?, lo que ha tenido que sufrir con lo suyo de niña y lo que hizo después de mayor que fue mucho peor. Seguramente el señor le ha perdonado, sino no estaría donde está. Hay que sufrir en la vida, es ley divina. El hombre debe sufrir. ¡Por Dios María Isabel dile algo a tu marido, que pare de comer como un mandril!»

Clin clin clin, suena una copa. José María se pone de pie.

—Hola a todos y ¡Feliz Navidad!
—Josemari, ¡qué sorpresa!, ¿tienes algo que contar?
—Sí mamá, llevo bastante tiempo esperando el momento y no sabes lo nervioso que estoy, pero sé que tengo que hacerlo…

«¿Nervioso, tengo que hacerlo? ¡Estúpido! ¿Cómo no me has dicho nada antes? ¿Hablar en público, delante de la familia? ¿Y tú? ¡Eres tonto hijo! Dios Santo ayúdame en este momento, sea lo que sea ya es malo…»

—Mamá, querida familia, amigos, ¡soy gay!

Una bruma espesa de silencio fue envolviendo los cubiertos que caían sobre el pan, sobre los huesos del pavo y las caras desencajadas hasta crecer en un vacío que dejó sin respiración a la gran mayoría de los comensales.

De pronto, como si un cuchillo tratara de cortar pan recién horneado, los aplausos de Carabajal —pareja de María Isabel— quebrantaron la parada cardiaca de los familiares de José María.

—¡Bravo chavo! ¡Pero qué huevos tienes!— dijo mientras acompañaba con una carcajada el crepitar de sus aplausos.

Álvaro había corrido a sostener a su mujer del inminente desvanecimiento. Mientras estaba en sus brazos tratando de reponerse, la poderosa carcajada de Carabajal le dio la fuerza suficiente para ponerse en pie y dirigirse a todos.

—Hijo, ya hablaremos. En la viña del señor hay de todo, bueno y malo y no hay enfermedad que no se pueda curar, incluso la del corazón. Y usted señor, por favor, respete un poco esta casa y nuestras costumbres… Que tengan todos feliz navidad, si me disculpan…

«¿Cómo se le ocurre a este subnormal? Dios, ¿qué te hemos hecho?, aún no me has perdonado por mi desliz con esos alumnos de secundaria… ¡Dios mío! Pago el diezmo y más, doy todo a la iglesia, a la conferencia episcopal, a los seminarios, al gobierno y a las instituciones que… Necesito descansar. Esto debe ser una pesadilla, tiene que ser una pesadilla.»

Estaba ya de espaldas camino a las escaleras cuando Carabajal tomó la palabra.

—Dijculpe si la ofendí señora, no era m’incensión.

Se detuvo un segundo, titubeó en girar la cabeza o seguir subiendo y luego coronó el primer escalón sin hacer el menor caso.

—Lo que sí, no sé si sabe, pero ser gay no e’ una enfermedá, ¿a que no? —giró la cabeza Carabajal buscando aprobación entre los asistentes. Todos le miraban sin decir una palabra. Jose María le sonrió con lágrimas en los ojos.

—Mamá, espera un segundo. ¿Cómo puedes…?

La dolorida madre se detuvo. Giró bajando la mirada para descender un escalón y no terminó de hacerlo. Volvió a apoyar los dos pies en el mismo escalón y respiró hondo mirando a su hijo a los ojos con tristeza.

—¡No lo eres! ¡No eres gay y nunca lo serás! ¡Y todas esas ideas tuyas, todas nuestras conversaciones inacabadas y todo eso que sé y que nunca me dijiste ni me dirás, todo eso no existe y nunca existirá! ¡Mírate! ¡Mírate y mira a ese gilipollas defensor tuyo! ¿Crees que sois iguales? ¿Crees que porque te aplauda un asilvestrado como ese vas a ser distinto a nosotros? Hijo, siempre has sido diferente, lo sé, pero eres menos diferente de lo que tú crees…

