miércoles, 5 de febrero de 2014

Afortunado



En un abrir y cerrar de ojos aquella llanura congelada se convirtió en un vergel. Desaparecieron las heladas escarchas, el dolor en las manos, la quemazón en la nariz, el aliento mortal. Fue como si el sol barriera con toda la mufa de una mañana desolada, fue como si la penumbra del invierno se borrara de un plumazo con sólo una mirada suya. Porque ella estaba allí.

Todo aquel tiempo había sido una cárcel fría, gélida, despiadada; todo aquel tiempo sin sus ojos había sido una tremenda pesadilla que no tenía más remedio que una sencilla mirada. Una profunda y perdurable mirada que consoló su alma, que calmó sus espasmos, que devolvió la vida a sus manos, a sus raquíticos dedos. Pupilas inmensas que llenaban de ternura los más recónditos rincones de un cuerpo inerte y vivo a la vez. Estalactitas de amor nacían dentro de su alma gracias al hondo ser que salía por debajo de unas sutiles cejas marrones.

Sin prisa, aquella hermosa primavera los cubrió a los dos, poco a poco, los árboles, las abejas, las flores y las aves atravesaron el polo norte efímero para dar un marco inexplicable a sus dos luceros. El amor los cubrió de paz y un río de pasiones creció a partir del deshielo tan esperado por ambos. Nunca más hubo frío, nunca más una distancia tan desesperante, nunca. Se amaron como dos enfermos, se amaron como dos alma que se funden en una sola, como dos cubos de hielo que se derriten a la par. Y todo por sus ojos, y todo por estar allí, donde siempre debió estar, donde nunca dejará de estar.

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