martes, 15 de mayo de 2012

Todo iba a pedir de boca



Todo iba a pedir de boca. Mateo tenía una familia: Laura, su mujer, y la pequeña Andrea, el verdadero tesoro de su vida; y también, un trabajo en el banco. 

Recién duchado, afeitado, con aquella fragancia fresca y varonil, desayunaba con Laura un café bien cargado y una tostada con aceite y sal. Luego, despertaba a su hija. Le apasionaba cómo le rodeaba el cuello con sus brazos regordetes y le daba «aquel beso de esquimales» -decía, que consistía en frotar su naricilla contra la suya. Vestido con discreta elegancia, maletín en mano, salía de casa con el semblante sereno y la seguridad en el paso.  

Todo iba a pedir de boca, sí. Cruzaba la ciudad de punta a punta en el metro, y en el bar de Manolo se cambiaba de ropa. La primera vez que lo vio surgir del baño, vestido de esa guisa, se rió pero pronto se acostumbró y antes de que se lo pidiera, ya le tenía preparado un café bien cargado. Después, lo veía caminar hacia el banco de la plaza, frente a su establecimiento, en una zona muy transitada. Eso era, precisamente, lo que necesitaba Mateo.

En aquel banco de madera, desplegaba cuanto requería para entretener a su público: un juego de cartas, unas esposas, un sombrero de copa, unas bolas y un libro de cuentos. Su espectáculo era como tantas otras funciones callejeras, pero a la vez, no lo era. La diferencia radicaba en la actitud de Mateo. Él vivía cada una de aquellas sesiones como si se tratara de la última. Se dejaba la piel, su piel de artista, en cada juego malabar, en cada truco de magia. Adquirió una fama relativa como “cuentacuentos”. Era increíble. Poseía una voz profunda que modelaba según el personaje que interpretara. Mateo disfrutaba de aquellas mañanas como nadie. Las gozaba con deleite.

Al final de cada función, volvía al bar, recuperaba su aspecto de respetable banquero y se marchaba con un “hasta mañana, Manolo"; y Manolo, lo veía alejarse con un sentimiento agridulce: una suerte de admiración y pena, a partes iguales, por aquel hombre que parecía habitar en otro mundo.  

Todo iba a pedir de boca, sí. Mateo regresaba a casa y le contaba a Laura con todo lujo de detalles –su imaginación no tenía límites- las transacciones bancarias que había tenido que realizar, la volatilidad de los mercados, lo que sucediera en la reunión con el director y hasta lo que comentara Gutierrez sobre la nueva cajera.

Laura agradecía aquellas confidencias. Bien sabía ella la suerte que tenía con Mateo. Estaba cansada de oír a sus amigas quejarse de lo poco comunicativos que eran sus maridos. Además, era un cielo con Andrea, y la niña adoraba a su padre.   

Todo iba a pedir de boca, sí, hasta que una tarde –de eso hacía dos meses- Laura le planteó aquella absurda idea: dejar su puesto de técnico superior en la multinacional para la que trabajaba, y montar su propia consultoría. Cuando se casaron, acordaron vivir del sueldo de Laura y que Mateo invirtiera el suyo, en diferentes productos bancarios con la finalidad de alcanzar la vejez sin penurias económicas. O eso, al menos, es lo que había creído Laura, hasta que le vio palidecer cuando le pidió que vendiera algunas acciones o cancelara alguno de los fondos de inversión, para poder cubrir los gastos iniciales del alquiler del local y el equipamiento de la oficina.

Laura jamás pudo entender cómo Mateo le había mentido de esa manera, ni comprendió que las inclinaciones artísticas de Mateo eran la esencia misma de su persona, que sus mejores rasgos -aquellos que la enamoraron y la acercaban a él- provenían de la fantasía con la que encaraba la vida. No era egoísmo sino, quizás, un grado de inmadurez inapropiado para un hombre de su edad.

Mateo abandonó la vivienda conyugal sin acabar de vislumbrar en su justa medida, la irresponsabilidad de sus actos y dirigió sus pasos hacia el único lugar en el que la vida cobraba verdadero significado para él; allí, donde sin lugar a dudas, todo iba a pedir de boca.

9 comentarios:

  1. Este relato ha surgido de un híbrido. Comencé a escribirlo pensando en el viejo de las palomas, pero no sé por qué asociación de ideas, me vino a la cabeza la película "La vida de nadie". Este es el resultado.

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  2. Pues un resultado genial, Geli. Sin leer tu comentario, también he creído que era sobre el señor de las palomas, pero, a la vez, también me recordaba a una película cuyo título ya había olvidado hasta que tú me lo has recordado.
    ¡Muy bueno!

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  3. Me ha gustado, Geli. No he imaginado al señor de las palomas sino a un artista callejero muy bien caracterizado en su papel. ¿La vida de nadie es un película de Coronado?

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    1. Así es, Lu. Me gustó mucho esa peli.

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  4. Una gran idea tu asociación de ideas, Geli! Me ha gustado mucho. Y espero que Mateo sea feliz en su banco, ocupando el tiempo en hacer aquello que le sale "a pedir de boca". Un abrazo!

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  5. Muy bien Geli, al principio, me ha chocado que utilizases ese tiempo verbal en el relato, luego me pareció lo mejor. Yo sólo cambiaría esta frase: "provenían del modo fantasioso en el que encaraba la vida", por "provenían de su fantasía". El relato es muy bueno, amiga.

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  6. Muy bien, Geli. Yo de la frase de Fernando solo cambiaría la preposición "con el que encaraba..."

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  7. Muy bueno, Geli. Parece que las ideas son algo vivo, comienzas pensando en una e, irremisiblemente, pueden hacerte cambiar el rumbo de lo que tenías definido.
    Me gusta la sinceridad del personaje consigo mismo.

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  8. Gracias a todos por vuestros comentarios y aportaciones. ¡Sois unos lectores muy agradecidos! jajajaja...

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