sábado, 14 de abril de 2012

"PARA ELISA"



¡Cumpleaños feliz!, ¡cumpleaños feliiiizzzzz!, rodeada de mis seres queridos este cumpleaños era especial para mí. Mi pelo estaba creciendo, ya casi había olvidado las náuseas y el peso de las miradas cargadas de conmiseración mutaban a otras de admiración y alegría. ¿Habría ganado esta batalla?,  todos aquellos que repetían: “ha vencido a la enfermedad”, ¿se limitaban a enarbolar esa bonita frase para animarme? Ya daría espacio a mis dudas en otro momento, ahora me tocaba abrir el regalo. Qué extraño, no veía por ningún lado vistosas cajas de colores cerradas con bonitos lazos, con lo que me gustan; sólo faltaba que no hubiera regalo ese año tan especial.
Pero sí, sí que había regalo, me lo entregó Rafa acompañado de esa mirada suya que consigue concentrar intriga, picardía y emoción, de una forma única.
Era un sobre alargado: “Para Elisa, por su titánica voluntad, que todos admiramos”, rezaba por afuera y firmaban: “tus amigos que te quieren”.
Dentro del sobre un pasaje para dar la vuelta al mundo en un crucero, pero no era un crucero cualquiera, un nuevo coloso réplica del Titanic iba a hacer realidad mi sueño.
Siempre dije que si conseguía ese viaje podría morir tranquila, pero…, ¡qué demonios!, al diablo esa frase, después del viaje espero continuar otro más intenso, largo y apasionado: el de la vida.

jueves, 12 de abril de 2012

EL VASO MEDIO LLENO






De niña, en el colegio, siempre se burlaban de su nariz. Cuando llegaba a casa, le preguntaba a su madre si era guapa, -claro que sí, eres muy guapa-, y le daba un sonoro beso en la mejilla.

Durante la adolescencia, su complejo de nariz prominente, era motivo de desasosiego continuo. Pensaba que, cubriendo media cara con su pelo, pasaría más desapercibida.

Mientras sus amigas andaban todo el tiempo pavoneándose de sus conquistas amorosas, ella, evitaba todo contacto con los chicos de su edad.

En la universidad, escogió la carrera de psicología, pensando que era la disciplina donde menos hombres se matricularían. Pero... había unos cuantos y ella los evitaba todo el tiempo. Dejó de ir a clase, no se presentó a ningún examen y mintió en casa.

Ella estaba convencida de que no podía continuar así. Se miraba al espejo en la intimidad de su habitación y lo único que veía era una enorme nariz entre unos bonitos ojos, sobre unos labios carnosos y proporcionados y los cabellos rubios y sedosos que caían sobre los hombros. -Tampoco era tan grande la proporción de su fealdad, –pensó. A ello, había que añadir un cuerpo atlético y armonioso, sus elegantes gestos y una voz cristalina que había podido educar en el coro del colegio. Entonces…

Se puso el vestido que mejor le sentaba y, con paso firme, salió a la calle. Entró en el conservatorio de música que no quedaba muy lejos de su hogar. Un hombre y una mujer, ésta última al piano, le hicieron varias pruebas de voz. -¡Magnífica! Con esa cara y esa voz, llegarás lejos, no lo dudes…




MI GLUTAMATO


Me enamoré de tu voz. Al oír como pronunciabas “glutamato monosódico” me descoloqué, mis esquemas se deshicieron como gránulos liofilizados y te di un cuerpo, una cara, unas manos que removían incesantes la olla. Me gustabas como eras, tremendamente preocupado por la salud del prójimo.  En “buscadas y consumidas” -ya no pude más-, me imaginaba que me estabas comiendo enterita a mí, y  yo me deshacía como la sopa. Quiero ser tu aditivo pernicioso y que seas tú quien prepare mis manjares el resto de mis días. No me importan los dolores de cabeza, ni la diarrea, ni la sudoración excesiva,  ni la taquicardia, si estás tú conmigo. Sé que parecerá una extravagancia, pero el amor es así, se salta las barreras y lo socialmente correcto. Anhelaba tanto conocerte, que me puse en contacto con el autor del vídeo para que me dijera quién eras. El resto os lo podéis imaginar sin mi ayuda. 

miércoles, 11 de abril de 2012

MADERA ENTRE TUS DEDOS...