—¿Tu crees mamá? Soy bastante diferente. Soy diferente a ti y a la mayoría de los de nuestra familia. Yo he tardado en decirlo, pero lo digo y ya no hay vuelta atrás, porque era mi condena y me he liberado. He esperado hasta tener todo preparado y ahora ya no me importa nada. He logrado joderte la gran fiesta mamá, este paripé mamá. ¡Sí! No pongas esa cara, ¡eres tú la que está enferma! Estás enferma de falsedad. Toda tu puta vida mintiendo. Ay, ha dicho «puta»… ¡Es sólo una palabra mamá! Inofensiva comparada con lo que hace papá con Amanda, ¡eso sí que es pecado! y todo delante del padre Benito que también come de ese plato, ¡que aproveche tío! Y lo que hizo el abuelo con la fulana esa que trajo el gen triunfador a la familia, ¡felicidades tía Inma, eres la mejor de los nuestros! Todos tienen sus mierdas y todos las guardan y todos a callar y a rezar y a misa y la madre que nos parió. ¡Basta! ¿Sabes qué? Yo soy cristiano y sé que no hace falta toda esta mierda para serlo. Ni el pavo, ni los villancicos, ni los adornos, ni las megalimosnas nos van a traer a Jesús. Me voy con mi novio. Sí, mi no-vi-ooo. Y que te quede claro, tampoco soy de derechas, ni del opus, ni toda esa porquería. Soy un tío normal que piensa por sí mismo. Hazte a la idea o sigue mintiéndote. Me voy. Que tengan todos una muy feliz navidad.

José María tecleó algo en su móvil, una bocina le respondió desde fuera de la mansión y los aplausos de Carabajal acompañaron el desvanecimiento de la anfitriona, el portazo de Inma, la discusión entre Álvaro, Amanda y el padre Benito que eran fotografiados por el resto de los hermanos. Sólo Ángela fue a recoger a su madre al principio de la escalera adornada en rojo y blanco. Yacía de lado llorando, cubriéndose para no ser vista.

—Mamá, ¿estás bien?, ¿Mamá?
—Vete. ¡Déjame!
—No Mamá. No voy a dejarte, eres mi madre, te quiero como eres, mamá…
—¡Calla! ¡Para de llamarme así, si ni siquiera soy tu madre!

La joven se levantó y retrocedió lentamente sin quitar la vista a ese cuerpo con vida que yacía solo, cubierto por un brazo. Nadie cerró la puerta al salir.





Pernando Gaztelu

 




 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Carpaccio




—Te preguntarás por qué te he citado y no a tu padre.
—¿Querías hablar negocios o de mi padre?
—¿Te ayudo a elegir?

Silencio.

—Estoy a cargo mientras vuelve.
—Interesante «¿no tienes ni puta idea de dónde está …?»; debo tomarte en serio entonces …
—¿Qué sugieres?
—El carpaccio, es italiano…

Hablan de negocios. Instintivamente Francesca clava su mirada en Salinas.

—Salinas, este carpaccio es sublime. Sono nel piemonte con il papo Giovanni…
—Seguramente... col tuo caro papa… «ese hijo de puta ya no ríe ni canta, ¡pero qué carne! Fina, finísima, tierna, sabrosa…».  ¡Nueva etapa! ¡Viva la Famiglia!
—¡Bravísimo!

domingo, 16 de noviembre de 2014

AMNESIA


Le invadía una fuerte enfermedad cada vez que tocaba esos venenosos labios.
El diagnostico oficial era que padecía una demencia senil de tipo Alzheimer; un caso de mal neurodegenerativo que actuaba de una forma peculiar; algunos días olvidaba comer la ensalada verde y se pasaba directo el corte, otros días olvidaba las llaves del auto, la televisión encendida, levantar la tapa del baño.

Hoy por primera vez olvidó que estaba casado, también que su esposa tenía un arma.
Alejandro Ramos Ayala


ENSALADA DE TIROS



Mientras el sargento examinaba el cadáver tendido sobre la lujosa moqueta del "Bocatto di Cardinale", Granger introducía un índice en los spaghetti alla putanesca y se lo llevaba a la boca.
- Inspector, tiene toda la pinta del típico ajuste de cuentas entre familias rivales. El cuerpo de Cotugno ha sido acribillado. Subfusiles Thompson, probablemente.
- Novak, me importa un comino el asesinato. Lo que resulta intolerable es que a esta salsa no le hayan añadido alcaparras. ¡Es un restaurante de cinco tenedores, por el amor de Dios! Detenga al chef y no olvide leerle sus derechos.


Rafa Sastre

PEQUEÑOS DETALLES


Imagen procedente del blog DELVALLEPARATODOSRADIO 


Era nuestra primera cita en un restaurante de moda. Los contactos vía internet resultan muy impersonales. He de reconocer que toda ella me atraía. Pedimos los entrantes mientras degustábamos un aperitivo. Quería que saliera bien, pero estaba demasiado nervioso. La veía desnuda acariciando su copa fría. La conversación era banal. Desmenuzaba mi roti y ella sorbía la vichyssoisse con devoción. La imaginaba en otro contexto devorándome entero. Mi mente viajaba muy rápida.
Y entonces sucedió, el picor de mi nariz se convirtió en un estruendoso estornudo propulsor de la ensalada que acompañaba mi plato. La despedida fue en verde.
Malén Carrillo (Maga)