El tipo que vestía disfraz de esqueleto tenía apoyada en mi
sien una pistola. Su compinche, camuflado de momia, vigilaba a los clientes. Justo
cuando les entregaba el saco lleno de dinero, irrumpieron en la oficina un
zombi, el monstruo de Frankenstein y la niña del exorcista. Al parecer eran
exmiembros de la misma banda, que venían a reclamar in situ su parte del botín.
Haciendo sonar sus sirenas, llegaron también varias unidades de policía. Jamás
viví un Halloween más sangriento.
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viernes, 30 de octubre de 2015
martes, 16 de junio de 2015
Sobrevivir
The Jazz Vocalist - Kyrre Gjerstad https://www.flickr.com/photos/kyrre_gjerstad/
En la residencia murmuran que estoy loco. Pero se equivocan, debieron ser las nuevas pastillas. Aquella tarde en el karaoke me sentía eufórico, más enérgico que nunca a pesar de mis ochenta y tres años. Por eso cuando Nati -una del coro- se desplomó muerta a mi lado, seguí cantando como un poseso “I will survive”.
lunes, 8 de junio de 2015
Inexplicable
Juro por Dios que no comprendo qué
cojones hago en un solitario snack-bar de Montana a la una de la mañana, y
menos con esta pinta. Sobre todo considerando que vivo en Cuenca, me llamo
Manolo, soy butanero y no tengo pajolera idea de inglés. Cruzaré los dedos para que no
entre ahora Maruja y me reconozca; hace unos días le prometí que había dejado
de fumar.
domingo, 7 de junio de 2015
Pretty woman
Hoy se cumplen tres años de mi llegada a Los Angeles. Y te puedo asegurar, Sam, que el día de mi éxito está cada vez más próximo.
Desde hace unas semanas tengo un empleo
fijo en la Warner. He estado ensayando. Todos los actores y
directores que pasan por el bar salen convencidos de que soy una sencilla camarera, cuando en realidad únicamente interpreto ese papel. Las
clases en el Actor’s Studio han sido caras pero bien provechosas, te lo garantizo.
Sam, he planeado algo: la próxima
vez que Marlon Brando venga acompañado y me pida un café, voy a representar la desatada escena de celos que Tennessee Wiliams escribió para una de sus obras. No es necesario
que te diga que quien no arriesga, no gana.
Porque
vine a Hollywood para triunfar, y pongo a Dios por testigo de que antes o después lo
conseguiré.
sábado, 6 de junio de 2015
La camarera del Titanic
Siempre quise ser submarinista.
Pero no una submarinista cualquiera. Una de esas que se sumerge en las
profundidades del océano para buscar tesoros formidables en viejos pecios
hundidos. La vida, sin embargo, no me ha ofrecido oportunidades. Cuando naces
en un villorrio de Dakota del Sur, a varios miles de kilómetros de la costa más
próxima, y te dejan preñada con diecisiete años, es difícil poder alcanzar alguno
de tus anhelos juveniles.
Ahora comprenderás, Harry, qué demonios
hago en este bar, sirviendo platos combinados, sándwiches, cervezas, café y
batidos de fresa o plátano a todos esos granjeros que se acercan con olor a
establo inmundo para hablar de la hermosura de sus cerdos o la última cosecha
de girasol.
Ahora comprenderás estas ojeras que
trato de disimular con maquillaje barato. Porque no consigo dormir por las
noches. Tengo miedo de volver a soñar que estoy allí abajo, casi en la zona
abisal, acariciando los restos de una muñeca de porcelana rescatada del Titanic, cuando se acaba el oxígeno de
mis botellas.
martes, 5 de mayo de 2015
El Cabanyal y los sentidos
Recorrer el
Cabanyal, compuesto por una red de calles de un trazado más que moderno si
consideramos su remoto origen, supone aceptar el reto de someterse a una
experiencia sensorial extraordinaria.
