miércoles, 30 de noviembre de 2011
GUALT & COMIS
Un cuento de hadas

Diminuto bostezó estirando sus brazos todo lo que pudo. ¡Se estaba tan calentito bajo la colcha de plumas de ganso! Se hizo el remolón por espacio de cinco minutos más, pero el aroma que llegaba de la cocina era delicioso. Prestó atención a los sonidos que provenían de esa dirección. Sí, no había dudas, Nimiedad estaba preparando el desayuno.
Se destapó con energía. Descalzo, se encaminó al cuarto de baño y se aseó. No medía más de treinta centímetros. Era rechoncho y patizambo. Su cara, siempre jovial, rebosaba dulzura, como un pastel de cumpleaños.
-¡Hola, Nimi! –dijo alegre- ¡qué bien que huele!
-¡Hola, buenos días, Diminuto! Son tortitas de maíz con néctar de flores. Las he hecho para ti. Siéntate, por favor – contestó, restregándose sus gordezuelas manos en el delantal.
-Gracias Nimi. Hum,…¡qué ricas!
Nimi resplandeció de felicidad al oírlo.
-¿Qué tenemos hoy en la Comunidad? –preguntó el gnomo, atento por no pringarse las barbas con el desayuno.
-Pues … han llegado Óscar y su familia –dijo dubitativa. Se han instalado en la cueva Nº 4.
Diminuto levantó la cabeza del plato y la miró con expectación.
-¿Qué te pasa, Nimi?
El hada suspiró, alzó los hombros y se sentó a su lado. Parecía que no encontraba las palabras adecuadas.
-¿Recuerdas lo que me dijo el “Gran Sabio”?
Diminuto asintió con la cabeza y permaneció en silencio, invitándola a proseguir.
«Nimiedad, si quieres que te conceda tu deseo de ser madre, primero tendrás que superar la prueba en el mundo de “Afuera””. Demuéstrame que puedes hacerte cargo de un niño, de un humano; entonces, y sólo entonces, tu sueño se cumplirá: podrás tener y cuidar a tu pequeña hada. Enseñarle tus secretos y transmitirle toda su sabiduría».
El hada soltó este pequeño discurso de corrido. Se notaba que las palabras del Gran Sabio se le habían quedado bien prendidas en la memoria.
-Bueno, Nimi, ¿y cuál es el problema?- preguntó Diminuto, mientras se rascaba con el dedo índice la cabeza-. Lo estás haciendo muy bien. Tú misma me lo dijiste.
-Pues que… ¡Óscar es el niño que elegí!…y ahora está aquí! - exclamó compungida.
Diminuto volvió a rascarse la cabeza. Sin saber qué decir para consolarla.
-Lo cuidé. Vigilé para que no se metiera en líos, estuve atenta para que se concentrara con sus deberes, para que recogiera su cuarto y mamá no se enfadara con él. Le arrullaba por las noches para que tuviera sueños hermosos y fuera un niño feliz y seguro de sí mismo…y ahora –la voz se le quebró-,…y ahora, él está aquí con su familia- estalló en sollozos.
«¡Vaya! Creía que las hadas no lloraban». Esto no lo dijo, sólo lo pensó. «Claro que Nimi siempre ha sido muy especial». Sus pensamientos quedaron interrumpidos cuando el hada le pidió:
-Diminuto, tienes que ayudarme.
El gnomo se rascó la cabeza por tercera vez. «¡Vaya! ¡Pobre Nimi! Tengo que idear algo rápidamente. Antes de que sea demasiado tarde».
-¡Ya lo tengo! Iremos a ver a Óscar y su familia. Tenemos que averiguar porqué están aquí. Seguro que tú hiciste bien tu trabajo y han venido a la cueva por otros motivos. Si es así, el Gran Sabio nada podrá objetar y tu sueño, se hará realidad.
