miércoles, 4 de julio de 2012

UNA ANECDOTA




        Para Quino, era su debut como bombero. Rafa ya llevaba unos años en el cuerpo, pero cada día que sonaba la alarma, era como si se abriera ante él un pozo sin fondo. El miedo recorría todo su cuerpo, le hacía sentirse paralizado. Los demás compañeros se animaban unos a otros dándose palmadas en la espalda, especialmente a Quino, el más joven.

Subieron raudos al camión. Ya en marcha terminaron de ponerse las prendas apropiadas para aquella ocasión: el monte ardía.

Conforme se acercaban al lugar del siniestro, calibraban la importancia de éste: el olor, el color del humo, la intensidad de las llamas, el alcance. Sus voces sonaban fuertes pero las palabras surgían entrecortadas. Sus angustiosas miradas hablaban por sí solas.

Quino tragó saliva. Rafa, sostuvo su mirada mientras le daba un pequeño apretón de ánimo en el brazo.

Al bajar del vehículo comenzaron el trabajo tantas y tantas veces aprendido. Ese día no se trataba de una rutina. Era algo que no se podía evaluar.

Rafa, nervioso pero seguro, seguía a Quino con la mirada. Le había visto entrenar y sabía que era valiente, quizás demasiado para ser un novato. Le vio adentrarse entre las llamas y, de repente, le perdió de vista. Se percibía un fuerte hedor a piel quemada y, los aullidos procedentes de algún animal herido, le hacían saber que estaban cerca de alguna granja o, incluso, alguna vivienda. Todos notaron su ausencia y las voces que llamaban a Quino apenas se escuchaban entre el crepitar de las llamas. Rafa, desesperado, buscaba con impotencia allá donde el intenso calor le permitía avanzar, pero el fuego era implacable y tuvo que retirarse para poder respirar. Sus ojos, enrojecidos a causa del humo y de las lágrimas, no dejaban de observar el dantesco entorno. Fue entonces cuando le vio surgir entre las llamaradas. Protegía a dos ancianos  traumatizados  pero vivos. Cuando se vieron, no fueron capaces de disimular su alegría. El joven dejó a la pareja en lugar seguro para poder correr hacia Rafa, que le miraba incrédulo. Se abrazaron y, sus temblorosos  labios se rozaron ajenos a la mirada de los periodistas que se habían personado a cubrir el desastre.



Al día siguiente, la primera plana de los periódicos mostraba le fotografía del beso delante del flamígero fondo. Ni siquiera la noticia del hallazgo del cuerpo de un piloto de helicóptero consiguió desviar la atención del lector.

La muerte de una persona y la pérdida de un bosque y cientos de animales pasaron a engrosar la lista de catástrofes que  los gobiernos prefieren que olvidemos: la anécdota quedará siempre en nuestras retinas.




10 comentarios:

  1. Bella historia de la valentía de un héroe!! Que se merece todo nuestro reconocimiento. Catástrofes naturales como las llaman los gobiernos.

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  2. Es una crónica perfecta Amparo, Valencia a sufrido todo eso y más y tú, lo has contado para nosotros. Un beso gordo.

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  3. Me ha gustado mucho, Amparo. Revisa estos "él" demasiado juntos:

    "pero para él, cada día que sonaba la alarma, era como si se abriera ante él un pozo sin fondo."

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  4. Es una buena crónica, Amparo. Yo no he sido capaz de imaginar ninguna historia a partir de esta foto.
    Un abrazo.

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    1. Reconozco que no era una foto "fácil". Si te fijas, tan sólo ocupa una frase en todo el relato, el resto...ya lo sabéis todos.

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  5. ¿De verdad pensáis que es una crónica? Habeis visto muchas películas americanas. Yo nunca he visto una crónica que describa los sentimientos de quienes la están viviendo. Pero es vuestra opinión y la respeto.

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