Un ruido familiar me despierta de mi estático sueño. La puerta del ascensor cruje y oigo pasos que se acercan. Una llave de metal gris gira en la cerradura y una sombra oscura entra en el salón bailando esa coreografía tantas veces vista. La misma cada noche, desde hace algunos años.

Con suavidad, choca un puñado de llaves en el cristal del cenicero sin colillas y la luz de la mesilla, ilumina la habitación.

Impaciente, como cada noche, espero mi turno.

Tus pasos se alejan por el pasillo y el resplandor de luz blanca de la cocina se refleja en el espejo del salón. Te observo, quieta, sabedora de cada gesto tuyo. Abres la nevera, sacas un plato helado y lo colocas en el microondas. Un minuto y medio será suficiente.

Una chapa decorada con estrellas cae encima del mármol y un largo trago de cerveza fría pasea por tu garganta. Y yo, siempre sin sed, envidio el gesto de satisfacción que se dibuja en tus labios cuando separas la botella de tu boca y la miras un instante.

Un leve pitido, un abrir rápido y un pequeño portazo.

El reflejo de luz blanca desaparece del espejo y las últimas zapatillas que te regaló por tu cumpleaños, te acompañan hasta el sofá.

Te sientas y sin prisas, ojeando una vieja revista, comes en silencio mientras yo, gritando sin voz, inmóvil y desesperada porque me siento no existir, espero.

Bailan los segundos en el péndulo del viejo reloj de pared y convirtiéndose en minutos, a mí, se me antojan horas.

De pronto, me miras. Sonríes sin decir nada y acercándote despacio, me envuelves en tus manos.

Observas el hueco vacío que queda en el rincón donde me gusta esconderme. Me agarras por los pies y sin pensarlo un instante, empiezas, despacio, a retorcer mi cabeza.... Y yo, doy vueltas y vueltas entre tus manos, con una sonrisa pintada en la cara. Un leve mareo, dibujado en espiral… y al final, sintiéndome vacía, como siempre, con mi cabeza separada del cuerpo, pienso que quizá, si tuviese corazón, podría descifrar tu mirada clavada en mí.

Me dejas allí, encima de la mesa y das un paso atrás observando mis pedazos.

Te acercas de nuevo y noto tus dedos en mis zapatillas de madera. Una leve caricia en mis cabellos escondidos en un pañuelo dorado y de nuevo, me partes en dos.

Y yo, sintiéndome especial, te miro con mis ojitos de pintura negra trazados con pincel fino, mientras colocas en fila pedacitos de mí.

Me siento empequeñecer entre tus dedos y sin embargo, mientras noto que, poco a poco, voy invadiendo tu espacio, dibujo una leve sonrisa en mis labios perfilados de rojo, deseando que vuelvas a bailarme en el tiovivo de tus manos.

Sigues desnudándome en trocitos, en silencio. Y yo, cada vez más pequeña, cada vez más impaciente, noto que una extraña sensación intenta apoderarse de mí, de mi cuerpo de madera esparcido encima de la mesa.

Minúscula, insignificante mi tamaño y rebosando caricias, acurrucada entre tus dedos, me acercas a tus labios mientras pienso que si tuviese corazón, quizá, podría sentir eso que en el televisor llaman amor. Quizá si no hubiese un vacío tan grande dentro de mí, podría descubrir lo que sientes en tu piel cuando, en la oscuridad de la noche, abrazado a su fotografía y sentado en el sofá del salón, a solas, dejas escapar lágrimas susurrando “te echo de menos”.