Nimiedad dejó de sollozar, lo besó en la frente y se puso en caminode inmediato. Su amigo tenía razón.
-¡Espera, espera!…que voy contigo, pero no puedo ir tan deprisa como tú. ¡Nimiiiiiiiii, espera, que yo no vuelo! «Siempre me hace lo mismo. Ahora me tocará correr por el subterráneo hasta la trampilla de la Nº 4. Seguro que cuando llegue, ella ya ha descubierto la verdad. ¡Mecachis!, qué rabia me da».
****
El niño estaba sobre la alfombrilla de algodón de su habitación, ahora dispuesta en un rincón de la cueva. Jugaba con su tren de madera y hablaba con los pasajeros imaginarios. Siempre hacía eso. Nimi se alegró al verlo tan tranquilo. Su padre canturreaba mientras vigilaba el caldero humeante. La sopa que había preparado olía de maravilla, como de costumbre. Los candiles colocados en las paredes rocosas proporcionaban una luz cálida y suave. Las alfombras y esterillas dispersas por todas partes, le daban un aspecto muy acogedor a la caverna. La madre entraba sonriente en ese momento, con un cesto de verduras y frutas silvestres. Acarició a su hijo en la cabeza al pasar por su lado, y besó a su marido al depositar el cesto en la despensa.
Óscar agradeció con una mirada dulce el gesto de su mujer. Recordó cuánto le había gustado Marta, ya la primera vez que visitó la cueva Nº 9. De eso, hacía casi treinta años. «Los comienzos no fueron fáciles» -pensó . Nimi aleteó las alas en señal de acuerdo.
-¡Marta, Diego, a cenar! –avisó dando unas palmadas. Removió la sopa y la sirvió en los cuencos.
El muchacho dejó el tren a un lado y corrió hacia la mesa. Tenía hambre. Su madre le acercó la sopa y le sonrió.
-¿Está rica? – preguntó Óscar, mirándolos con cariño.
Nimi movió de nuevo las alas. Su “niño” se había convertido en un padre responsable y un marido atento y cariñoso.
El pequeño asintió con la cabeza. ¡Tantas veces le habían repetido que con la boca llena no se habla! Terminó el primero y dijo:
-¡Papá, papá! cuéntame otra vez cómo llegasteis aquí –pidió excitado.
Óscar se limpió con la servilleta, apartó un poco la silla de la mesa y acogió al niño entre sus brazos.
-Pues corrían malos tiempos, ¿sabes? Las personas no eran dueñas de sus cosas. Pagaban al mes mucho dinero por sus casas, sus coches, los colegios, por recibir una asistencia médica…
-¿Qué es asistencia médica, papá? –interrumpió muy interesado, como si fuera la primera vez que lo oyera.
-Asistencia médica es que un doctor te vea cuando estás enfermo.
-Ah,.. ¡vale!, -se quedó pensativo una décima de segundo y continuó- ¡Papá, papá! ¡venga, sigue!.
-La comida, la ropa, los libros…cada vez eran más caros. La gente no llegaba a final de mes con su sueldo y acumulaba deudas, enfermaba de puro miedo. El abuelo Tomás y la abuela Angelita decidieron salirse del sistema.
-¿Del sistema? –repitió intrigado.
-Sí, cielo, del sistema. Dejaron de pagar todos aquellos recibos mensuales, y decidieron buscar la Comunidad de las cavernas –dijo Óscar en un susurro.
-¿Qué pasó entonces, papá?
Esa era la parte de la historia que más le gustaba a Diego.
-Pues que no sabían muy bien cómo encontrar este lugar del que habían oído solo rumores. Sin embargo, pronto percibieron señales en el camino que les condujeron hasta aquí.
-¿Qué tipo de señales, papá?
-La abuela siempre me contó que seres diminutos con alas, revoloteaban alrededor de ellos. Cada vez que se desviaban de la senda, volaban en formación de uno, para mostrarles una línea recta por la que proseguir.