Porque en este
poblado huele, sobre todo, a ausencias. A ausencias cruciales, por cierto. Si agudizas
tu olfato, más que el salitre proveniente del mar que le dio la vida acabarás respirando
olvido, abandono, deserción…
También en
este distrito puedes escuchar el penoso rumor de la derrota. De existir barrios
triunfantes y barrios perdedores, el Cabanyal sería uno de estos últimos. Ya
son veinticinco años de agotadora resistencia, de lucha desigual contra un
poder aliado del capital y la burocracia que, como una metástasis, ha intentado
destruir poco a poco sus órganos vitales, pasando las facturas más amargas.
Aquí puedes
contemplar fantasmas sin demasiada dificultad. Porque es un camposanto de solares
y casas muertas; otras agonizan, próximas al último estertor. Muchas calles,
que se postulan para desiertos, solo registran un ánimo relativo a la salida de
los colegios y los días de fiesta o mercado. Afinando la vista cualquier tarde de
invierno, los espíritus de la gente que se rindió y acabó desahuciándose a sí
misma son tan perceptibles como el aire de levante.
En el
Cabanyal tampoco necesitas ser un consumado gourmet
para paladear los efectos de la artera revancha urdida por los hijos putativos
de Goliat. Al lado de éstos, aguardando en el banquillo su oportunidad, se
frotan las manos las demoliciones programadas, los ladrillos y el cemento, el negocio
fácil, las comisiones por cobrar. En suma, una codicia cruel e insaciable que
no envejece, que tiene el tiempo de su parte.
Pero en
este entrañable barrio no todo es triste, no todo es ruindad o ruina. Un
sentimiento de humanidad rotura los corazones. Produce hondas caricias que
estigmatizan tus recuerdos. Porque en el fondo de su tambaleante alma, en el
Cabanyal aún resta la energía de viejos vecinos, comerciantes, cofrades, hosteleros
y okupas unidos por un espacio, por un afecto. Ellos son los cimientos sobre los
que se levantará un futuro incierto; amable o devastador, quién sabe. Los
visitantes, tanto los que se acercan en verano a la arena para tostarse, como
los domingueros adictos a la gastronomía autóctona y jóvenes perseguidores de
diversiones nocturnas, constituyen una mera anécdota. Efímeros transeúntes,
cuya fidelidad nunca estará garantizada.
sábado, 28 de febrero de 2015
Desengaño
-Me aseguraste que cuidarías de mí,
que nunca me dejarías morir, que yo era tu cielo, tu sol y tus estrellas.
-Sabía que eras viejo y millonario,
pero no me imaginaba que fueses tan gilipollas, Mariano. Anda que...
viernes, 9 de enero de 2015
Monjas, cine y Rock & Roll
Mire, señor comisario: que yo no
digo que Sor Clotilde, que ojalá Dios tenga en su gloria, fuera mala persona, aunque un
poco rarita sí que nos parecía a todas. En el misal, en lugar de estampitas de
la Virgen o del Beato fundador de la compañía, guardaba fotos de actores de
Hollywood, todos los días antes de los maitines practicaba en mallas una especie
de gimnasia a la que llamaba aerobic o algo así y reveló a algunas hermanas su empeño en romper el sagrado voto de clausura el sábado de los acontecimientos para asistir
a un concierto en el Rockódromo. Advertida de ello, la Madre Superiora la había
castigado, encadenando a su pierna una bola de plomo. Pero ni por esas: el
demonio hizo bien su trabajo y se la quiso llevar con él.
Rafa Sastre
martes, 23 de diciembre de 2014
Ni muerta
Spectral Device No. 2. Science Rends the Veil © Edward Bateman, USA
Franklin H. Manson, además de
notable inventor, era un sádico impenitente. No contento con cargarse a su
esposa, convenciéndola de que bajase a un pozo en medio del desierto para
recoger el dólar de plata que aseguró le había caído y dejarla allá abajo,
abandonada a su suerte, este criminal ideó un artilugio que combinando una
serie de extraños gases y electricidad, revivía el espíritu de la finada para
torturarlo psicológicamente.
—
¿Qué me cuentas hoy, Florence? ¿Tienes algún vecino
nuevo?
—
¡Maldito hijo de puta! ¿Pero no me vas a dejar en paz
ni muerta? Estaba jugando al bridge con mis colegas y les estaba zurrando de lo
lindo…
—
¡Venga ya! Pero si no has visto una baraja en tu vida.
