Fabián la acompañaba de nuevo a casa. No estaba muy contenta. Él, menos. Un gusanillo hacía mella en su alma convirtiéndola en un gran vacío de angustia. No entendía por qué había tenido que darle una sorpresa con toda la familia delante. No había querido aceptar el anillo. Le dijo que necesitaba tiempo. Aún no estaba preparada para decisiones tan importantes y él se había anticipado. Le aterraban los compromisos de por vida. La cara de decepción de los presentes le martilleaba el cerebro. La cena había resultado un auténtico fiasco. Ahora no hablaban. Ella iba sumida en sus pensamientos. Ya estaba atada libremente y él no lo entendía. Siempre eran sus historias y poca gente de su círculo les daba importacia. Sabía que era una adicta y que no podía pasar ni un solo día sin sentarse frente a la ventana y compartir durante horas cuentos y fantasías. Sus nuevos amigos del blog la acompañaban. Ella era feliz así. Él jamás lo comprendería.
domingo, 8 de septiembre de 2013
jueves, 5 de septiembre de 2013
Dime...
-Dime que me quieres, cariño.
-Te quiero, muñeca.
-Dime que me adoras, cielo.
-Te adoro, mi amor.
-Dime que me necesitas, osito.
-Te necesito, nena.
-Dime que nunca me abandonarás, vida mía.
-Nunca te abandonaré, princesa.
-Dime que nunca me abandonarás, vida mía.
-Nunca te abandonaré, princesa.
-Dime…
-Perdone, Susan, pero ya hemos
llegado a su casa. La sesión de hoy ha terminado. Volveré a por usted el próximo jueves a las
siete. Recuerde que ha de seguir tomando las pastillas.
CECILIA Y MARIO (dedicado a Rafa Sastre)
Mario
conducía su BMW por la autopista. Cecilia, giró la cabeza para mirarle y dirigirse a él:
-Cariño… ¿Por qué no paras
en la próxima salida? No me encuentro bien… Necesito ir al baño…
Sin contestar, Mario pensó
en su reciente viaje de negocios por Alemania, en el joven Helmut y en el
dinero que había ganado gracias a su colaboración. Por el contrario, qué pesada
le resultaba últimamente Cecilia y su manía por los concursos literarios. Antes
era más solícita con él y no se empeñaba en viajar de ciudad en ciudad,
recogiendo premio tras premio. Para él era una pérdida de tiempo, además los
galardones no se traducían en grandes sumas de dinero, como mucho un diploma,
una noche de hotel y cena gratis entre gente
que se dedicaba a perder el tiempo de la misma forma que ella. Antes no era
así. Cuando llegaba a casa, la cocina olía a gloria gracias al curso de Alta
Cocina que Cecilia había aprovechado la mar de bien. Desde que se presentó a
ese certamen de relatos, que seguro ganó de chiripa, la vida de ambos se había
transformado.
Cecilia miraba a Mario…
Desde que se dejó crecer el bigote, ya no le parecía tan atractivo, le hacía
parecer mayor. Últimamente se mostraba serio y taciturno. Seguro que se veía
con otra mujer, aunque este pensamiento no le hacía daño, al contrario, ya no
le importaban sus ausencias, prefería quedarse frente a la pantalla de su
ordenador inventando historias que luego publicaba en innumerables blogs con
gran éxito. Gracias a la literatura tenía muchos amigos y había viajado por
toda España. Esto le satisfacía mucho más que salir a cenar los fines de semana
con los aburridos amigos de Mario y sus tediosas conversaciones de negocios.
Se escuchó un sonido
agudo, como de instrumento músico-espacial. Era el móvil de Mario:
-¿Helmut? ¡Querido amigo…!
¿Cómo te va? ¿Que estás en Vigo? Precisamente me encuentro muy cerca, qué
casualidad… Hotel Marysol, habitación 504. De acuerdo, cenaremos juntos.
- Intuyo que no me vas a
acompañar a la entrega de diplomas… No te preocupes, sal a cenar con Helmut.
- ¿No te importa?
- No, en absoluto.
Cecilia recogió su premio
y salió a cenar con los organizadores del concurso y los demás autores. Se
encontraba tan relajada entre ellos que
olvidó a Mario y continuó la velada nocturna por los locales de copas de la
ciudad. Precisamente, en uno de ellos, mientras charlaba vio a Mario de espaldas y de frente a Helmut, a quien no
conocía en persona. Era rubio y de ojos claros, de porte elegante. No apartaba
su mirada de Mario y sus largos dedos rozaban los de su marido… Bebió un largo
trago de su copa y comenzó a imaginar quiénes serían los protagonistas de su
próximo relato.
Engracia se despertó de
repente sobresaltada, mareada y confusa. Esa noche había repetido su estancia
en la habitación 504. Se dijo a sí misma que no lo haría más. Ya no sabía en
qué habitación se encontraba…¿La mujer rubia no pertenecía al sueño de la 409?
¿El hombre del bigote era el mismo que se la pegaba a su mujer? ¿Le engañaba
con un hombre alemán? ¿El golpe con la botella le había dejado fuera de combate
o había sido el boxeador de la suite 701? “Hoy
mismo me busco un piso baratito…”
Secretas fantasías
Lavinia nunca había sido muy afortunada con los hombres.
Después de dos fracasos matrimoniales, conoció al que parecía ser el amor
definitivo de su vida, Alberto: se amaron, compartieron tiempo y aficiones, se
rieron juntos, lloraron al mismo compás… Parecían la pareja perfecta. Vivieron
años de dicha hasta que un buen día él empezó a hablarle de sus más secretas
fantasías. Deseaba verla con otro hombre. Ella al principio se lo tomó a broma,
introducían a ese tercero en sus diálogos amorosos y creía que eso sería
suficiente para él, pero Alberto seguía insistiendo y le pedía que lo hicieran
realidad. Ella le dijo que le dejara tiempo, no quería compartir su intimidad
con cualquiera, tenía que encontrar a la persona adecuada, alguien al que de
verdad pudiera desear. Así que se esforzó en mirar a su alrededor y estuvo muy
atenta a la búsqueda de un varón que pudiera despertar sus afanes. No era fácil,
una mujer cuando se enamora suele permanecer ciega a los encantos de los demás
mortales. Lavinia se esforzó, imaginó, desechó a uno, descartó a otros… Cuando
estaba a punto de tirar la toalla, apareció Ernesto en su horizonte vital,
sintió un revoloteo en sus emociones y empezó a frecuentarlo y, poco a poco se
fue prendando de él. Y sí, al poco tiempo surgió la intimidad entre ellos pero
fue exclusiva y dejó a Alberto compuesto y sin trío y muerto de rabia por la
pérdida de su gran amor.
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