jueves, 24 de enero de 2013

UN DESPISTE IMPERDONABLE



Aquel hombre aparecía cada atardecer. Seguro que llevaba alguna copa de más, porque su andar zigzagueante lo delataba. Jamás levantaba la vista del suelo, se situaba frente a las vías y esperaba. A mí, como buena hacedora de cuentos, me gustaba creer que cumplía una especie de ritual o penitencia. Parecía tan desdichado…
Vendía los billetes confinada tras la ventanilla interior de la estación y desde allí divisaba la panorámica completa del andén. Mi fantasía volaba imaginando la vida de cada uno de los que pasaban junto a mí. Era mi juego favorito, el que me alejaba de la época que me había tocado vivir. Siempre les daba un final feliz, aunque la de aquel individuo se me resistía. Fantaseaba con que era  un músico de jazz arrepentido por haber abandonado a su mujer, a quien ahora aguardaba a diario, y así, mientras recomponía su imaginaria trayectoria vital, no me percaté del momento preciso en que él la finalizaba. 

Tren nocturno

Valencia escribe sobre
Es tan amargo este trago de saliva que recorre mi garganta, primo hermano de la bilis que viaja libremente por mi organismo que, en cualquier momento, morirá envenenado por mi cobardía…
Tenía que haber imaginado que mi vida acabaría en la más triste de las soledades, la soledad absoluta… A Rosa, la abandoné sin compasión a orillas de una feroz enfermedad, lejos de mi lado, nunca más volví a verla con vida.
Mis hijos me aborrecen como se detesta a un extraño que hiere… Mi hijo nada entre la ruina económica y  los zarpazos de un matrimonio asfixiado.
Mi hija, lleva años sin acercar su mejilla a la mía. Me mira con ojos distantes y calla.
Hoy he decidido irme, cobijarme entre las sombras y tomar un tren a ninguna parte, cabizbajo, viejo, arrepentido y con el orgullo intacto.

miércoles, 23 de enero de 2013

UN POQUITO DE MÍ




Mi abuela me decía:
-Niño, ¿No te da “cosa” pagar para que te peguen?
Yo me armaba de paciencia.
-Que no, abuela, que no. Que allí no nos pegamos, ni nos hacemos daño, sólo practicamos hapkido.
-Sí, si, kankido, vaya nombrecito –no se lo tragaba, lo veía en su mirada-, pero tú ten “cuidaíto” con los golpes…no te vayan a dar uno en la cabeza...

Hapkido es mi pasión, corre por mis venas, estoy enganchado a él y cuando me falta su práctica me entra el “mono”. Dulce droga que seguiré probando por cada Samsara que supere, es decir  cada vez que regrese de nuevo a esta existencia, como dicen los budistas. 
Y es que un Maestro dijo una vez que en esta vida se aprende el arte marcial y en la próxima se perfecciona. No sé por qué pero me encantan las  meditaciones de los antiguos, como yo les digo.

Guardo mi kimono en la mochila, -en los manuales salen fotos de un señor que los dobla muy bien y los guarda con mucho cuidadito, explicándonos cómo hay que cuidarlo y tratarlo, pero la verdad es que el noventa y nueve por ciento, entre ellos yo, no le hacemos el menor caso y lo metemos como podemos, a presión casi siempre…

Cuando llegas al gimnasio, un poquito de charla con los “compis”, cada uno te cuenta su película del día y, una vez cambiado, antes de entrar en el docham (tatami), saludas como muestra de respeto, porque en toda arte marcial  hay unas normas de cortesía que han de cumplirse ya que estas nos dan un referente de comportamiento necesario para la correcta convivencia.

A la voz del maestro –Sabonim-, formamos y realizamos tres saludos: al Maestro fundador del arte (Do Ju Ning) –En el nuestro fue un Coreano llamado Choi Jon Sul. Si no os aburro con esto puede que os cuente de su vida-, a la bandera (tenemos tres: Coreana –patria del arte que practicamos-, española y, en mi comunidad, andaluza).

Comienza el calentamiento:  "a correr venga venga que suban esas pulsaciones al suelo arriba al suelo arriba flexiones abdominales saltos a ver tú que te estoy viendo y como no me hagas las diez flexiones te cargas cincuenta abdominales  de más esos cintos altos que den ejemplo ¿qué pasa aquí? Que mi abuela corre más que todo vosotros"….cuando las pulsaciones suben hay que volver a relajarse.

Pasamos a la parte técnica, la propia del arte. Hoy puede tocar luxaciones, proyecciones, etc… es juicio del instructor ¿A quién va a coger de sparring el Maestro? ¡Ya me ha “pillao” otra vez! Y encima luxaciones…
Hay que hacer la técnica con sentimiento, poniendo todo tu corazón en ella, concentrando toda tu mente en ese instante, en ese momento que nunca más se repetirá, has de lograr la perfección, la maestría con la constancia. Pero ello solo se logra si sientes amor por lo que haces…como todo en la vida.

Es muy importante cuidar al compañero, no lesionarle, has de ser agradecido con él porque el compañero presta su cuerpo para que tú puedas practicar, te regala su confianza, el respeto ha de ser mutuo.
Casi al final de la clase viene una de las cosas más estresante en esta práctica, en coreano se llama “Ho Shin Sul” y es señal de que como no te muevas mucho te van a dar de galletas por todas partes. Esto no es sino aplicar prácticamente todo lo que aprendes. Hoy por ejemplo te rodean cuatro compañeros y te irán atacando de uno en uno con distintos ataques, golpes descendentes, laterales, etc, desde distintas posiciones o ángulos.  Al principio muy bien pero pronto sube el ritmo y estos tíos no paran y con el rollo de que somos colegas me quieren cazar y yo no me quiero dejar así que al final uno recibe y reparte porque el que me diga que a él nunca le han dado un golpe, no me lo  creo y estalla el estrés y entonces comprendes que por mucho que entrenas aún te queda mucho por entrenar y entonces comprendes…que el verdadero Camino es no tener Camino. Saber que aquí y ahora es lo que importa y que aquí y ahora es donde debes estar y vivir. Nunca en el pasado que ha muerto ni en las metas del futuro que no existen.

Al final, relajación. En posición loto, respirar, solo respirar; el corazón vuelve a su ritmo normal. Silencio, solo tú y tu respiración.
La mente se relaja.
Un día más que muere, pero otro que nace.

A ninguna parte




Como una sombra dirijo mis pasos al próximo tren esperando ir a alguna parte. No me importa adónde. Solo quiero mirar el cielo pasar desde la ventanilla de un tren que vaya a cualquier lugar. Al final del trayecto bajaré y encaminaré mis pasos al bar más cercano donde ahogaré mis penas en alcohol barato hasta reventar. Ya nada me importa desde que esta mañana leí tu carta.