—
Mister Reynolds me ha enseñado a jugar. Es un perfecto
caballero, no como tú, cretino. También tuvo mala suerte con su matrimonio. Su
mujer le envenenó con belladona para cobrar la herencia y librarse de él. Es
una pelandusca de cuidado.
—
O sea, ¿Qué la viuda Reynolds está forrada y le va la
marcha? Dame algo más de información, Flo. ¿Dónde vive? Igual me interesa
entablar relaciones con esa pobre mujer y aliviar su sufrimiento.
—
Ni lo sueñes, majadero. Ya veo por dónde vas, pero te
vas a quedar con las ganas.
—
Bueno, tú lo has querido. Voy a dejar tu ánima aquí
suspendida hasta que cantes por soleares.
—
¡Eres un
deficiente mental, Frank! ¡No entiendo cómo me casé contigo! ¡No tienes remedio!
lunes, 8 de diciembre de 2014
Hambre y navidades
Escaparate, Robert Doisneau, 1947
Fueron
duros aquellos años de la posguerra, sin mi padre. Mamá se comportaba como un
fantasma viviente, y cuando llegaban el invierno y las fiestas se angustiaba
aún más. Dedicada a limpiar en casa de unos ricachones, sacaba las perras justas
con las que comprarnos aquellos detestables boniatos que constituían, junto con
las patatas y algo de arroz en días muy señalados, nuestra dieta habitual.
En el pueblo ya solo nos quedaba el tío Perico, el cuñado de mi madre, mucho más
mayor y tan empobrecido como ella. Pero sin que nadie lograse averiguar cómo,
aquel hombre conseguía todas las Navidades un sencillo juguete para mi
hermanita Carlota y otro para mí. Cuando le preguntábamos de dónde habían
salido los regalos, respondía circunspecto.
-- Los han dejado a la vera del hogar los Reyes Magos.
-- Y a ti ¿qué te han traído, tío?
-- Carbón, un carbón muy negro, pequeñajos.
-- Carbón, un carbón muy negro, pequeñajos.
Y cuando lo
decía, nos quedábamos boquiabiertos contemplándole, pensando que el tío Perico
era demasiado bueno para merecer ese cruel castigo.
jueves, 4 de diciembre de 2014
El Presidente
-Comprenda usted, doctor, que nunca
antes en la historia había recaído tanta responsabilidad en un solo conejo...
-Lo comprendo, Mister Rabbit, pero
diré a su favor es usted muy inteligente, que no tiene nada que temer. En estas
sesiones vamos a trabajar su autoestima. Presumo que en pocas semanas se habrá
convencido de que tiene las capacidades y aptitudes necesarias y suficientes
para gobernar con talento este mundo de locos.
-¿Usted cree? ¿De veras piensa eso?
Porque, los de su especie me la tienen jurada... Piensan que un mamífero
lagomorfo no reúne las cualidades mínimas exigibles a un Presidente del
Universo.
-Le confesaré la verdad: yo no le
voté, apoyé a Mister Dolphin, es evidente que tiene el cerebro más grande que
el de usted y el programa electoral era más atractivo que el suyo. Pero por
supuesto, nunca hubiese votado a Miss Mouse, siempre me ha parecido ladina y
retorcida, le encanta andar entre la basura.
-Desde que prohibieron a los
humanos gobernar, sus rencillas se trasladaron al mundo animal. Fíjese que
antes era el hombre contra nosotros y nosotros contra el hombre. Ahora, además
de ese enemigo secular, ya de por sí peligroso, hemos de enfrentarnos a
nuestros propios miedos y las incompatibilidades naturales se han convertido en
odio y envidia.
-Efectivamente, Mister Rabbit. La
secuencia será siempre la misma, gobierne quien gobierne. Pero si he de serle
sincero, prefiero que la sociedad esté administrada por los animales, aunque
sean salvajes, o mejor si lo son, que por otro humano. ¡Adonde han llegado las
cosas!
Rafa Sastre
Locos
-Doctor, pienso que esas píldoras
que me recetó no han servido para nada, sigo creyendo que soy un conejo.
