jueves, 23 de junio de 2016

El Premio





Cuatro mujeres y un hombre. Lo siento, ya sé que me sobran personajes para una corta historia pero en esta son todos imprescindibles y no puedo quitar ni poner ninguno so pena de falsear gravemente los hechos tal y como sucedieron. A cambio omitiré sus nombres para no cargaros demasiado. Ocurrió un fin de semana de junio. Estaban invitados, por unos buenos amigos, a la entrega de premios del X Certamen de Cuento Breve Dulcinea del Toboso, en la villa a la que debe su nombre.
La jornada resultó entrañable, disfrutaron de la compañía de bellas personas, hermosas historias y una cena deliciosa con los platos típicos de la zona: migas, duelos y quebrantos y morteruelo. El vino era bueno y abundante pero la borrachera les llegó más por el lado de la agradable experiencia y la comunión de todos los asistentes embriagados por La boda, que fue el relato ganador del primer premio, leído por la dulce voz de su autora después de los postres. El broche de oro fueron los poemas de Lucía Belmonte, que se metía los corazones de los oyentes en los bolsillos con sus palabras, su voz y su mirada.
A la salida del mesón, donde había tenido lugar el ágape literario, caminaron hacia las afueras buscando el mejor lugar para contemplar las estrellas. Era una noche clara y la vista desde allí terminó de sumirlos en un completo éxtasis.
Se alojaban en un caserón de tres pisos. En el primero de ellos, las mujeres ocuparon dos habitaciones de dos camas mientras que el hombre disfrutó, en otro dormitorio, de una cama de matrimonio para él solo. Él cayó pronto rendido en un profundo sueño.
Una hora más tarde, se abrió la puerta de su cuarto y, sin encender la luz, una de  ellas entró y se deslizó suavemente en su lecho. Él notó la tibieza de su cuerpo y entre sueños y vigilias se entregó a las caricias y la pasión que le proporcionaba, todo en silencio arrebatado y pleno de emociones. Después se quedó dormido. Cuando despertó al día siguiente, se hallaba de nuevo solo en la gran cama. En un primer momento dudó sobre la realidad de lo sucedido  y estuvo a punto de atribuirlo a una fantasía onírica pero un resto de perfume que se había quedado atrapado entre las sábanas le hizo pensar que había sido algo muy real, aunque desconocía la identidad de su amante nocturna.
            Durante el desayuno, estuvo observando detenidamente a sus compañeras de viaje mientras se despejaba con un buen café y engullía con hambre unas ricas tostadas. Ellas estaban de buen humor, parecían haber descansado bien y comentaban con agrado la experiencia del día anterior y los detalles  del que tenían por delante.
En varias ocasiones, en aquella jornada, se acercó a una y a otra tratando de reconocer el perfume o algún gesto delator, pero nada. Las mujeres lo trataban como siempre, como un buen amigo. Lo mismo en el viaje de vuelta. Al llegar hubo cariñosas despedidas y promesas de un pronto reencuentro.
Nuestro hombre se quedó, en principio, algo perplejo pero decidió estar bien atento a las propuestas del Wasap, para no faltar a las siguientes actividades que el grupo organizara. Definitivamente, pensó, aquel había sido un magnífico fin de semana.























1 comentario:

  1. Me ha gustado el relato, me sugiere una posible vivencia cercana en un lugar de sobra conocido. Enhorabuena¡¡

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