domingo, 8 de abril de 2012

LA LUNA

LA LUNA

Las dos menos veinte. Rañín está tranquilo, hacía unas horas que los vecinos habían marchado, ya solo quedaban unos pocos que preferían estar en calma un par de días más. El silencio interrumpía nuestras conversaciones a la altura de las nubes, colándose entre las palabras que nuestros labios entonces pronunciaban. Los pájaros piaban, el soplo del viento, que movía ligeramente las hojas de los olivos, susurraba paz y el sol estaba escondido tras la niebla, que a su vez se ocultaba entre las montañas. Este paraje fue interrumpido por una voz de tonalidad grave, que preguntaba: “¿macarrones o espaguetis?” Por fin alguien se dignaba a hacer la comida. Dos menos diez, Rosa y Mercedes continuaban estudiando, mientras en la pequeña cocina parecían cocinarse varias cosas a la vez. La calma se había esfumado junto al humo que desprendía el cigarro de una estudiante nerviosa. Apenas podía apreciarse el chapoteo de las gotas de lluvia rozando el suelo, formando pequeños reflejos en el mismo.

En la terraza hacía frío, mucho frío, pero todo compensaba al escuchar cómo el horizonte respiraba. Es un día nublado, triste para algunos, pero espectacular para mí. Ver las nubes negras avanzando lentamente, observar las montañas entre las diminutas gotas de agua que caen inclinadas y que chocan rápidamente contra el suelo.

La calma regresaba, mientras Adele sonaba de fondo. Una canción que transmitía sentimientos de todo tipo. Carcajadas indicaban que se había dejado de lado el estudio por un rato, y había sido cambiado por una cerveza y una buena tertulia. El olor a comida recién hecha movía de un lado a otro de la cocina al hambriento. Ahora, la música camufla las conversaciones, así yo puedo concentrarme a la vez que me relajo. Miento, no puedo relajarme con el cansado de mi hermano dándome la tabarra aquí arriba, mejor bajo abajo. Bajo cuidadosamente, el ordenador portátil es muy frágil, y las escaleras muy resbaladizas. Aquí abajo está Ana sentada en el sofá, mirando absorta su repertorio de canciones que ha traído para nosotros. De repente, una nube negra se posa encima de nuestra casa, y comienza a llover fuertemente mientras el viento arrastra las gotas contra los cristales de las ventanas. Todos escuchamos atentamente los truenos que retumban entre las montañas y el valle. Entablo una conversación de unos 20 minutos con ella, sobre su página de blog, y cosas que a ella y a mi nos interesan. En ese momento me doy cuenta de que ella y yo compartimos más cosas de las que pensaba. Un momento, la lluvia ha cesado, pero sigue siendo difícil ver las montañas entre la espesa niebla blanca. El frío permanece almacenado en la terraza, y desde la ventana puedo ver el pueblo encharcado, la torre de la iglesia rozando las nubes, y los columpios moviéndose turnadamente hacia delante y hacia detrás. Un escalofrío recorre mi cuerpo lentamente. Me siento en el sillón, con la tripa llena, estoy estancada. Todavía siento como los macarrones descienden por mi esófago. Es una sensación desagradable. Otro escalofrío me mueve, me acerco a mirar el termostato, 19ºC. Después de una tarde de juegos de cartas, trucos de mágica y largas conversaciones con el procedimiento administrativo de fondo, llega la hora de la cena. Antes de ir a la mesa, me siento en la butaca frente al fuego. De repente, estoy ensimismada entre las llamas y el humo, entre la fuerte luz roja que desprende y que te absorbe, entre el ansiado calor que contrasta con el frío que penetra por las ventanas.