-Bueno, Edward, no se impaciente.
Considere que solo lleva una semana de tratamiento. Es pronto para evaluar la
efectividad real de esta novedosa medicación.
-Sí, claro, es fácil para usted
decir eso pero ¿qué opina de estas orejas larguiluchas y el rabo en forma de
pompón?
-No se preocupe, hombre… Su mente
está somatizando esa neurosis obsesiva. En cuanto acabemos con ella, todo
quedará solucionado.
-¿Entonces?
Rafa Sastre
domingo, 30 de noviembre de 2014
La bestia
© Constanze Kratzsch, Germany
Hoy es jueves
3 de junio de 1971. Me llamo Ralph Carroll, pero en los rings me conocían como La Bestia Carroll. Y no andaban desencaminados
quienes eligieron ese apelativo. Porque al final, la bestia que llevaba dentro surgió
aquel maldito 18 de octubre de 1954 en el que maté a un hombre en el Legion
Stadium de Hollywood.
Yo tenía
veinticinco años. Ray Crawford, de San Diego, solo treinta y tres. Casado y con
dos hijos, estaba a punto de retirarse. Me ensañé con él sin ser necesario, ya le
había derribado en tres ocasiones. El
combate estaba ganado y Bobby me rogó en la esquina que tuviese compasión. Pero
desatendí las instrucciones de mi preparador. No sé cuál pudo ser la razón, no
intentaré justificarlo argumentando que Ray me recordaba mucho a un blanquito llamado
Eddie, algo mayor que yo, que cuando éramos críos puteaba constantemente
a nuestra pandilla en las sucias calles de un suburbio de Filadelfia.
Tampoco culparé al entrenador de Ray, que pudo lanzar la toalla y no lo
hizo, o al referí que no detuvo la pelea a tiempo de salvarle la vida. Porque
el que acabó con ella fui yo, con aquel golpe definitivo que me ha atormentado
desde entonces, con el que he soñado de noche y de día durante casi diecisiete
años.
No alcancé
la redención al retirarme completamente de la práctica de ese mal denominado
deporte. No alcancé la redención cuando fui ordenado pastor de la iglesia baptista.
No alcancé la redención por permanecer cinco años en África ayudando a los
necesitados. Pero hoy soy feliz, porque el día de mi redención ha llegado.
Quiero que después de que me vuele la cabeza aquí, en el hall del Hospital de
la Universidad de California, extraigan mi corazón y se lo implanten a Andrew
Crawford, el primogénito de Ray que está ingresado en el centro y necesita perentoriamente
un trasplante para sobrevivir.
Rafa Sastre
sábado, 8 de noviembre de 2014
viernes, 31 de octubre de 2014
La euforia
Los niños se unieron y se rebelaron contra aquellos adultos
ineptos que, a base de despropósitos, estaban destrozando su futuro. Cuando se
cumplía el tercer día del tercer mes de los enfrentamientos, Carlitos
compareció ante una masa que recibió emocionada y enloquecida la noticia de un
triunfo sin paliativos.
lunes, 27 de octubre de 2014
Amistades
"Special date" by Nils Breiner
- ¿Cómo acabó en el estanque tu vieja camioneta, Zack?
- Perdí una apuesta.
- ¿Qué tipo de apuesta?
- Aposté con Graham mil dólares a que flotaba.
- Eres idiota.
- Ya, pero es mi amigo y necesitaba ese dinero.
miércoles, 15 de octubre de 2014
Lírica in extremis
Siempre
fue devota de las metáforas. Recuerdo claramente sus palabras antes de
abandonarme: “Eres tan patético como un viejo saxo sin el músico capaz de
sacarle alguna nota”
miércoles, 19 de febrero de 2014
El filósofo del espray
La noche había sido horrible. Mónica,
mi esposa, instalada en el baño por obra y gracia del virus de moda, no
consiguió relajar las tripas hasta que expulsó su primer biberón y Laura, la pequeña,
requería mi permanente compañía debido a unas inoportunas pesadillas. Para
acabarlo de arreglar, el gato, sensible a tales eventualidades, no cesaba de maullar
y merodeaba arriba y abajo, impidiéndome también conciliar el sueño.
