martes, 21 de febrero de 2012

Los recuerdos de Amanda

Voy a contaros hoy un recuerdo que conservo muy vivo. Sucedió hace muchos años, cuando estudiaba en la Universidad de Valencia. Andábamos por las calles profiriendo gritos en contra de la represión a la que la dictadura franquista nos sometía. Cuando atravesábamos la calle de Primado Reig, se produjo una gran desbandada por la carga contundente de los grises que nos estaban esperando escondidos en una bocacalle. Empezamos a correr como locos. Pero el miedo paralizó mis piernas y tuve que meterme en un portal con cinco o seis estudiantes más, subimos escaleras arriba y la policía subió también pisándonos los talones, llamamos a una puerta y un ángel encarnado en modista nos abrió. Entramos todos en tromba y la mujer cerró la puerta y se volvió hacia nosotros con un dedo en los labios para que permaneciéramos callados. Como muertos nos quedamos, rígidos y yo estaba a punto de echarme a llorar aterrada. Llamaron al timbre, nadie se movió.

-¡Abran a la policía! –escuchamos acompañado de golpes en la puerta.

La mujer seguía mirándonos con el dedo todavía en los labios. Estuvimos inmóviles un buen rato. Luego se oyó el rumor de pasos agitados, supusimos que se debían a la retirada de la policía, nos relajamos un poco pero seguimos en la casa durante un par de horas sin hacer ruido. Entonces me percaté de la habitación en la que estábamos, era grande y muy luminosa con grandes ventanales tapados con finos visillos. Había una mesa en el centro con telas, patrones, hilos y demás enseres propios de un taller de costura, dos chicas jóvenes estaban sentadas junto a una ventana con la labor en el regazo y la que parecía la dueña, nuestra salvadora, era una mujer alta y esbelta de unos cuarenta años con un rostro afable y hermoso que nunca olvidaré. Al cabo de ese tiempo la mujer se fue por un pasillo y volvió con una chaqueta y un bolso, nos dijo en voz baja que iba a salir para ver cómo estaba la calle. Volvió al cabo de uno diez minutos.

-La calle está en calma. He recorrido los alrededores y no he visto nada sospechoso. Yo creo que podríais ir saliendo de uno en uno.

Así lo hicimos no sin antes mostrarle nuestro profundo agradecimiento. A lo que ella contestó:

-No es nada, no es nada, hoy por ti, mañana por mí. Yo también tengo una hija en la Universidad, todavía no ha vuelto, espero que esté bien.

Yo salí de las últimas con el miedo todavía corroyéndome las entrañas. Anduve unos pasos y cuando estaba a tres manzanas de la casa empecé a recobrar la tranquilidad.

10 comentarios:

  1. ¡Tantos recuerdos! Los míos son para aquella vez que la Pza Redonda se convirtió en una auténtica ratonera, y la horchatería cerró sus puertas y nos cobijó en su interior como si de una embajada se tratase. También una señora.

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  2. Lu, esta historía es real??? Si es asi, gracias por compartirla. Me ha encantado!!!

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  3. Es un relato que tiene la fuerza de la verdad. Enhorabuena Lu y, como dice Lara, gracias por compartir un trozito de vida. Ya sabes, otros tiempos...otro color...

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    1. Este relato es un trocito de la novela que intento escribir y que va a cámara lenta, se detiene, se estanca, pero algún día verá la luz. Yo también tengo Esperanza.

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    1. Gracias, Isabel. ¿Nos conocemos indirectamente, no?

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  5. Impresionante relato Lu. Me ha parecido tan real que me han estrado escalofríos.

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  6. Lu que recuerdos, yo tengo una experiencia parecida que la voy a compartir con vosotros. Espero que nuestros hijos no tenga que vivir estas situaciones

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  7. Hada, me ha gustado especialmente el segundo párrafo, en el que describes la sala de costura. Yo me crié en un lugar parecido y supongo que me has traído el sabor de mi propia infancia y juventud, entre telas y puntadas.

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