domingo, 15 de febrero de 2015

EL AS DE CORAZONES


Ricardo Carbo era un jugador empedernido, generoso y seductor, un padrino noble, un estafador con el corazón de oro, capaz de gastarse la fortuna más grande en menos tiempos, prefería dilapidar el dinero ganado al azar antes de que sirviesen la próxima mano y cambiase la suerte. El fuego que le consumía nunca aparecía en sus ojos azules, falsos y burlones. Jamás descubrirías en su mirada cínica si llevaba un póker de ases o una pareja de sietes. A su lado aprendí a reírme de la vida, a no valorar a los figurones ni los laureles del éxito, a disfrutar cada momento como si fuera el último, a derrochar como él cuando tenía cuatro ases en la mano.
Ricardo había nacido en una aldea de Orense, fue alférez provisional en la Guerra Civil y entró en Madrid con los nacionales. Le ascendieron a teniente, pero no tenía espíritu militar. Lo que le gustaba era trapichear y llevar las cuentas del cuartel, consiguió su primer capital haciendo desfalcos en el Ejército. No le hicieron Consejo de Guerra porque era uno de los vencedores y prefirieron tapar sus vergüenzas. Le aconsejaron que dejara las dos estrellas en el cuartel y se marchara. Montó una agencia de viajes y la utilizó como tapadera para sus estafas. Vivió unos años en la cima, nadaba en la abundancia y se codeaba con los jerarcas del régimen, sabía halagar la vanidad de aquellos tipos elevados a dirigentes del país por el tamaño de sus pistolas y no por su inteligencia.
 Yo asistí a su ascenso y a su decadencia. A Ricardo le entraba el dinero por una puerta y le salía por cinco distintas, cuando no era en la ruleta de Montecarlo era en Estoril; otras veces en los caballos y siempre en el póker, el vicio que le destruía. Le gustaba vivir en el alambre, al borde del precipicio, entre el éxito y la catástrofe. Ricardo cayó con estrépito. Cerraron su agencia y le metieron en la cárcel. Mantuvo el tipo, elegante para ganar y para perder, el mismo gesto con la cartera llena de billetes que con los bolsillos vacíos. Sabía subir a los palacios y bajar a las cabañas, nada le alteraba, un gallego con flema inglesa.
Ricardo estuvo seis años en la cárcel Carabanchel. “Allí no volveré nunca”, me dijo cuando le soltaron. Abrió un club de alterne en el barrio de la Concepción de Madrid, con muchas luces rojas y chicas de alquiler. Le puso el nombre de su carta talismán: ‘El as de corazones’.
En su despacho particular se montaban timbas de póker de madrugada, con personajes con mando en plaza y mucho dinero, se rodeó de enemigos poderosos. Ricardo vivía al ritmo de la suerte y de sus corazonadas. Dependía de donde hubiera caído la noche anterior la escalera de color. Una mala racha que le duró seis meses le dejó a merced de sus innumerables acreedores, la piedad no se conoce entre hampones. Su final estaba cantado.
Aquella noche de verano cuando la policía entró a su despacho para detenerle, todavía no se le había borrado la sonrisa burlona de los labios. Estaba tendido en un sofá con el pecho destrozado. Acababa de pegarse un tiro en el corazón. A nadie le sorprendió. En su honor pedí champán para todos y recordé sus palabras: “Jamás volveré a la cárcel”. Las chicas de alquiler lloraron como nunca. La casa invitó. Un inspector me dijo que en aquel tugurio hasta las botellas eran falsas.
                                                        

                                                                                            Vicente CARREÑO

3 comentarios:

  1. Buen relato, sí señor. Especialmente me gusta el párrafo que lo cierra.

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  2. Una historia redonda, muy bien contada. Felicitaciones.

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