A primera hora de la mañana bajé medio
zombi a la calle. Después de desayunarme el coche grafiteado, negro sobre
blanco, con la leyenda “LA VIDA ES INJUSTA” y acordarme de la santa madre del ocurrente
filósofo del espray, salí al trabajo disparado. Tan disparado, que no conseguí
frenar a tiempo en un semáforo e hice añicos los cuartos traseros de un
utilitario.
Tras cumplimentar con la víctima
los inevitables papeles para el seguro y mientras seguía conduciendo, en la
radio anunciaban la enésima subida de la factura eléctrica, el establecimiento
de nuevos impuestos y más recortes en sanidad y educación. Para compensar, el
gobierno aseguraba que, gracias a Dios, la economía se estaba recuperando.
Llegué casi con una hora de retraso
a la oficina. Pérez, el jefe de personal más canalla que uno pueda imaginar, me
recibió en su despacho para comunicarme con su detestable retórica que el ERE
presentado por la compañía había sido resuelto favorablemente, por lo que a
finales de mes causaría baja en la empresa. Me pareció muy chocante recibir el
pasaporte justo cuando los sursuncordas patrios predicaban la aparición de la luz
al final del túnel. Imagino que ellos y el resto de la sociedad transitamos por
diferentes subterráneos.
Me correspondían varios días de
vacaciones y, como después de dejarme los cuernos allí durante más de dieciocho
años no entraba en mis planes regalar a esos desagradecidos ni una centésima de
segundo del resto de mi existencia, reuní mis trastos en una caja de cartón y
me despedí con rapidez de los pocos compañeros que de verdad merecían dicho
apelativo.
Estaba nervioso cuando me puse de
nuevo al volante. Decidí que la mejor forma de relajarme sería almorzar en un
chiringuito frente al Mediterráneo. Para ser invierno, el día pintaba soleado y
una suave brisa soplaba de poniente. Perfecto para instalarse con una birra y
un bocata de calamares ante la arena de la Malvarrosa viendo pasar los yates y veleros
de toda esa gente, libre de crisis y preocupaciones, a la que no le importa un
comino los problemas de los demás.
Estacioné en un aparcamiento de la zona
azul completamente desierto, evitando darle propina al gorrilla cuya ayuda ni
solicité ni necesité, y me encaminé al kiosko más próximo. Tras el carajillo,
después de declinar el establecimiento de relaciones comerciales con tres
amables vendedores africanos, me quedé traspuesto y solo al cabo de una hora,
la sirena de una ambulancia que circulaba por allí consiguió reanimarme.
Volví al coche y esta vez los
chascos fueron dos. Uno, la multa del “agente de la ORA”, una denominación que
podría utilizarse en un serial de espías, siempre y cuando al protagonista no
lo disfrazaran como a nuestros paisanos. Otro, un neumático rajado, delito cuya
autoría enseguida atribuí al gorrilla insatisfecho –y por cierto desaparecido-
aunque, a fuer de ser sincero, no disponía de pruebas fehacientes para
incriminarle.
Sustituí la rueda y luego fui a un
taller a comprar otra. Superada ya la hora de la comida, pensé que sería una
excelente idea sorprender a las niñas a la salida del colegio y merendar con
ellas algo de la basura americana que les chifla. Ya relataría a Mónica las
malas noticias en casa, más tarde. Iba hacia la escuela cuando tuve que parar para
atender una llamada en el móvil. Era mi hermano Carlos; acababan de ingresar a nuestro
padre de urgencia en el hospital, había sufrido una apoplejía.
Doblé en la primera esquina y puse
rumbo al Clínico. Cuando llegué, mi madre se lanzó sobre mí, abrazándome. “Está
muy grave”, dijo entre sollozos. “Tranquila mamá, saldrá de ésta, como siempre.
Es fuerte”, fue lo primero que se me ocurrió contestar. Al cabo de más de dos
horas acudió un médico para informarnos que lo tenían en la Unidad de Cuidados
Intensivos. “Ahora está estable, vamos a vigilar su evolución. Váyanse a casa,
aquí no pueden hacer nada. Si ocurriese algo les avisaríamos de inmediato.