-Y los abuelos… ¿no tenían miedo? –preguntó Diego.
-Realmente, no. Les atemorizaba mucho más lo que habían dejado en el mundo de “Afuera”.
-Aaaah, -dijo el pequeño y se quedó con la boca abierta un buen rato.
-Y por fin, una mañana muy temprano, dejaron atrás el bosque y se dieron de bruces con las cavernas de la Comunidad.
-¡Halaaaaaaa, qué pasada! ¡Menuda sorpresa!
-Sí, cielo. Cuando llegaron, ya había algunas personas que, como ellos, se habían arriesgado a formar una familia lejos del otro mundo.
Miró a su hijo con ternura, le removió el cabello y le jaleó:
-Y ahora, ¡a dormir! Se ha hecho muy tarde para ti –y lo besó en la cabeza.
****
Nimi salió satisfecha de la cueva. ¡Era tan reconfortante volver a oír aquella vieja historia!
Su pensamiento retornó a aquellos tiempos, cuando se afanaba por ayudarles a encontrar las plantas silvestres adecuadas y las fuentes de agua apropiadas. Recordó incluso, cómo solía entonar una melodía dulce, apenas perceptible, que acunaba al bebé y lo adormecía.
Por supuesto, el “Gran Sabio”, recompensó tamaño esfuerzo y le concedió su deseo de ser madre. Luna -así llamó a su hija-, creció alegre, serena y muy pronto fue de gran ayuda para la Comunidad y su difícil equilibrio con el mundo de “Afuera”.
Nimi se sacudió los recuerdos con un rápido batido de alas. A lo lejos, vio a su hija que gesticulaba deprisa, al hablar con su viejo amigo el gnomo. Esbozó una sonrisa, al ver la fresca juventud de Luna tan bien acoplada a la jovial decrepitud de Diminuto, como las piezas de un puzle.
«Lo sabía. Siempre me hace lo mismo» -se encontró pensando Dimi, mientras Luna alborozada, le contaba una y otra vez, lo que había visto en la Nº 4.
-¡Anda, Diminuto, ayúdame a preparar la cena! –le pidió muy contenta- que mañana tengo que ir a ver al Gran Sabio –añadió Luna guiñándole un ojo.
La historia se repetía.
EL CLAN DEL MAMUT
El brujo cae en trance, comienza a mezclar las tinturas con su propia saliva, sus manos trabajan poseídas, sus ojos no miran a la pared y la escena sale poco a poco de las sombras. Unos hombres dibujados de forma esquemática, armados con lo que parecen lanzas con la punta de asta de cérvido, antorchas y lanzaderas, rodean a la bestia; se trata de un mamut de las altas estepas, su caza es casi imposible, ya que huelen a un hombre a kilómetros y se defienden con la fuerza y el armamento de cientos. En la representación que ha dibujado el brujo, los cazadores han conducido al mamut a través de un desfiladero sin salida y una vez acorralado, ayudados por las antorchas y con las armas arrojadizas, le han abatido en una sincronización perfecta.
martes, 29 de noviembre de 2011
Arrebato
la cueva del Satur.
EL REGRESO
Sin abrazar a los tuyos.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Imposible
LA MUDANZA

Luis Javier era uno de los tantos despedidos en el último año en su empresa. De nada le sirvieron su reconocida formación ni la constante dedicación a su trabajo. Los altos directivos decidieron acabar con una firma que todavía daba beneficios, aunque no los que estaban acostumbrados a obtener. Así de absurda parecía esta crisis, provocada por corruptos empeñados en llenar sus arcas a toda costa. Él nunca se hubiera imaginado en esta situación. Los pagos se acumulaban. El coche de alta gama y un amplio chalet en una lujosa urbanización tenían los días contados. Pero nadie se interesaba por ellos. La sombra del embargo se había hecho visible. No estaba dispuesto a vivir un injusto desahucio. Luis Javier decidió trasladarse con su familia a unas cuevas excavadas en la montaña, que solía frecuentar en sus años de alpinista. Allí pasarían una temporada, lejos de una sociedad mezquina, que ahora les quitaba lo que años atrás casi les obligó a adquirir. Paradójicamente en la cima de esa montaña había un nido de buitres.