Por tercera vez, siento el mismo escalofrío que anteriormente me había recorrido, y, casi sin notarlo, salgo del trance con un estruendo que procedía de arriba. — ¿Qué ha sido eso?— pregunto. —¿Ese ruido?. Todos me miran extrañados, como si hablara en chino. No pude sostener sus miradas, entonces marché escaleras arriba. Una vez allí, cuando el disgusto aún me sabía amargo, recordé el ruido que nadie más había escuchado, pues volvió a producirse. Sentí miedo, mucho miedo. El ruido sonó una y otra vez, acelerando el ritmo, sonaban como pasos, y cada vez más rápidos hasta que casi parecía una persona corriendo. Mi corazón latía acelerando casi tan rápido como el ruido, pedí ayuda pero todos habían ido a buscar madera para la hoguera, comencé a agobiarme y a faltarme el aire en los pulmones, podía notar el pulso en mi frente, cuando las lágrimas recorrían lentamente humedeciendo mis mejillas me di cuenta. Un momento, ya no escucho nada. Pude calmarme y pensar, el ruido venía de detrás de la cortinilla que había colgada para tapar la parte estrecha del altillo. Busqué fuerzas de donde no las había para armarme de valor y correr la cortina. Me sequé las lágrimas y alargué la mano temblorosa hasta agarrar la esquina de esta, tragué saliva y… ¡nada! Ni una persona, ni un animal que podía haberse colado ni ¡nada! No comprendía. Otra vez el ruido. Sonaba de la esquina más alejada de la cortina, una esquina completamente oscura y polvorienta. Allí había algo más, parecían cenizas, o quizá polvo, o tal vez me estaba volviendo loca. Agachada y como pude, me acerqué hasta escuchar los pasos a escasos centímetros de mí. ¡Alto! Algo se está acercando. Yo me tapé la boca para no hacer ruido. Notaba una respiración en mi rostro, que se movía hasta notar el cálido aliento en la nuca. Y de repente noté como la presencia se alejó a través de la cortina escaleras abajo. Corrí tras ella pero bajando di un traspiés y rodé las últimas cuatro escaleras. Cuando levanté y me acerqué a la puerta, ésta estaba abierta, y sentí un frío intenso en las manos y en los pies. Tenía la cara helada y la nariz roja. Me acerqué de nuevo al termostato, y este marcaba 8ºC. Entonces recordé que hacía un tiempo leí que una presencia espiritual hace bajar la temperatura. En ese momento, con la tez pálida como la nieve, giré la cara y leí escrito en el vaho del cristal: “ayuda”. Me sobresalté a mi misma con un grito involuntario y mis piernas empezaron a moverse rápidamente hasta la calle. Todo estaba oscuro, casi no podía distinguir los coches que había aparcados. Voces, oigo voces y risas. Me coloqué en una esquina de la fachada justo detrás de un coche con los ojos cerrados, la diferencia era inapreciable. De repente una mano se posó en mi hombro y ambos gritamos a la par. Era mi hermano y los demás. –“Lo mataré, algún día lo mataré” –maldije por lo bajini. Subimos en grupo las escaleras hasta la puerta de casa. –“María, recoge el palo que se me ha resbalado de las manos” –escuché. Agaché la mirada y divisé el palito de las narices. Sí, se había quedado fuera del portal. Refunfuñé hasta escuchar la frase “no colaboras”. Bajé indignada. Abrí la puerta del portal, asomé la cabeza y me aseguré que la calle continuaba desierta. Temblaba, no estoy segura si por frío, o por puro miedo. Cuando alargué la mano para recoger el madero algo me agarró y me arrastró hasta ascender la ladera de dos metros que había justo enfrente de nuestra casa. Quise gritar, quise chillar, pero no pude, mi voz se había congelado al mismo tiempo que mis dedos. Una vez allí, levanté la cabeza hasta darme cuenta que no había absolutamente nadie. Guardé la calma. – “¿Hola?” –dije. Nadie contestó. Una dulce brisa acarició mi cara y enredó mi pelo. Parecía un susurro. Es extraño, ya no tengo miedo. Algo me inspiró confianza. De repente una luz blanca se colocó en frente de mí. Quería decirme algo, pensé, hasta que comenzó ha hablarme en pequeños susurros acompañados de frías brisas.

—“No puedo, no puedo, no puedo”; —repetía. –“¿Que no puedes?” –respondí.

-“Marcharme”. No lo entendía. –“Escucha” –me dijo.

-“Soy un espíritu que busca paz. Tengo que irme de aquí, pero no puedo. Mi mujer falleció hace un par de años, y su última voluntad fue ser incinerada y que sus cenizas fueran lanzadas a la merced del viento en esta misma ladera. Caí enfermo, fallecí. Nunca pude lanzar sus cenizas. No puedo abandonar esta casa dejando aquí a mi mujer”.

-“¿Quién es tu mujer?”.

-“Mi mujer es cada puntito que ves en el cielo, para mí, es todo eso y más, es la luna que cada noche brilla y nos ilumina”.

-“Dios mío”-pensé. – “¿Dónde están las cenizas?” –dije. Él me respondió que estaban en la esquina del altillo. ¡Claro! No me estaba volviendo loca, ¿no?. No, tuve tiempo de averiguarlo. Subí corriendo a mi casa y antes de que a nadie le diese tiempo de preguntar que estaba haciendo bajé con un puñado de polvo y cenizas. –“Lánzalas” –me ordenó. Tomé aire a la vez que cerraba por un instante los ojos. Doblé las rodillas para coger impulso, doblé los brazos, y de un salto las dejé volar. Subieron un par de metros sobre mí, y cuando se disponían a caer al suelo de nuevo, una fuerte ventisca me azotó y elevo las cenizas hasta lo alto de los cielos, hasta rozar las estrellas de la noche. Yo sonreí, y, ¿sabéis qué? Por primera vez, mis ojos pudieron contemplar como la Luna me devolvía la sonrisa.

7 comentarios:

  1. Aparte de ser un relato precioso y ser testigo de su creación en un fin de semana de ensueño en Rañín, quiero decir que me ha parecido un relato muy bien escrito para ser de una chica de 14 años, hay frases muy bien elaboradas y descripciones muy poéticas. Y le ha dado un aire romántico a un final que parecía de miedo.

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    1. Pues sí, Wis.Anima a esta joven promesa.

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  2. Tienes razón Wis, es un relato precioso. Dale ánimos a María, que no deje de escribir que tiene mucho arte

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  3. Se nota su inexperiencia pero también su capacidad para crear historias y muy buenas, que siga practicando, tiene un tesoro que a nosotros nos falta: muchísimos años por delante.
    Felicidades María no dejes de escribir y ya verás cómo esta afición te llena de satisfacciones.

    Un abrazo.

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  4. Muy buena, hay 'madera', enhorabuena, María... ;)
    Gracias por tu recomendación, Wis, realmente interesante su redacción, la idea, en definitiva, el 'control' que tiene María sobre su texto es fantástico, en ningún momento se le va 'de la mano', es bueno te tenga cerca, gracias... un abrazo a las dos...;)

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  5. María, eres un diamante en bruto. Persiste, sigue escribiendo, tienes alma de narradora. Lee, lee mucho, lee a los clásicos, bebe de ellos.

    Me ha gustado mucho tu historia. El final tiene un giro inesperado y muy poético.

    ¡Enhorabuena!

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  6. Estoy de acuerdo con todos, solo te pediría que resumas un poco o que escribas una novela. Felicidades.

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