Pueden volver mañana a mediodía, les permitiremos verlo durante quince
minutos.”
Entré en mi domicilio a la hora de
cenar y antes de que pudiera destapar la boca para empezar a contar las terribles
experiencias que ese día me había deparado, Mónica lo soltó de sopetón, sin
anestesia: “Hola, cariño. ¿Sabes que me han dicho que cierran la librería del
barrio?”
Fue la
gota que colmó el vaso de mi paciencia, de mi estabilidad emocional, de esa flema
personal que bajo ninguna circunstancia debe confundirse con el nauseabundo “meninfotisme”(1) que suele adornarnos. Me
acerqué apresurado al armario de las herramientas y en uno de sus estantes
encontré dos espráis de pintura negra que alguna vez, por olvidados motivos, había
comprado en la tienda de los chinos. Reposaban, pacientes, aguardando su
momento de gloria. Esa noche me hinché a rotular vehículos en la Avenida de
Aragón con la incontestable sentencia de mi querido colega: “LA VIDA ES
INJUSTA”.
(1) Meninfotisme: en lenguaje valenciano, actitud consistente en mostrar indiferencia y desinterés por todo, incluso por cosas que habrían de preocupar o interesar . Es una característica atribuida a buena parte del pueblo valenciano.
domingo, 16 de febrero de 2014
Desmontando a Gustav
1
“Lego al mundo el maravilloso
descubrimiento del mestizaje de las especies. Aún recuerdo cuando en mi
juventud intentaba el cruce de moscas y arañas, de arañas y lagartos, de
lagartas y gatos, de gatas y perros, de perras y leones. En tales casos el
primer animal sucumbía, devorado o destrozado por el segundo. Pero, aunque amigos
y familiares se mofaban, yo proseguía mis investigaciones entre impertérrito y entusiasmado.
Comprendí que existen criaturas
incompatibles con otras y, espoleado por la idea de experimentar con nuestro
propio género, en 1952 yo mismo me apareé con Gladys, la legendaria osa patinadora del Circo Ringling. Al cabo de
varios meses nació Ringo, nuestro precioso hijo, el primer grizzly híbrido de
la historia, al que eduqué personalmente en la disciplina humana. Con mucha dedicación
e infinita paciencia he conseguido que articule algunas palabras; también que
lea y escriba con fluidez, esto último sirviéndose de un artilugio especial que
ordené fabricar a la medida de sus enormes pezuñas. Fuma habanos, disfruta en
el cinematógrafo con las películas de Humphrey Bogart y adora el jazz, el be-bop en concreto. Come algodón de
azúcar y le pirra montar en los autos de choque de Coney Island. Si bien es
clavadito a su madre, representa el triunfo de la ciencia sobre el
escepticismo, los prejuicios y el conservadurismo más recalcitrantes.
Vaya desde aquí mi sincero perdón a
aquellos biólogos que tacharon de farsa mis éxitos, que me vilipendiaron y
calumniaron por razones que ellos
conocerán. Solo espero y deseo que mi trabajo sea rememorado, que pase a los
anales de la genética con el honor que merece.
En este libro revelo con todo lujo
de detalles los secretos acerca de mis investigaciones. Confío en que su
lectura animará a jóvenes científicos a tomar el testigo que la enfermedad que
me mantiene postrado me obliga a ceder irremisiblemente.” (1)
(1) Extracto
del prólogo a “El desafío evolutivo.
Manual para la simbiosis de los especímenes terrestres” (Apocalypsis
Editions, 1960), escrito por Gustav Yurinsky Jr. dos años antes de su
defunción.
Ringo, a la edad de cinco años, divirtiéndose en la feria local
2
“Gustav Yurinsky Jr. tan solo contaba
42 años cuando falleció en la primavera de 1962, tras una larga y terrible dolencia.