domingo, 27 de noviembre de 2011
La lluvia
Miren veía caer la lluvia. Hacía rato que había oscurecido y ella había abandonado los pinceles sin hacer ningún intento de encender la luz y continuar trabajando. Se le había ido la inspiración cuando llamó Rubén para decir que llevaba a Raquel al hospital. Al parecer el parto se había adelantado. Ella quería estar con su hija en el hospital, ayudarla, acompañarla… ¡hacer algo! Era consciente de que solo era un estorbo en estos casos, y lo había aceptado, pero ¿quién puede controlar los sentimientos?La lluvia seguía cayendo pausada, lentamente, como queriendo mimar el jardín. Sin embargo las gotas que se acumulaban en el desagüe del tejado caían gruesas, rebotando contra las que yacían en el cemento, creando ecos mojados que resonaban en su cabeza trayendo recuerdos amargos. Veinte años atrás también llovía. ¡Veinte años! Y el recuerdo de la lluvia de entonces seguía encendido en su memoria. Había discutido con Nicolás. El motivo era lo de menos, discutían a menudo en aquella época: él era demasiado protector y ella demasiado impulsiva. Después ya no discutieron más, solamente hablaban… o callaban. Si ahora él estuviese aquí ella podría estar con su hija, él la hubiera llevado al hospital. Pero desde que él había muerto, sus movimientos fuera de casa se habían limitado mucho, ya casi ni salía.Caían gruesas gotas sobre el parabrisas del coche impidiendo la visión. Los limpias no daban abasto. Las lágrimas tampoco ayudaban. Ella queriendo salirse con la suya y Nicolás no cedía, se había cerrado en banda. Entonces había salido huyendo de casa. ¡Por suerte no había llevado con ella a los niños! Cuando despertó en el hospital lo primero que pensó fue: “Esta vez la he hecho buena! Nico se va a enfadar muchísimo”. El no se enfadó. La abrazó fuertemente mientras daba las gracias a Dios por no haberla perdido a ella también. ¿También? En ese momento fue consciente de que había perdido a su bebé. Tal vez hubiera sido mejor haber muerto. Nicolás la miró serio cuando oyó ese murmullo. “¡No digas eso! ¿Qué haría yo sin ti, mi niña?” y continúo abrazándola fuerte mientras ella se desahogaba.“Oh, Nicolás, ¿qué hago yo sin ti? ¡Cuánto dolor te he causado! Nunca me reprochaste nada, pero yo sé que soy la culpable de tantos dolores callados que soportaste. Maté a nuestro bebé, tuvimos que cambiar de casa, te hiciste cargo de nuestros hijos y de mí sin una sola queja… Todo por mi cabezonería, por mi impaciencia… ¡Por mi culpa! No veas cómo me pesa esta culpa que llevo a cuestas desde entonces. Da igual que dijeran que no fue culpa mía, que había sido el otro… Estoy cansada de ser culpable. Es demasiado tarde para compensarte. Siempre es tarde para volver atrás e intentar remediarlo. Tú que me decías que no había culpables, que no eran necesarios. ¿Para qué sirve saber quién es el culpable? No resuelve nada. Y yo callaba para no imponerte más cargas”Miren no había perdido la vida, pero sí la movilidad. Y aunque había conseguido cierta autonomía, dependía de otros para llevar una vida “casi normal”. En este día de lluvia, en que su hija está en el hospital, recuerda el pasado, deseando estar con ella y transmitirle la fuerza que solo una madre puede dar. De repente, Maite, su nuera, entra en el estudio, enciende las luces y le acerca el teléfono que lleva en la mano. “Es Rubén”. Miren se lo acerca temblorosa a la oreja y escucha la voz exaltada.