sábado, 6 de abril de 2013

EVANESCENCIA




               Me encontraba en París visitando a una pareja de amigos que residía en un antiguo edificio del centro de la ciudad. Mientras ellos se encontraban en sus respectivos trabajos, decidí salir a caminar. Mis pasos me llevaron hacia  el barrio de  Montmartre. Desde que viajé a París por primera vez, quedaron en mi recuerdo los pequeños  cafés con sus mesas en plena calle. Me gustaba sentarme en una de ellas y ver el espectáculo que suponía el ir y venir de los turistas, los pintores y sus ardides verbales para convencerlos de que no se podían marchar de la ciudad sin su retrato en la maleta.

 El tiempo no quiso acompañarme esta vez. La mañana era  de color gris plomizo y la lluvia hizo su aparición. Descartada la idea de quedarme en el interior de una cafetería observando a los pintores desmontar sus puestos, decidí entrar en la iglesia del Sagrado Corazón. Debido al mal tiempo se encontraba inusualmente vacía. El sombrío interior contrastaba con el blanco radiante  de su monumental arquitectura y el sonido del imponente órgano invadió mis sentidos de paz y tranquilidad. Me senté en uno de los bancos, cerré los ojos y aspiré el aroma del incienso. Mi mente quedó vacía durante unos minutos, no sentía mi cuerpo. Ni siquiera durante mis clases de yoga había conseguido desconectar de ese modo. De repente, el órgano dejó de vibrar. Abrí los ojos de nuevo y regresé  a la realidad. Bajo el dorado altar principal,  un pequeño grupo de gente  se disponía a celebrar una misa fúnebre. Mi primera intención fue la de marcharme, pero algo peculiar me lo impidió. Cerca del féretro, había un violonchelo de madera de abeto, derecho sobre un soporte, con su arco. Se encontraba muy cerca del difunto, como si se tratara de algún familiar o, mejor todavía… como un   amigo inseparable. Recogida en mi asiento, decidí quedarme. Los asistentes escuchaban  emocionados las palabras del sacerdote quien hablaba del fallecido con  admiración, refiriéndose a él ya no sólo como un excelente intérprete, si no como una magnífica persona. Una mujer tomó la palabra y, serenamente, habló de quien había sido su profesor, amigo y amante. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas en silencio, permitiendo expresar su último adiós.

Intuí que, al terminar la ceremonia, lo llevarían hasta el cementerio del mismo barrio, donde descansaban, precisamente, músicos, escritores, cantantes y actores. Allí reposaría bajo la mirada de los arces y los castaños,  en compañía de Berlioz  quien, en vida, pasó sus días vagando entre las tumbas y panteones,  estatuas de criaturas celestiales y terrenales.   

Con discreción, decidí salir antes de que terminara el acto. La lluvia continuaba cayendo en forma de traslúcida cortina, suave y húmeda. Apenas había gente caminando protegida por paraguas y tapada con impermeables, lo hacían apresuradamente para guarecerse en algún lugar más acogedor.  Al cruzar la calle, justo en la acera de enfrente y mirándome, ví la silueta de un hombre alto, con gabardina gris. Con  una de sus  manos agarraba  el paraguas  protegiendo a su violonchelo.  Quedé impactada. Mi primera reacción fue girar mi cabeza hacia la iglesia y de nuevo volverla hacia el extraño.  Sin pensar, crucé la calzada. Quería un encuentro con él pero, cuando lo hice, su imagen se desvaneció entre la lluvia.

Pregunté a un  pintor, que todavía se encontraba recogiendo sus bártulos, quién era ese hombre que prefería empaparse antes que ver mojado su preciado instrumento. Me miró sorprendido y me contestó que tan sólo estábamos él y yo en esa mañana desapacible de otoño, bajo el aguacero.

9 comentarios:

  1. Me gustaría que leyérais este relato que he de mandar como ejercicio de digresión al taller de relato breve que estoy haciendo. La historia ya la conocéis algunos. Aquí he intentado utilizar esta técnica de la que no soy muy partidaria pero que entiendo que algunos escritores la utilizan, bastante bien, por cierto.Creo que no es mi caso. Ya me comentais algo, porfa.

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  2. Amparo, me gusta MUCHO tu relato, pero no entiendo de digresiones...

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    1. Gracias, Rafa, por los ánimos que me das...

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  4. Quería poner el enlace de la definición de digresión, pero no se podía abrir.
    Una digresión ( del latín digressĭo, -ōnis, apartarse) es el efecto de romper el hilo del discurso con un cambio de tema intencionado.
    ¡Ya ta! No sé si rompo el hilo... me parece que no... ¡Qué rollo!

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  5. Yo sí que cuando hablo me voy de la ceca a la meca rompiendo el hilo y el ovillo. No creo que en tu historia haya ninguna digresión, ciertamente, o yo no la veo. Creo que hacemos muchísimas en el monólogo interior o en el uso de la 2ª persona narrativa. Me parece. Besos.

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  6. Me gusta tu historia pero tampoco veo ninguna digresión. La verdad es que no me elí los apuntes, a lo peor es por eso.

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  7. Preciosa historia Amparo. Aunque yo tampoco veo ninguna digresión. Besos

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    1. Gracias a todos. No la hay. No sé escribir utilizando esta técnica. Ya he leído varios ejemplos y pertenecen al género de relatos que yo nunca leería. Paja por todos los lados. A mí me gusta contar historias de forma directa, sin andarme por las ramas.No voy a mandar ningún ejercicio que contenga esta técnica. Me suspenderán... ¡Buáaaaaaaaaa!!!!!!

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