lunes, 8 de diciembre de 2014

NIÑEZ



Todos los días Miguel se paraba delante del mismo escaparate. Todos los días miraba los mismos juguetes que el dueño de aquel establecimiento había ordenado según su caótico sentido de la lógica; los minúsculos soldaditos de plomo se exhibían junto a los grandes peluches, las cocinitas al lado de los tanques de guerra, los cowboys se sentaban sobre las cajas de puzzles.
Por entonces tenía doce años y, al salir  de clase, prefería juntarse con un grupo de chavales del barrio rudos y pendencieros. Buscaba pelea. Y la encontraba. Volvía a casa cubierto de polvo y manchado de sangre, pero envalentonado por la victoria. Mamá y papá le recibían en casa enzarzados en una atropellada lucha por la botella de licor. Mamá, que siempre terminaba derrotada, aún guardaba alguna tierna caricia para él.


Aquel día llovía a cántaros y no quiso hacer novillos. Llegaba tarde y andaba a paso ligero por el pasillo del colegio. El director, como si le estuviera esperando, hizo un gesto para desviar su camino hacía el despacho. Con las manos en los bolsillos palpó el frío acero de su última aliada. En el mismo instante en que sintió los grasientos dedos del director en su entrepierna, el brillante rayo azul y punzante terminó con la vida del asesino de su niñez.

sábado, 6 de diciembre de 2014

¡FELIZ NAVIDAD!


-Hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro. ¡No me lo esperaba, te juro que era lo último que me esperaba!
-Pero ¿ha aparecido así, de sopetón, sin previo aviso?
-Como te lo cuento. Ha llamado a la puerta mientras estaba trasteando en la cocina con la música a todo volumen y he tardado un rato en oírlo. Cuando por fin he salido y lo he visto en el umbral con esa sonrisa alegre pero cansada después de dieciocho horas de viaje, me he abrazado a él llorando como una Magdalena. ¡Mi niño, mi niño…! Exclamaba una y otra vez. Él también lloraba aunque con los ojos secos. Casi me da un infarto.
-Hay que ver, quién nos iba a decir que Daniel con lo trasto que era iba a irse a trabajar al otro lado del mundo. ¿Y ha venido para muchos días?
-No, muy pocos, le han dado quince días en la empresa para que venga a pasar la Navidad con la familia porque están muy contentos con su trabajo. Allí cierran una semana pero, claro, él necesitaba unos días más para poder venir. Aún parece que no me lo creo, ¡que lo tengo aquí al alcance de mi mano, de mis abrazos!
-¿Y se va a quedar muchos años por allá?
- ¡Ay, querida vecina, eso quisiera yo saber! Él no me lo dice pero yo sé que está deseando volver, trabajar en Madrid o Barcelona porque aquí en la isla, como tú comprenderás, no hay nada de lo suyo. Pero es que tampoco hay nada en todo este puto país. Con los esfuerzos que tuvimos que hacer para que estudiara, toda la vida ahorrando para que se labrara un futuro y no tuviera que dedicarse a la pesca como su padre.
-Bueno, pero estarás orgullosa de él, ¿no?
-¡Orgullosísima! Lo miro y no me lo creo, se ha hecho todo un hombre y un hombre de mundo y está tan guapo!
-Pues mira, más vale que esté trabajando aunque sea tan lejos. El hijo de mi prima Loli, que es de la edad del tuyo, no quiso estudiar, se puso a trabajar en la obra como su padre y lleva seis años en el paro, no encuentra nada desde el  2009; y está fatal, hay días que ni se levanta de la cama.
-No, sí, claro,  ver a un hijo así debe ser lo peor que le pueda pasar a una madre. Pero yo me pregunto cuándo va a acabar esto; si mi hijo se va a enamorar de alguna americana y se va a quedar allí para siempre; si tendré algún día nietos y casi no los conoceré…
-Mujer, la vida da muchas vueltas. Nunca se sabe lo que nos depara el futuro.
-No, eso es verdad. Pero bueno, dejémonos de filosofías que me voy a preparar la cena de Nochebuena. Este año no me puede faltar nada. Quiero que todo sea perfecto. ¡Feliz Navidad! ¡Qué lo paséis muy bien!
-Lo mismo digo, Natalia, aprovecha todo lo que puedas estos días. Dale un abrazo de mi parte.

jueves, 4 de diciembre de 2014

El Presidente




-Comprenda usted, doctor, que nunca antes en la historia había recaído tanta responsabilidad en un solo conejo...

-Lo comprendo, Mister Rabbit, pero diré a su favor es usted muy inteligente, que no tiene nada que temer. En estas sesiones vamos a trabajar su autoestima. Presumo que en pocas semanas se habrá convencido de que tiene las capacidades y aptitudes necesarias y suficientes para gobernar con talento este mundo de locos.

-¿Usted cree? ¿De veras piensa eso? Porque, los de su especie me la tienen jurada... Piensan que un mamífero lagomorfo no reúne las cualidades mínimas exigibles a un Presidente del Universo.

-Le confesaré la verdad: yo no le voté, apoyé a Mister Dolphin, es evidente que tiene el cerebro más grande que el de usted y el programa electoral era más atractivo que el suyo. Pero por supuesto, nunca hubiese votado a Miss Mouse, siempre me ha parecido ladina y retorcida, le encanta andar entre la basura.

-Desde que prohibieron a los humanos gobernar, sus rencillas se trasladaron al mundo animal. Fíjese que antes era el hombre contra nosotros y nosotros contra el hombre. Ahora, además de ese enemigo secular, ya de por sí peligroso, hemos de enfrentarnos a nuestros propios miedos y las incompatibilidades naturales se han convertido en odio y envidia.

-Efectivamente, Mister Rabbit. La secuencia será siempre la misma, gobierne quien gobierne. Pero si he de serle sincero, prefiero que la sociedad esté administrada por los animales, aunque sean salvajes, o mejor si lo son, que por otro humano. ¡Adonde han llegado las cosas!

Rafa Sastre

Locos





-Doctor, pienso que esas píldoras que me recetó no han servido para nada, sigo creyendo que soy un conejo.

-Bueno, Edward, no se impaciente. Considere que solo lleva una semana de tratamiento. Es pronto para evaluar la efectividad real de esta novedosa medicación.

-Sí, claro, es fácil para usted decir eso pero ¿qué opina de estas orejas larguiluchas y el rabo en forma de pompón?

-No se preocupe, hombre… Su mente está somatizando esa neurosis obsesiva. En cuanto acabemos con ella, todo quedará solucionado.

-¿Entonces?

-Pues nada, continúe con las pastillas y vuelva tranquilo a su madriguera. Nos vemos la semana que viene.




Rafa Sastre