-Miren, tenemos unos niños preciosos. Raquel está bien. Cansada. Te manda besos. La están subiendo a la habitación. ¡Son perfectos! ¡Son preciosos! Mañana voy a buscarte para que vengas a conocerlos. ¿Me oyes? -Miren asiente, mientras dos lagrimones caen de sus ojos, sin darse cuenta de que él no la ve- Mañana. Ponte guapa que vas a conocer a tus nietos: Nicolás y Miren.-Sí hijo –contesta casi susurrando- Estaré preparada bien temprano. Ven cuando puedas. Dales un gran abrazo de su abuela y un beso a Raquel –dice ya riéndose.Cuelga el teléfono y se abraza a Maite, riendo y llorando a la vez. “Si no le he preguntado cuanto pesan ni cuanto miden, ni a quién se parecen…” dice con voz cantarina. “Mira si soy tonta”. Entonces dirige la mirada hacia la ventana y ve que la lluvia ha arreciado. Pero no le importa, por una vez la alegría puede más que la tristeza. “Oh, Nicolás, que pena que no estés para disfrutarlo. ¡Lo orgulloso que estarías de tu hija!
miércoles, 23 de noviembre de 2011
La lluvia después del escrutinio
lunes, 21 de noviembre de 2011
Lunes de tormenta.
Otro día más de lluvia en la ciudad. Ignoro por qué cuando llueve a todo el mundo le da por sacar el coche. ¿No debería ser al contrario?, con el asfalto mojado, resbaladizo por la grasa mezclada con el agua, con la visibilidad limitada, lo más fácil es darse una hostia. Los atascos se multiplican, la paciencia se reduce, la ciudad es una vorágine de pitidos y prisas. Pero no, es mejor coger el coche y sumar al caos otra posibilidad más de desastre.
Luego, ponte a buscar aparcamiento. Bajo la lluvia, los vehículos circulan como hormigas endemoniadas y el mal humor viaja sobre cuatro ruedas. Cuarenta y cinco minutos dando vueltas y ni una pizca de suerte, siete vueltas más a las tres malditas manzanas que te has puesto como distancia razonable para aparcar cerca del curro, con tus zapatos Farrutx de 200 euros, tu traje de Paul Zilleri de lana fría de 1500 y sin un triste paraguas. Siete vueltas más y aquel sitio pintado de azul con monigote blanco en silla de ruedas, sigue vacío, como un islote en el océano cotidiano, sigue desierto, sin su minusválido motorizado al volante de una sofisticada carrocería. Cuántas veces has pensado en quitarte un pulmón, medio corazón, el cerebelo, un huevo, algo superfluo que no uses y no te duela, con tal de aparcar por el morro en la ciudad esos lunes lluviosos.
Dudo mucho que haya tantos lisiados como sitios pintados de azul, algún listo se está beneficiando y os digo una cosa, la picaresca está a la orden del día, conseguir un carné falsificado de minusválido oficial en el mercado negro, no debe ser tan complicado, o pintar un sitio debajo de tu oficina, o sobornar a un controlador de aparcamientos, o sacar la carrera de medicina y simular que visitas a un paciente, o… ya se nos ocurrirá algo.
