miércoles, 20 de mayo de 2015

EL CONCIERTO DE BRAHMS



El concierto empezó con una obra de Brahms, la tercera Sinfonía. El director, cuya figura se destacaba sobre un fondo de violines, flautas y oboes, inició su baile al compás de la música y fue in crescendo a medida que la pieza musical tomaba cuerpo, se magnificaba.  Los compases guiados por su experta batuta se agudizaban en algunos momentos, bajaban el tono como en un susurro en otros, y renacían con más brío acompañados de flautas, violonchelos y siempre la grácil silueta del director que ondulando su cuerpo y moviendo ininterrumpidamente los brazos, nos transmitía las vibraciones y el vitalismo de esta maravillosa composición.
Cuando escribió Brahms esta Sinfonía, vivía un momento feliz y esto lo transmite con la música que compuso en este periodo. Era mayo, el mes   en el que estamos también  ahora  y él había cumplido cincuenta años el día 7 de aquel mes del año 1883. Fue éste el principal motivo por el que se trasladó al Balneario de Wiesbaden y alquiló una habitación con vistas a un hermoso valle donde confluían  los ríos Rin y Meno. Allí pasó todo el verano. y  es en este entorno, donde empieza a componer la Sinfonía nº 3 en fa mayor. Tiene pues esta creación, un claro sentimiento lírico de una enorme belleza y es consecuencia del  ambiente bucólico, feliz y relajado, de donde se encontraba.
Ocurrió, al principio del tercer movimiento el Poco allegretto, mi  memoria se desplazó en el tiempo. De forma inesperada recordé una  época, lejana ya, cuando escuché seguramente por primera vez esta Sinfonía. Se unieron en un mismo entusiasmo, la música y los dos actores de una de las películas que más me impactaron en aquellos años: "¿Le gusta a usted Brahms?"
Ingrid Bergman y Antony Perkins eran, y creo que lo siguen siendo a pesar del tiempo transcurrido, dos de mis actores favoritos y por supuesto el argumento de la película, con esos alicientes añadidos, impactó en la jovencita romántica que  era - y puede que lo siga siendo - de manera tan rotunda que cada vez que escucho esta Sinfonía no puedo evitar el recuerdo de ese amor del joven y la mujer madura que por los convencionalismos de la época y la diferencia de edad, no puede llegar a un final feliz. Ella apuesta por una relación adecuada llena de infidelidades y el  joven Perkins, con ese aire tímido que lo caracterizaba y su media sonrisa, parte hacia otros argumentos menos románticos, y seguramente más crueles. 

(Para que se nos quite el mal babor de "Las modelos". Una de cal y otra de arena, que de todo hay)

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