jueves, 7 de mayo de 2015

EL AZAR

                                        

Amalia se despertó a las cinco de la mañana y vio que estaba sola en la cama. Su marido, Fernando, aún no había llegado. Se levantó y fue a la cocina a prepararse un vaso de leche caliente. Con él en la mano, fue a sentarse en el sofá y encendió un cigarrillo. Tuvo un mal presentimiento. Luego volvió a acostarse pero ya no pudo conciliar el sueño. Él no apareció.
Desde su oficina, horas más tarde, telefoneó al despacho de Fernando. Habló con su secretaria. Una mujer joven y guapa que le habló con frialdad.
—No puede ponerse. Hoy estará todo el día reunido.
—Gracias —contestó ella con amargura.
Sabía que estaba muy ocupado con el congreso que empezaba a la semana siguiente, pero era la primera vez que no iba a su casa a dormir, aunque en los últimos tiempos cada vez llegaba más tarde. Empezó a temerse lo peor. Ya lo veía venir pero no había querido aceptarlo. No quería darse cuenta de que lo estaba perdiendo. Tenía que ser esa mujer, ¡esa secretaria pija de mierda! Los imaginó fornicando insaciables. ¡Maldita seas! —exclamó— ¡Malditos seáis los dos!
Cuando estaba cenando con los niños sonó el teléfono. Era él que por fin se dignaba a llamar.
—Amalia, siento no haberte avisado. Esta noche tampoco voy a ir a casa. Necesito estar solo.
—Sí, podrías haber llamado. Me has asustado.
—Estoy muy nervioso con los preparativos. Sabes que este congreso es muy importante para mí. De que salga todo bien depende mi futuro profesional. ¿Lo comprendes, verdad?
—Sí, qué remedio…
—Voy a quedarme unos días en el Hotel Inglés. Mañana pasaré un momento a recoger algo de ropa.
—¿Te la preparo?
—No, no hace falta. Será poca cosa. Dales un beso a los niños de mi parte. Hasta luego.
Al día siguiente, en el trabajo, aprovechó la hora del café para bajar con su amiga y compañera Ana al bar de la esquina.
—Se ha liado con su secretaria —le dijo nada más tomaron asiento.
—¿De verdad? No me lo puedo creer.
—Esa tía me dio mala espina desde la primera vez que la vi. Tiene pinta de putón verbenero.
—¿Te lo ha dicho él?
—No, es solo que lo presiento. Está muy distante últimamente. Desde que ella apareció en escena.
Sus sospechas se confirmaron. Poco después Fernando la dejó para irse a vivir con ella.  Amalia siguió maldiciéndolos. Quiso morirse. Estuvo varios meses sin salir de la cama.
Su hija Verónica, de quince años, tuvo que crecer de golpe y hacerse cargo de sus hermanos pequeños. Los alimentaba, los vestía y los llevaba al colegio, al mismo tiempo que cuidaba de su madre.

***
Con el tiempo, Amalia volvió a enamorarse, aprendió de nuevo a confiar en un hombre y perdonó. Cambió de vida, de lugar de residencia, de empleo, y guardó nuevos recuerdos en su corazón, al lado de los otros.
Unos años después, Ana recibió un mensaje de Amalia en su móvil: Ha muerto. Un cáncer de pulmón se la llevó.
Al año siguiente murió él.

No fue por la maldición. El azar siempre sorprende con jugadas maestras. Ella lloró porque se acordó de su propio fin en alguna fecha imprecisa del calendario.

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