Cinco semanas después, sigue lloviendo en la ciudad, Luis no da ninguna vuelta a la manzana, llega con su nuevo coche al sitio recién pintado por operarios del ayuntamiento, solitario, albiceleste, suyo. Aparca sin dudarlo ni un momento, sin tener que esperar bajo la lluvia, habiendo dormido 45 minutos más, satisfecho de si mismo. Abre la puerta, saca una pierna, una rueda, la otra rueda, la silla, un brazo, despliega la silla, aparece una gran sonrisa y el resto de lo que queda de él. Su anatomía ha cambiado, sumados sus miembros, sale impar. Nunca más sentirá como se moja su zapato del pie derecho en los charcos de la calle, una prótesis de titanio y fibra de carbono de última generación, sustituye su pierna, es tan buena que hasta le pica. La satisfacción se refleja en su cara al escuchar como, a cierta distancia, se cierra la puerta de su coche con un bip, bip. Sin habilidad, sube a la acera y accede por la nueva zona sin barreras arquitectónicas hasta el ascensor que le lleva hasta su oficina. Entra en su despacho, se dirige a la ventana, se incorpora titubeante, la abre de par en par y una melodía de cláxones, chirriar de ruedas, frenazos y rezos en arameo, inunda la estancia. Pero el ya no escucha los ruidos de la ciudad, para Luis, el tráfico de un lunes lluvioso por la mañana, suena como una sinfonía cantada por una coral de ángeles mutilados. Mira hacia la calle y su flamante coche descansa en su nuevo sitio de siempre. De puerta a puerta, de casa al curro y del curro a casa, son treinta minutos, ni más ni menos. Tener las dos piernas, dos apéndices al fin y al cabo, en perfecto estado, está sobre valorado. Estar de una sola pieza, no compensa el hecho de tener que buscar cada día de lunes a viernes un sitio para aparcar en la ciudad, maldiciendo, subiendo tus niveles de estrés, arriesgando la vida en cada glorieta. Tu libertad bien vale una pezuña, el 10% de tu cuerpo, agua, uña, carne magra, piel y hueso. ¿Es o no es razonable?
EL BOSQUE DE HELECHOS
Unos tímidos rayos de sol se abrían paso a través de los enormes helechos, Anya despertó en ese momento frotándose los ojos con cuidado, bostezó y se desperezó delicadamente, como lo hacían las hadas Minimelis que vivían en aquel bosque. Desplegó y limpió con suavidad sus frágiles alitas y, de un salto, inició un vuelo bajo. De vez en cuando se posaba en alguna florecilla y bebía su sabroso néctar. Este era el único alimento que tomaban las Minimelis.
Anya gozaba de una gran popularidad entre los habitantes del bosque . A ella se le atribuían grandes mejoras en cuanto a la protección de su hábitat. Si no hubiera sido por ella que capitaneaba un enorme ejército de hadas y demás especies, no se hubiera conseguido que el peligrosísimo humano abandonara la megalítica construcción con sus sucias emisiones de polvo negro que iba devastando, poco a poco, el reino de la Superficie Inmediata en la que ellos vivían.
TEXTOS PARALELOS DE LUCRECIA
Un diluvio pasado por letras
21N
un día del cual tengo ya el recuerdo. César Vallejo
TEXTOS PARALELOS 2
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimiento ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiaría el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción lo había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. (El Aleph, Jorge Luis Borges).