Tengo ahora 20 años, lo cual es mucho para un grizzly como yo. Creo que ha llegado el momento. Antes de traspasar
la negra barrera, me siento obligado a declarar la verdad sobre los estudios de
quien estaba convencido de ser mi padre. Porque hay que reconocer que su vida
fue un auténtico fiasco. Cuando Yurinsky ayuntó con Gladys, desconocía que ella ya estaba preñada de Fenton, el oso que hacía malabares con
antorchas encendidas mientras rodaba con una bicicleta por un alambre a diez
metros del suelo. Fue mi propia madre la que me lo confesó, en nuestro propio
lenguaje úrsico, durante una de mis escasas visitas a la sucia jaula que ocupaba
en aquel maldito circo. También me aseguró que Gustav no dejaba de acosarla y
abusar sexualmente de ella, con la finalidad de proporcionarme un hermano.
A pesar de su locura, de su
compulsión obsesiva por unos experimentos disparatados, contrarios a cualquier
lógica y ética natural, agradezco a mi falso padre que me mantuviese alejado de
aquel inmundo negocio, donde los animales son vejados y maltratados de forma sistemática.
También he de reconocer el tremendo esfuerzo que mostró para adiestrarme en la
lectura y la escritura, gracias a lo cual he podido deleitarme con las grandes
obras de los clásicos americanos: Poe, Melville, Twain y tantos otros. Ello
también me ha permitido ganarme la vida decentemente como crítico literario en Time ya que, como el solfeo y la
interpretación musical, los números nunca se me dieron bien, jamás logré pasar
de la tabla del dos.
Sin embargo, a través de estas breves
líneas deseo expresar mi ardiente deseo de que los discípulos de Gustav Yurinsky,
si es que alguna vez llegó a tener alguno en cualquier recóndito rincón del
planeta, renuncien a continuar unas investigaciones abocadas al más estrepitoso
fracaso. Soy un triste embuste cubierto de un espeso pelo parduzco. Ustedes
dirán que podría o debería haber declarado todo esto hace mucho tiempo. Tienen
razón, es cierto. Pero comprendan que, aunque no soy humano y nunca lo seré, en
mi interior albergaba serios temores acerca de las consecuencias ulteriores, de
la imprevisible reacción de esos miles de personas que cada semana han seguido fielmente
mis artículos en esta revista. Revista, por otro lado, que confío me contratase
atendiendo a mi destreza profesional y no a mi supuesta singularidad biológica.
Imploro ahora sinceras disculpas
desde esta eminente atalaya, por haber demorado la proclamación de la cruda realidad.
Solo me resta suplicar clemencia. Si, como se suele decir, errar es de humanos,
imagínense lo que puede hacer un plantígrado. Hasta siempre, mis queridísimos
lectores.” (2)
(2) Último
de los artículos publicados por Ringo Yurinsky en la columna titulada “Las osadías de Ringo”. Revista Time, 23 de Junio de 1972. Su autor
murió a principios del año siguiente en el Circo Ringling, que reclamó su
propiedad amparado en el contenido de esta publicación. En aquel cautiverio, Ringo
fue obligado a exhibir sus habilidades
literarias: los espectadores elegían tres palabras al azar y con ellas, en
cuestión de dos minutos, el inteligente grizzly
escribía en una pizarra un estimable microrrelato.
viernes, 10 de enero de 2014
Tensa espera
Ya me
estoy empezando a mosquear… Don Gennaro lleva
más de una hora confesándose con el párroco de este pueblo infecto, perdido en
medio de las montañas. En diez años a su servicio, es la primera vez que veo
entrar al viejo en un templo. Pensaba que a los capos se la sudaba Dios y los de
la sotana. Creo que el jefe comienza a chochear. Ayer sin ir más lejos, me
dijo que vivo en pecado con Donatella, que deberíamos casarnos por la iglesia.
¡Espero que no esté hablando precisamente de eso con el cura! Mi padre era anarquista
y le juré, convencido, que seguiría profesando su descreimiento. Me paso por el
forro el Estado, la religión y todo lo que huela a convenciones sociales. Adoro
a mi chica, pero antes de que me obliguen a casarme con ella, presento la
dimisión y nos largamos con viento fresco. Cruzamos el estrecho y nos instalamos
en Nápoles, allí trabajo no me va a faltar. Soy un profesional: nadie me iguala
a disfrazar de accidente un asesinato.
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