La maravillosa mañana de primavera en que aquel maltratador murió tras una larga agonía no exenta de angustia y dolor, noté que su mujer, mi apreciada amiga, parecía que hubiese quedado desvalida; esta frágil sensación me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo de crueldad al que se había acostumbrado ya se separaba de ella y que ese imperceptible cambio sería el primero de un venturoso e infinito camino hacia la libertad. Mutaría su visión del mundo y finalmente saldría vencedora, pensé con meridiana claridad; alguna vez, lo sé, mi constancia y tesón por agilizar la ruptura la habrían molestado; pero muerto el perro se acabó la rabia, tendría que amoldarse a vivir sin cancerbero y sin prisión. (Malén)
La insoportable verborrea de lideresa en que Lady Magian O’Rahwa derivó, detrás de un estúpido manifiesto que no se doblegó un solo segundo ni a la emoción ni al optimismo, concluí que las aves de rapiña de la calle Zena tenían de nuevo no sé qué privilegio de patente corsa; la exaltación me soliviantó, pues deduje que el inquino y retorcido discurso ya se distanciaba de mí y que este cambio era la punta de un iceberg mortífero. Involucionaría el cosmos pero no yo, pensé con furiosa firmeza; ningún período, lo intuyo, mi ardiente convicción la había ilusionado; humillado yo podía centrarme en su derrota, con ánimo, pero también con arrestos. (Eufrasio)
La primera tarde de diciembre que Lauren Bacall me besó, después de una dulce velada que no sucunbió un solo minuto ni al tedio ni al compromiso, percibí que los espectadores del cine Segovia habían aplaudido no sé a cuento de qué; el hecho me humilló, ya que entendí que los estruendosos y poco disimulados aplausos me alejaban de ella y que ese cambio de plano sería el primero de una sucesión finita. Cambiaría la película pero ella no, soñé con incrédula autoridad; una vez, estaba seguro, sus míticos labios lo habían expresado; proyectada yo debía aprovecharme de esa escena, esperanzado, pero atento a la palabra FIN. (Marco Antonio).
CANTANDO, Y BAILANDO, BAJO LA LLUVIA
Y MORIR COMO JACK ELAM
domingo, 20 de noviembre de 2011
EL SUEÑO DEL SAPO
EL HOMBRE REPELENTE
LA VENGANZA DE KEPLER
UN DÍA DE LLUVIA EN LA CIUDAD
LA JESI
LA JESI
- ¡Jonataaaaan!
-¿Qué paaasa maama?
-¡Que no saques ahora al perro, questán cayendo chuzos de punta y luego llegáis los dos llenos de barro y yastoy hasta el moño de fregar la cocina! ¿Valeeee?
-¡Qué siii maama!
-¡Ala, que me via por la Jessi!
Chelo, salió a la calle y se puso un pañuelo en la cabeza, el coche no andaba muy lejos. Corrió hacia el Seat Panda, salpicándose las medias de gotas negras y entró. Giró la llave en el contacto, el coche se quejó. La volvió a girar y la respuesta fue otro quejido. - ¡Mierda! No le doy más, quel Jonatan me dijo que saoga. Yo sí que me viaogar con esta lluvia y encima sin paraguas.-
-¡Tassiiii, tassiii! Na, que tos están llenos, claro con este tiempo.-
Después de mucho esperar, un taxi paró. Al girar la ruedas en el mojado asfalto provocó una pequeña ola que le llenó de agua y barro toda la ropa.
-¡Me cago en la…! ¿Pero has visto como mas puesto, jodío?-
-¡Señooora! ¿Sube o qué?-
-¡Si no hay otro! ¿Qué viacer? ¡Al colegio de las Hermanas del divino Corazón de Jesús, que llego tarde!
- No me extraña, con el nombrecito que tiene el dichoso colegio.
-¡A callar y arreando, nene!
Mientras sonaba un disco de Camela, el conductor tomó la ruta hacia el colegio de Jesica. El tráfico era denso, apenas se veía algo a través de los cristales que parecían llorar. -“…sueño contigo que meas dado? Sin tu cariño no mabria enamorado. Sueño contigo que meas dado? Y esque te quiero y tu mestas olvidando…”- Cantaba el chófer mientras de un frenazo paraba enfrente del colegio.- Quieto parao, que via por la niña-. Jesica esperaba en un banco resguardada de la lluvia, vestía unos pantalones de color claro, suéter grueso azul y el pelo recogido con unas horquillas que ella misma se había puesto a tono con el jersey. Entró de puntillas en el coche y milagrosamente no se ensució. – Hola mamá-. – Hola nena, jo qué pija mas salío, yo no sea quién te pareces!-. – Yo tampoco ¿Por favor señor, puede cambiar de música? Esta me pone dolor de cabeza. ¿No tiene nada de Mozart?-
- ¡Me cagoen la niña de los co…!-